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Relatos tabú

El ascensor que detuvo el mundo

Una diseñadora y el consejero delegado de su estudio comparten una atracción prohibida que crece en cada encuentro, hasta que un corte de luz los obliga a elegir entre el deber y lo inevitable.

Luna Roja6 min👁 2305 de noviembre de 2026

El ascensor que detuvo el mundo

El estudio Arquitectura Lúmina ocupaba los tres últimos pisos de una torre acristalada en el centro de la ciudad. Sofía Varela llegaba siempre antes que nadie; le gustaba el silencio del despacho aún a oscuras y el modo en que la luz de la mañana se deslizaba sobre maquetas y planos. A las siete y media encendía la cafetera y revisaba los correos. A las ocho entraba Clara, su ayudante, y a las ocho y cinco irrumpía la voz de Hugo Llorens a través del contestador.

—Buenos días, Varela. Reúna al equipo en la sala azul a las nueve. Quiero ver la propuesta del centro cultural antes de que la enviemos.

Su tono era cortés, pero jamás familiar. Llorens, de cuarenta y tres años, dirigía el estudio con una mezcla de precisión quirúrgica y magnetismo casi irritante. Cada empleado sabía que detrás de sus ojos color avellana había una línea que nadie cruzaba.

Excepto, quizá, Sofía.

Todo había empezado seis meses atrás, en una cena de empresa en la azotea. Hugo la invitó a bailar cuando la orquesta interpretó un bolero lento. El roce de sus manos, la forma en que él inhaló el perfume de su cuello sin llegar a tocarla con los labios, bastaron para que, al día siguiente, ambos se miraran de distinta manera en el ascensor.

Desde entonces, se cruzaban en pasillos, en juntas, en el pasillo de impresión. Nunca una palabra de más; sin embargo, algo crepitaba entre ellos, tan tangible como el calor que ascendía por las columnas de hormigón.

Aquella mañana, Hugo entró en la sala azul con el traje gris plomo que llevaba siempre los martes. Sofía expuso el proyecto mientras él la observaba, no los planos. Al terminar, Llorens asintió.

—Perfecto. Envíenlo tal cual. Varela, ¿puede quedarse un momento?

Cuando todos salieron, cerró la puerta pero no la llave. El gesto bastó.

—Sofía —usó su nombre de pila por primera vez en voz alta—, esto se está volviendo peligroso.

Ella sostuvo la mirada.

—Lo sé. Y aun así sigo viniendo.

—He pensado en pedirte que te traslades a la delegación de Valencia —continuó él—. Serías jefa de proyecto. Lejos de mí.

—¿Me estás despidiendo o protegiéndote?

Hugo se acercó hasta que el aire entre ellos se volvió tibio.

—Ninguna de las dos cosas. Te estoy pidiendo que elijas, porque yo ya no puedo.

Sofía dio un paso y rozó apenas la solapa de su chaqueta.

—No quiero Valencia, Hugo. Quiero que dejes de fingir que esto es solo profesional.

Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, sus pupilas estaban dilatadas.

—Ven a mi despacho esta noche. A las nueve. La puerta estará entreabierta.

Salió antes de que ella pudiera responder.

A las ocho y cuarenta y siete, un apagón repentino dejó a media ciudad a oscuras. Los generadores de emergencia iluminaron pasillos y salidas, pero el ascensor principal se detuvo entre la planta diecinueve y la veinte. Dentro viajaban solo dos personas: Sofía y Hugo.

La luz roja de emergencia tiñó sus rostros. El espacio era reducido, apenas dos metros cuadrados de aire cargado de respiración contenida.

—Podría tardar horas —dijo Hugo, mirando el panel—. Llamé al servicio. Están atendiendo averías en hospitales primero.

Sofía soltó una risa nerviosa.

—Parece que el universo nos ha encerrado para que tomemos una decisión.

Hugo apoyó la espalda contra la pared metálica. El frío se filtró a través de la chaqueta y le recordó que aún existía un mundo exterior.

—Podemos esperar en silencio —propuso—. O podemos hablar.

—¿De qué?

—De lo que no hemos dicho en seis meses.

Sofía dio un paso. El tacón de su zapato resonó en el suelo de aluminio.

—Yo no quiero Valencia, Hugo. Quiero que me beses como si no tuviéramos nada que perder.

Él extendió la mano, rozó el dorso de la suya con el pulgar.

—Si cruzamos esa línea, las cosas dentro de Lúmina cambiarán para siempre.

—Lo sé. Y quiero que cambien.

