Aceite y vapor tras el servicio
El último comensal había salido hacía cuarenta minutos. Hugo bajó la persiana del local con un golpe seco y el silencio del barrio se coló de golpe entre las mesas todavía sin recoger del todo. En la cocina, Nico seguía de espaldas, enjuagando una sartén bajo el chorro caliente. La camiseta blanca se le pegaba a la espalda en manchas irregulares de sudor y vapor. Hugo se quedó un segundo en el umbral, mirándolo sin disimulo.
—Deja eso —dijo con voz ronca—. Mañana lo terminamos.
Nico no se giró de inmediato. Apagó el grifo, se secó las manos en el delantal y solo entonces se volvió. Tenía los antebrazos brillantes de grasa limpia y el pelo oscuro revuelto por el calor de las placas. Sonrió apenas, esa sonrisa ladeada que Hugo conocía desde hacía ocho meses y que siempre le llegaba un segundo demasiado tarde.
—Si lo dejo, mañana me lo echarás en cara.
—Hoy no —respondió Hugo, acercándose—. Hoy no te echo nada en cara.
El espacio entre ellos se redujo a un par de metros. El aire olía a ajo confitado, a limón y a metal caliente. Nico apoyó la cadera contra la encimera de acero y lo miró de frente. No había prisa en su gesto, solo una decisión lenta que llevaba gestándose desde el invierno.
—Llevas semanas mirándome así cuando crees que no me doy cuenta —dijo Nico en voz baja.
Hugo no lo negó. Dio otro paso. Podía sentir el calor que aún desprendía el horno apagado y el calor distinto que subía del pecho de Nico.
—Porque me doy cuenta de todo —admitió—. De cómo te lames el pulgar cuando pruebas la salsa. De cómo te quitas la camiseta en el baño del personal y dejas la puerta entreabierta. De cómo te quedas un minuto de más cada noche, esperando a que yo también me quede.
Nico exhaló por la nariz, casi una risa. Extendió la mano y agarró el delantal de Hugo por el nudo, tirando con suavidad hasta que sus pechos quedaron a un palmo.
—Entonces deja de hablar y haz algo con lo que ya sabes.
El primer beso fue seco, preciso, de labios que ya no necesitaban tantear. Hugo lo sujetó por la nuca y Nico abrió la boca sin pedir más permiso. El sabor a menta de chicle barato se mezcló con el residual de vino tinto que ambos habían probado al final del servicio. Las manos de Hugo bajaron por la espalda sudada, se metieron bajo la camiseta y palparon la piel caliente, los músculos tensos de quien carga cajas de verdura cada mañana. Nico gimió contra su boca cuando los dedos le rozaron la línea de la espalda baja, justo encima del pantalón de cocina.
Se separaron solo lo necesario para que Hugo le quitara la camiseta de un tirón. La tela cayó junto al fregadero. El pecho de Nico era ancho, con un poco de vello oscuro que bajaba hacia el ombligo y dos pezones ya duros. Hugo los miró un segundo y luego bajó la cabeza, lamiendo uno con la lengua plana, chupándolo después con suficiente fuerza como para arrancar un jadeo. Nico se arqueó contra la encimera y sus caderas buscaron las de Hugo de forma casi involuntaria.
—Joder… —murmuró Nico, llevándole una mano a la erección que ya marcaba el pantalón del otro.
Hugo empujó contra esa palma mientras le desabrochaba el cinturón a Nico. El pantalón bajó hasta las rodillas. Debajo solo llevaba un calzoncillo negro empapado por delante. Hugo metió la mano dentro, rodeó la polla gruesa y caliente y la sacó con un movimiento seguro. Nico tenía el glande ya húmedo y el prepucio retráido. Hugo lo masturbó despacio, sintiendo cómo latía contra su palma, y volvió a besarlo con más hambre.
—Quiero follarte aquí —dijo Hugo contra su boca, sin adornos—. Contra esta puta encimera. Si no quieres, lo paramos ahora.
