Cortinas abiertas en el 1108
El bar del undécimo se vaciaba con esa lentitud de los hoteles cuando la ciudad ya ha apagado sus luces de trabajo. Quedaban el hielo derritiéndose en los vasos, el piano en bucle bajo y el olor a madera barnizada. Nora apoyaba los codos en la barra y miraba el reflejo de las farolas en el cristal grande. No buscaba compañía. Buscaba, si acaso, un margen de silencio que no le dieran en la planta de reuniones.
Mateo llegó sin prisa, con la chaqueta abierta y la corbata ya guardada en el bolsillo. Pidió un vermú negro y se sentó dos taburetes más allá. No alzó la voz. Solo dijo, cuando el camarero se alejó:
—Si prefiere que me mude, lo hago. No vengo a interrumpir.
Ella lo miró de reojo. Treinta y tantos, mirada limpia, manos quietas. Adulto entero. Como ella.
—Quédese —respondió—. El silencio compartido también cuenta.
Hablaron de la ciudad sin urgencia: de los taxis que tardan en la Gran Vía a las tres, del ruido del aire acondicionado en las suites, de la costumbre de dejar la cortina entreabierta “por si el amanecer avisa”. Fue ese detalle el que ladeó la conversación. Nora sonrió con la boca apenas, sin disimulo de púdica.
—A mí me gusta que me miren —dijo, clara—. No de refilón. Con acuerdo. Con alguien que sepa que está mirando y que yo sepa que está ahí.
Mateo no parpadeó de más. Bebió un trago y apoyó el vaso.
—Y a mí me gusta mirar cuando me lo piden. Sin puertas forzadas. Sin sorpresas a quien no consentiría.
El contrato se cerró sin papeles. Habitación 1108, la suya. Él tomaría la 1106, comunicadas por un pasillo corto y por un ventanal interior que el hotel usaba para “luz cruzada” entre suites de planta noble. Las cortinas de ambos lados se podían abrir del todo. Nada de agujeros ni engaños. Ella dejaría la luz baja, la puerta del baño entreabierta y el móvil a un mensaje de distancia. Si en cualquier momento escribía “basta”, él cerraba, se iba al ascensor y no preguntaba.
—¿Segura? —insistió él, ya de pie.
—Segura. Quiero que me veas. Quiero saber que estás al otro lado y que no te escondes.
Subieron juntos. En el pasillo de moqueta gruesa apenas se oían pasos. Nora abrió su puerta, dejó que él comprobara el ángulo del ventanal y el interruptor de la lámpara de pared. Luego se besaron una vez, breve, para sellar el trato, no para adelantar el acto. La piel de él olía a jabón de hotel y a noche; la de ella, a perfume gastado y a ganas contenidas.
—Veinte minutos —dijo ella—. Enciende solo la lámpara de pie. Yo empiezo cuando te vea sentado.
Mateo asintió y cruzó al 1106. Corrió la cortina. Se sentó en el sillón de tela oscura, con la espalda recta y las manos sobre los muslos, visible. No se desnudó del todo: se quitó la camisa, dejó el pantalón y esperó. La ciudad parpadeaba lejos, detrás de ambos cristales exteriores; dentro, solo el rectángulo iluminado de la habitación de ella.
Nora apareció de espaldas primero. Se desabrochó la blusa con calma, sin coreografía de escaparate. Cada botón era una decisión. Cuando se giró, lo buscó con la mirada a través del cristal y asintió, lenta. Él respondió con un gesto de la mano: aquí estoy. Consentido. Presente.
Ella bajó la falda. Quedó en lencería negra sencilla, sin encajes de catálogo. Se sentó al borde de la cama, se pasó las palmas por los muslos y abrió las rodillas lo justo para que él viera el contraste de la tela con la piel. No había prisa. Había temperatura. La lámpara dibujaba un cono dorado sobre su pecho cuando se quitó el sujetador y lo dejó caer. Se tocó los pezones con los dedos índice y medio, despacio, mirándolo a intervalos. Cada vez que lo encontraba atento —no voraz, atento—, una sombra de sonrisa le cruzaba la boca.
—Te veo —susurró ella, sabiendo que él no oiría las palabras pero sí leería los labios.
