El ascensor del edificio que nunca paramos
Desde que me mudé al piso 8-A, el ascensor del vestíbulo se convirtió en el único lugar donde coincidíamos. El reloj marcaba las 07:37 cuando las puertas se abrían y él entraba con traje gris y auriculares blancos, el periódico doblado bajo el brazo. Yo llevaba la misma carpeta roja cada día y nos saludábamos con una inclinación de cabeza que, con el tiempo, se convirtió en una pequeña sonrisa.
Nunca hablamos. El edificio era nuevo, las paredes del ascensor de espejo y metal, y el trayecto duraba cuarenta y tres segundos exactos. En silencio, observábamos cómo la cifra bajaba del 8 al vestíbulo. Aun así, algo empezó a pasar en ese espacio mínimo. Un cruce de miradas más largo, un roce accidental al presionar el botón de la planta baja, la percepción clara de que él olía a madera tostada y a jabón neutro.
Una mañana de lluvia intensa, el ascensor se detuvo entre las plantas 5 y 4. La luz parpadeó y una voz mecánica anunció un problema técnico temporal. No había alarmas, sólo el sonido de la lluvia contra la cubierta exterior. Él soltó una risa breve y quitó los auriculares.
—¿Sabes que tardan una media de nueve minutos en resolver esto? —preguntó, mirando el panel luminoso.
—Nueve minutos es mucho tiempo —respondí, sorprendida por mi propia voz.
Nos presentamos: Daniel, arquitecto en el estudio del tercer piso; yo, correctora de textos para una editorial online. Nos dimos la mano con la formalidad de quien acaba de descubrir que el otro también existe fuera del ascensor. La luz volvió al cabo de cuarenta segundos, pero ninguno de los dos pulsó el botón para reiniciar el descenso.
Esa noche, al regresar, el ascensor nos esperaba vacío. Daniel sostuvo la puerta con el codo y me invitó a pasar primero. El trayecto fue más lento de lo habitual porque la cabina respondía con pereza. En el reflejo de las paredes de espejo vi cómo miraba mi nuca y cómo yo, sin darme cuenta, inclinaba la cabeza un poco más a la derecha.
—Esto es incómodo —dijo cuando el ascensor se detuvo otra vez, esta vez en el piso 6.
—Lo es —admití—. Porque llevo semanas preguntándome si tú sientes lo mismo.
Se acercó despacio, dejando entre nosotros el espacio suficiente para que pudiera retroceder. No lo hice. Su mano rozó mi muñeca y, en ese roce, pregunté sin palabras si podíamos cruzar el límite. Él respondió inclinándose hacia delante y besándome con una delicadeza que contrastaba con la intensidad contenida de las últimas semanas. El beso fue breve. Nos separamos al oír el zumbido de reinicio de la cabina.
Al llegar al descansillo del piso 8, Daniel no entró en su vivienda. Esperó mientras yo abría la puerta. Me giré y, por primera vez, le invité a pasar. Dentro, la luz del pasillo iluminaba apenas el recibidor. Él cerró la puerta y dejó el periódico sobre la consola. La tensión se había vuelto palpable; cada respiración se notaba más alta que la anterior.
—¿Estás segura? —preguntó, sin tocarme todavía.
—Sí —respondí, y añadí que quería que ocurriera, que deseaba sentir su boca en el hueco de mi cuello y sus manos en la curva de mi espalda. Quería cruzar esa puerta abierta entre los dos. Daniel asintió, la expresión seria, y empezó a desabrocharme el abrigo con lentitud deliberada.
Nos quedamos de pie en el recibidor, besándonos con más urgencia. Sus dedos se enredaron en mi cabello mientras mis manos exploraban la amplitud de sus hombros bajo la chaqueta. La tela húmeda de la lluvia cayó al suelo. Nos movimos hacia el sofá sin encender las luces; el resplandor anaranjado de las farolas de la calle bastaba para distinguir siluetas y contornos.
Daniel se arrodilló frente a mí cuando me senté en el borde del sofá. Levantó mi falda con cuidado y esperó mi confirmación antes de continuar. Asentí. Su boca trazó una línea tibia desde la rodilla hasta el interior del muslo, mientras sus manos me separaban las piernas con suavidad. Gemí cuando su lengua encontró el punto que más me estremecía, lenta al principio, luego con un ritmo que parecía leer cada una de mis reacciones. Mis dedos se enredaron en su cabello corto; pedí más presión, él obedeció sin vacilar.
Cuando ya no pude aguantar, le pedí que se incorporara. Me desabotonó la blusa, besó la piel expuesta y me ayudó a quitarme la ropa interior. Él se desvistió con la misma calma controlada, dejando a la vista el pecho ancho y el abdomen firme. Antes de que se colocara entre mis piernas, busqué su mirada y le pedí que me llenara, que lo hiciera sin prisas. Daniel abrió el preservativo que sacó de la cartera y lo desenrolló con dedos firmes. Entró en mí con un suspiro contenido, deteniéndose a medio camino para asegurarse de que seguía queriendo más. Respondí rodeándole la cintura con las piernas y atrayéndole hacia dentro hasta que nos quedamos completamente unidos.
El ritmo que marcamos fue pausado al principio, como si quisiéramos prolongar el momento que tanto habíamos esperado. Cada embestida provocaba un roce perfecto contra mi interior; arqueé la espalda y pedí que no parara. Él aceleró, sujetándome las caderas con fuerza justa. El sonido húmedo de nuestros cuerpos, los jadeos y el roce de la piel contra la tela del sofá llenaron la habitación. Cuando llegué al clímax, me aferré a sus hombros y pronuncié su nombre en voz alta. Daniel se entregó poco después, enterrando la cara en mi cuello mientras su respiración se entrecortaba.
Nos quedamos quietos un instante, empapados de sudor, el latido del corazón aún acelerado. Luego, Daniel se apartó con cuidado, se deshizo del preservativo y regresó con una toalla tibia que me ofreció antes de usar otra para él. Nos sentamos juntos en el sofá, la luz anaranjada entrando por la ventana.
—Esto no tiene que ser un accidente aislado —dijo, acariciando mi rodilla con el pulgar.
—Lo sé —respondí—. Pero quiero que sigamos decidiendo cada paso, sin prisas.
Asintió, y en esa pequeña confirmación entendimos que el ascensor seguiría siendo el lugar donde empezaríamos cada día, sólo que ahora sabríamos exactamente qué esperar al llegar al piso 8.

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