Hugo tiró suavemente de ella. El encuentro de sus labios fue lento, deliberado, como si quisieran saborear cada segundo de la caída. Sofía sintió el roce de la barba incipiente contra su piel y el sabor a café que Hugo siempre tomaba sin azúcar. Las manos de él encontraron la curva de su cintura por debajo de la americana y la estrecharon con una urgencia contenida.

—Para —susurró Hugo contra su boca—. Quiero que sea tu decisión, aquí y ahora, sin que luego puedas culpar al apagón.

Sofía desabrochó el primer botón de la camisa de Hugo.

—Mi decisión es quedarme. Mi decisión eres tú.

Hugo dejó escapar un suspiro tembloroso. Sus dedos recorrieron la cremallera del vestido hasta la mitad de la espalda. El tejido se abrió como una segunda piel y el aire fresco de la cabina besó la columna de Sofía. Él siguió el trayecto con los labios, depositando besos lentos entre omóplato y omóplato.

—Dime que pare si quieres —murmuró contra su piel.

—No pares —respondió ella, y hundió los dedos en el cabello de Hugo, atrayéndolo hacia arriba.

Se besaron de nuevo, esta vez con más prisa. Hugo levantó a Sofía hasta sentarla sobre la barandilla de metal que recorría la cabina. Las piernas de ella rodearon sus caderas. El roce de la tela de su falda contra el pantalón de Hugo producía un sonido suave, casi musical. Él introdujo una mano entre ambos cuerpos y apartó la fina seda de la ropa interior. Sofía estaba húmeda, caliente; el contacto de los dedos de Hugo hizo que se arqueara contra él.

—Quiero sentirte dentro —pidió ella, voz entrecortada.

Hugo sacó una funda del bolsillo interior de su chaqueta. Antes de rasgar el envoltorio, buscó de nuevo los ojos de Sofía.

—Esto no es un impulso. Es una promesa. Si lo hacemos, mañana tú seguirás siendo la jefa de proyecto y yo seguiré siendo el consejero. Nadie tiene que saberlo, pero nosotros sí recordaremos que elegimos.

Sofía asintió.

—Promesa aceptada.

Hugo se liberó de la ropa justa lo necesario. La erección, tensa y pesada, rozó el muslo interno de Sofía antes de que él se colocara en el ángulo preciso. La penetración fue gradual, controlada, permitiendo que el cuerpo de ella se adaptara centímetro a centímetro. Cuando quedó completamente dentro, ambos soltaron un gemido ahogado que resonó en el reducido espacio.

El ritmo empezó lento, casi reverente. Cada embestida provocaba que la barandilla vibrara levemente y que el ascensor, suspendido en la oscuridad, pareciera mecerse al compás de ellos. Las manos de Hugo sujetaban las caderas de Sofía, guiándola hacia adelante y hacia atrás, sincronizando el balanceo de sus cuerpos. Ella, por su parte, deslizó los dedos por la nuca de Hugo, tirando con suavidad de los mechones oscuros cada vez que el placer se volvía más intenso.

—Más profundo —rogó Sofía.

Hugo obedeció, aumentando la profundidad sin perder el control. El sonido húmedo de la unión se mezclaba con sus respiraciones. El olor a sexo y a perfume caro llenaba el cubículo. Sofía sintió el orgasmo aproximarse como una ola lejana que crece hasta romper. Cuando llegó, se contrajo alrededor de Hugo con un sollozo ahogado contra su hombro. Él la siguió instantes después, empujando hasta el fondo y quedándose allí, temblando, mientras su liberación lo recorría en oleadas.

Permanecieron abrazados varios minutos. El corazón de Sofía latía contra las costillas de Hugo como si quisiera atravesar ambas pieles.

—Cuando se encienda la luz —dijo ella—, seguiremos siendo discretos. Pero ya no fingiremos que esto no existe.

Hugo besó su frente.

—Acordado.

Veinte minutos más tarde, las luces parpadearon y el ascensor reanudó su marcha. Al llegar a la planta veintidós, las puertas se abrieron ante un pasillo desierto. Hugo salió primero, ajustándose la corbata. Sofía lo siguió, con el vestido nuevamente cerrado y el cabello recogido en un moño bajo.

A la mañana siguiente, en la reunión de las nueve, nadie notó nada distinto. Sin embargo, cuando Hugo pidió a Varela que le enseñara los detalles del nuevo encargo, sus dedos se rozaron sobre el plano y ambos sonrieron, cómplices, ante el secreto que latía debajo de la superficie profesional.

Fin.

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