Nico negó con la cabeza, la respiración entrecortada.
—Quiero. Llevo meses queriendo. Hazlo.
Hugo se arrodilló lo justo para bajarle del todo el pantalón y el calzoncillo. Nico se quedó desnudo de cintura para abajo, con las botas de cocina todavía puestas, lo cual le dio un aire absurdo y obsceno a la vez. Hugo le dio una lamida larga desde las bolas hasta la punta, saboreó la gota transparente y se levantó de nuevo. Abrió un cajón lateral, el de los utensilios menos usados, y sacó un sobre de lubricante que había guardado hacía semanas por si acaso. Nico lo vio y soltó una risa breve, casi nerviosa.
—Planificas demasiado.
—Solo contigo.
Hugo lo giró con suavidad hasta que Nico quedó apoyado de pecho sobre la encimera fría de acero. El contraste le hizo estremecerse. Hugo se bajó el pantalón lo necesario, sacó su propia polla —dura, curva hacia arriba— y se aplicó lubricante generoso en los dedos. Introdujo primero uno, lento, sintiendo cómo el anillo de músculo cedía. Nico respiraba por la boca, la frente apoyada en el antebrazo. Cuando el segundo dedo entró y encontró el punto exacto, un gemido grave salió de su garganta y rebotó en las paredes de azulejo.
—Más —pidió.
Hugo obedeció. Tres dedos, abriendo, lubricando, preparando. Cuando juzgó suficiente, se alineó y empujó. La cabeza de su polla atravesó con una resistencia caliente y perfecta. Nico apretó los dientes y después soltó el aire en un gemido largo cuando Hugo se hundió hasta el fondo de un solo empuje controlado. Quedaron quietos un segundo, unidos, sudando, con el olor a sexo empezando a mezclarse con el de la cocina.
Hugo empezó a moverse. Corto al principio, luego más largo, agarrando las caderas de Nico con las dos manos. Cada embestida hacía chocar la carne y sacudía ligeramente los utensilios colgados. Nico empujaba hacia atrás al mismo ritmo, buscando profundidad, y cuando Hugo cambió el ángulo justo un poco, el gemido se volvió casi un grito ahogado.
—Ahí… no pares de ahí.
Hugo no paró. Aceleró, sudando sobre la espalda del otro, mordiéndole el hombro a través de la piel, dejando marcas que mañana se verían. La mano libre se deslizó por delante y rodeó la polla de Nico, masturbándolo al compás de las embestidas. El lubricante y el precum hacían que todo resbalara con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la cocina vacía.
Nico se corrió primero, con un temblor que le recorrió las piernas y un chorro caliente que salpicó la puerta del horno y la mano de Hugo. El agarre interno se contrajo con fuerza alrededor de la polla de Hugo y eso bastó. Hugo empujó dos veces más, profundo, y se vació dentro con un gruñido ronco, la frente apoyada entre los omóplatos de Nico, las caderas pegadas del todo mientras las pulsaciones lo vaciaban.
Se quedaron así un rato, respirando juntos, sin decir nada. El aire acondicionado del pasillo empezó a oírse lejano. Poco a poco Hugo se retiró con cuidado. Nico se enderezó, se giró y lo miró con los ojos aún vidriosos y una sonrisa cansada y satisfecha.
—Mañana el fregado lo haces tú entero —dijo en voz baja.
Hugo soltó una risa corta, le limpió el sudor de la sien con el dorso de la mano y lo besó otra vez, más despacio, saboreando el final más que el principio.
—Mañana —contestó— llegamos una hora antes y cerramos la persiana juntos otra vez.
Nico asintió. Se vistieron en silencio, se lavaron las manos en el mismo fregadero y apagaron las luces de la cocina. En la calle ya no quedaba nadie. El calor de agosto todavía flotaba entre los edificios, pero el que llevaban encima era otro, más denso, y ninguno de los dos tenía prisa por disiparlo.

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