Mateo aflojó el cinturón. Se acarició por encima de la tela primero, sin prisa, coincidiendo con el ritmo de las manos de ella. Cuando Nora se deslizó la braga por las pantorrillas y se recostó contra los almohadones, él bajó la cremallera. La erección ya le pesaba; no la escondió. Ella lo vio y abrió más las piernas, llevándose dos dedos a la boca, humedeciéndolos, y después entre los labios. El primer círculo fue suave. El segundo, más hondo. Se arqueó un poco, sin teatralidad, y el pecho le subía con una respiración que él pudo contar.
El cristal no apagaba el sonido del todo. Llegaban a él, amortiguados, los golpes cortos de la cabecera contra la pared cuando ella empujaba la pelvis hacia su propia mano. Llegaba el roce de sábanas. Llegaba, sobre todo, la certeza de que aquello ocurría porque los dos lo habían nombrado en el bar.
Nora se puso de rodillas en la cama, de lado al ventanal, para ofrecerle el perfil del pecho, la curva de la espalda y el movimiento de la mano entre sus muslos. Se miró a sí misma un segundo en el reflejo del cristal exterior y luego volvió a él. Le hizo un gesto con la barbilla: más. Mateo se liberó por completo, se humedeció la palma con saliva y se masturbó a la vista, sin ocultar el glande ni el pulso de las venas. Ella gimió lo bastante alto como para que el vidrio lo filtrara. Cerró los ojos un instante, los abrió y negó con la cabeza: no cierres. Mírame.
Él no cerró.
Cuando ella acercó un pequeño vibrador del cajón —negro, discreto— y lo apoyó contra el clítoris, el cuerpo se le tensó de hombros a talones. Las pantorrillas le temblaron. Mateo aceleró el puño, sintiendo el calor subirle por la ingle, el bajo vientre, la garganta. No se corrió antes que ella. Esperó el arco visible de la espalda de Nora, la boca abierta sin sonido al principio y después con un jadeo que sí atravesó el pasillo. Solo entonces se permitió el final: el semen le saltó sobre el abdomen y los dedos, caliente, mientras la miraba todavía abierta, todavía ofreciéndose a la mirada pactada.
Se quedaron respirando a ambos lados del cristal. Nora se cubrió con la sábana a media altura, no por pudor tardío, sino por el frescor del aire acondicionado. Él se limpió con la toalla del baño y se puso la camisa sin abotonar. Ella tomó el móvil.
El mensaje llegó en segundos: Sigue siendo sí. Ven si quieres el cierre en la misma habitación. Si no, mañana desayuno y nada más.
Mateo escribió: Voy. Misma regla. Si dices basta, paro.
Cruzó el pasillo. Nora abrió. Se olieron el sudor limpio, el sexo reciente, el alcohol leve del bar. Se besaron con más cuerpo esta vez. Él le preguntó en voz baja si podía tocarla; ella puso las manos de él sobre su cintura y dijo que sí, que ya lo había mirado todo y ahora quería el peso. Lo guió a la cama. Se acariciaron sin prisa de reloj, con la certeza de haber cumplido primero el pacto de la mirada. Cuando él entró en ella, lo hizo mirándola a los ojos y preguntando otra vez; ella asintió y lo rodeó con las piernas.
Fue un tramo corto, intenso, de caderas sinceras y uñas en la espalda. Se corrieron cerca, casi juntos, y cayeron de lado, todavía enlazados por una rodilla y una mano.
Más tarde, con la ciudad ya en su gris de madrugada, Nora se levantó a cerrar un poco la cortina del ventanal exterior. Dejó el interior como estaba.
—Por si otra noche —dijo.
—Solo si lo volvemos a decir en voz alta —contestó él.
Sonrieron. No hicieron promesas de novela. Se ducharon por turnos, se vistieron lo justo y bajaron a pedir café al servicio de noche. En el ascensor, las luces bajas les devolvían el color de la piel aún sensible. Nadie más subió. El deseo, con filo y con reglas, se había quedado arriba, bien cerrado entre dos números de habitación y un cristal que, por una vez, no escondía nada que no hubiera sido ofrecido.
Cuando el café llegó a la mesa del vestíbulo vacío, Nora apoyó el pie descalzo contra el de Mateo bajo la madera. Él no lo retiró. Afuera empezaba a moverse un barrendero. Dentro, el acuerdo seguía intacto: mirar y ser mirados, solo cuando los dos dijeran que sí.

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