El balcón de las ventanas entreabiertas
La residencia Les Oliviers se extendía entre cipreses y muros de piedra sobre una colina baja. Irene había llegado tres días antes, contratada para documentar los edificios rurales de la zona. A la hora del almuerzo, compartía la mesa con otros residentes: pintores, escritores y un violinista que tocaba por las noches en el jardín.
Raúl, el violinista, tenía los brazos morenos y las manos cuidadas. Nunca hablaba mucho, pero su presencia era inequívoca; cuando colocaba el instrumento bajo la barbilla, todos guardaban silencio. Irene, acostumbrada a medir ángulos y proporciones, descubría en cada movimiento de él una geometría distinta: la curva del hombro, la línea del cuello, la inclinación del codo al sostener el arco.
La tarde del martes, un vendaval anunció la tormenta. El cielo se volvió plomizo y las ventanas del salón comenzaron a golpear contra los marcos. Irene se dirigió al balcón superior para sujetar los postigos. Ya allí, notó que otra persona llegaba por el mismo propósito.
—Déjame ayudarte —dijo Raúl, apareciendo en la puerta corredera. Llevaba la camisa arremangada; el viento le alborotaba el pelo negro.
Ella se apartó un paso para cederle el sitio. Juntos cerraron la hoja de madera y, al girarse, sus hombros quedaron rozando. El contacto duró apenas un instante, pero bastó para que Irene percibiera el calor de la piel ajena a través del algodón fino.
—Gracias —susurró ella.
—Podemos esperar a que pase el chaparrón aquí —respondió él, señalando dos sillones de mimbre dispuestos bajo el alero.
La lluvia empezó a azotar las tejas. Desde el balcón cubierto veían cómo el agua convertía el jardín en un espejo movedizo. Los dos se sentaron. Durante un rato solo se oyó el tamborileo de las gotas y, de vez en cuando, un trueno lejano. Raúl sacó un pañuelo de lino de su bolsillo y se secó la frente; el gesto descubrió un lunar pequeño en su clavícula.
—¿Te gusta observar cómo se transforman los paisajes? —preguntó él sin mirarla.
—Siempre —contestó ella—. Y tú, ¿qué observas cuando no tocas?
—Las manos ajenas. Me fijo en cómo sujetan una taza, cómo aprietan una puerta, cómo se apoyan en la barandilla de un balcón.
Irene bajó la vista a sus propios dedos, apoyados ahora en el brazo del sillón. Notó que Raúl estudiaba el gesto. Un hilo de corriente pareció recorrerle la nuca.
Cuando el aguacero remitió, el aire olía a tomillo mojado. Irene se levantó para volver al interior, pero él se adelantó y abrió la puerta corredera con una lentitud deliberada. La madera rozó el suelo con un sonido suave. Ella pasó delante. En el momento en que cruzaba el umbral, él la detuvo con una pregunta:
—¿Puedo?
Ella comprendió que la palabra no se refería a la puerta. Se giró, encontrándose a medio paso de distancia.
—Puedes —respondió.
Raúl levantó la mano derecha y rozó la mejilla de Irene con el dorso de los dedos. El contacto fue leve, casi interrogante. Ella inclinó la cabeza, aceptando. La palma cálida de él se posó entonces en la piel, y los pulgares trazaron el contorno del pómulo. Irene cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, Raúl estaba más cerca.
—Dime si quieres que pare —dijo él.
—No pares —contestó ella.
Se besaron sin prisa. La boca de Raúl tenía el sabor del té de hierbas que habían tomado en el almuerzo; la lengua avanzaba con la misma precisión con la que su mano movía el arco. Irene deslizó las manos por la camisa húmeda y sintió cómo el cuerpo del violinista se tensaba al contacto. Entre beso y beso, él fue guiándola hacia el interior del dormitorio contiguo. El umbral quedó atrás sin que ninguno de los dos lo notara.
La luz de la tarde entraba tamizada por las cortinas de lino; las gotas adheridas al cristal proyectaban diminutas líneas sobre la colcha deshecha. Irene se sentó al borde de la cama; Raúl se arrodilló frente a ella y, sin prisa, le quitó un zapato. El pulgar recorrió el empeine a través del calcetín fino. Ella contuvo el aliento. Él levantó la mirada, pidiendo permiso con los ojos.
—Sigue —susurró Irene.
Raúl desabrochó el botón de los vaqueros de ella, bajó la cremallera centímetro a centímetro y esperó a que Irene levantara la cadera. La prenda cayó al suelo sin ruido. Luego, él se incorporó y se quitó la propia camisa, liberando los hombros anchos. Irene extendió la mano y trazó una línea desde la base del cuello hasta el ombligo; la piel respondió con una leve contracción.
Se tumbaron juntos. Los besos se volvieron más profundos. Raúl mordió con suavidad el labio inferior de ella, luego la punta de la oreja. Irene arqueó la espalda cuando los dedos del violinista se deslizaron bajo la camiseta y encontraron el sostén de encaje. Él lo desabrochó con un movimiento preciso y liberó los senos. La boca cálida de Raúl descendió hasta la clavícula, luego hasta el pezón izquierdo, que succionó con lentitud creciente. Irene enterró los dedos en el pelo negro y tiró apenas, guiando el ritmo.
Cuando la mano de él bajó hasta la cintura de las bragas, Irene abrió las piernas un poco más, invitando. Raúl deslizó dos dedos por encima de la tela y sintió la humedad que ya la empapaba. Ella gimió, un sonido bajo, casi sorprendido. Raúl esperó. Irene asintió con un movimiento de cabeza y él retiró la prenda, dejándola a un lado.
La yema de los dedos exploró los pliegues hinchados, recogiendo la excitación. Luego, con la misma paciencia que usaba para afinar su violín, Raúl introdujo un dedo, curvándolo hacia delante. Irene contrajo los músculos internos, atrapando la mano ajena. Él añadió otro dedo y empezó un movimiento lento de vaivén, acompañando cada embestida con un roce del pulgar en el clítoris. El placer subió como una marea contenida; Irene respiraba con dificultad, repitiendo su nombre entre dientes. Cuando el orgasmo llegó, fue silencioso y prolongado, un temblor que le recorrió desde los muslos hasta la nuca.
Raúl retiró la mano y se limpió los labios con la lengua. Irene, todavía palpitante, se incorporó y le desabrochó los pantalones. Lo liberó, grueso y caliente, y lo tomó con ambas manos. Lo acarició desde la base hasta el glande, recogiendo con el pulgar una gota de líquido preseminal. Raúl cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. Ella se inclinó y lo tomó en la boca, lamiendo primero la corona, luego descendiendo poco a poco hasta que sintió el contacto del paladar. Raúl colocó una mano en su nuca sin presionar, solo sosteniendo.
Tras unos minutos, ella se apartó y lo miró.
—Quiero que entres en mí —dijo con voz clara.
Raúl buscó en el cajón de la mesilla un preservativo. Lo desenvolvió y se lo colocó con movimientos seguros. Irene se tendió boca arriba y abrió las piernas. Él se situó entre ellas, apoyando el peso en los antebrazos. La punta del miembro rozó la entrada húmeda, preguntando de nuevo sin palabras.
—Ahora —pidió ella.
Raúl empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta quedar completamente envuelto por el calor interior. Ambos soltaron un gemido simultáneo. Una vez dentro, esperó. Irene rodeó su cintura con las piernas y lo atrajo más profundo. Entonces empezó el movimiento: embestidas pausadas que iban ganando ritmo, acompañadas por el sonido húmedo de los cuerpos. Raúl besaba su cuello, sus pechos, la comisura de los labios. Irene clavaba las uñas en la espalda de él, marcando líneas rojas que desaparecerían al amanecer.
Cuando el segundo orgasmo de Irene se aproximó, ella lo advirtió con un jadeo entrecortado:
—Raúl… no pares…
Él aumentó la velocidad, golpeando el punto exacto que la hacía temblar. El clímax llegó con un grito ahogado contra el hombro de él. Raúl esperó a que los espasmos cesaran antes de permitir que su propio placer lo recorriera. Se corrió con un gruñido largo, enterrando la cara en el hueco de su cuello.
Quedaron quietos, enlazados, mientras la lluvia volvía a golpear los cristales. El sudor enfriaba la piel. Raúl salió con cuidado, se deshizo del preservativo y volvió a la cama. Irene se acurrucó contra su pecho. Ninguno de los dos habló durante varios minutos. Luego, él acarició el pelo de ella con lentitud.
—Podemos quedarnos aquí hasta que cese la tormenta —dijo.
Ella levantó la cara y lo besó en la comisura de los labios.
—Podemos quedarnos más tiempo —respondió.
Fuera, el agua seguía cayendo sobre las tejas. Dentro, el pulso de ambos se acompasaba al mismo ritmo lento y seguro.

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