El jardín de medianoche
La lámpara de la terraza se encendió tarde. Isabel cruzó el césped descalza, descalza por elección, porque quería sentir la hierba fresca entre los dedos y el ligero roce de la seda del camisón contra sus muslos. Era una de esas noches de julio en que el calor no baja ni cuando se pone el sol; el aire seguía denso, impregnado del olor de la madreselva y de la tierra húmeda del riego.
Había llegado a la casa hacía apenas una semana. La dueña, la señora de Vargas, la había contratado para supervisar la restauración de la biblioteca. Todo en el lugar era antiguo: los muebles oscuros, las cortinas de terciopelo, las estanterías que llegaban al techo. Solo el jardín, al fondo de la finca, parecía resistirse al paso del tiempo; un jardín salvaje, casi descuidado, donde nadie entraba ya salvo Isabel por las noches, cuando el trabajo le daba tregua.
Esa noche no estaba sola.
Sentada en el borde de la fuente, con una copa en la mano, una mujer observaba el agua que caía en delgados hilos. Llevaba un vestido de lino color arena que se pegaba al cuerpo con el sudor del calor. El cabello, negro y largo, le rozaba la espalda desnuda. Isabel se detuvo a unos pasos. La desconocida levantó la mirada y sonrió como quien reconoce a alguien a quien nunca ha visto.
—Disculpa —dijo Isabel—. No sabía que hubiera más alguien.
—No hay nadie —contestó la mujer—. Solo tú y yo.
Sonrió de nuevo, y ese gesto suave y sin prisa invitó a Isabel a sentarse. No preguntó el nombre. Tampoco lo ofreció. Hubo un silencio cómodo, roto solo por el agua y por el canto de los grillos.
—Hace calor —observó la desconocida.
—Sí.
—Ven.
Extendió la mano. Isabel la tomó. Los dedos de la otra eran frescos; los suyos, cálidos. Se levantaron juntas. La mujer la condujo hasta el banco de piedra bajo la enredadera. Se sentaron de lado, una frente a la otra, rodillas casi rozándose.
—Te he visto por las ventanas de la biblioteca —dijo la mujer—. Pareces trabajar muy concentrada.
—Intento mantener la atención —respondió Isabel—. Aunque algunas noches me distraigo.
La mujer sonrió de nuevo, y el movimiento de sus labios hizo que Isabel bajara la vista hacia el cuello de ella, donde una gota de sudor descendía despacio. Siguió su trayectoria hasta perderla entre los pliegues del vestido. Cuando volvió a mirar, la desconocida la observaba con una atención tranquila, como si midiera la distancia que aún quedaba entre ambas.
—Puedo marcharme —ofreció Isabel, aunque no se movió.
—No quiero que te vayas.
El pulso de Isabel se aceleró en la base de la garganta. La mujer levantó la mano y le tocó el dorso de la muñeca con dos dedos. El contacto fue leve, pero bastó para que un calor distinto, más profundo, se extendiera por el pecho de Isabel. Respiró más despacio, consciente del roce del camisón contra sus pezones, ya tensos por la humedad del aire.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, aunque el nombre no importaba.
—Llámame como quieras esta noche.
Isabel inclinó la cabeza. La mujer esperó. Cuando sus labios se encontraron, el beso fue largo, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. La lengua de la desconocida recorrió la de Isabel con suavidad, explorando, saboreando. Isabel sintió que el calor que le bajaba por el vientre se concentraba entre las piernas, un latido lento y cada vez más insistente.
La mujer deslizó la mano por el costado de Isabel hasta detenerse en la curva del pecho. El pulgar trazó un círculo sobre el pezón a través de la seda. Isabel arqueó la espalda, buscando más presión. La mujer entendió el gesto y apretó suavemente, luego aflojó, jugando con la tensión. Isabel dejó escapar un suspiro contra la boca de la otra.
—¿Te gusta así? —preguntó la mujer en voz baja.
—Sí.
—¿Más?
Isabel asintió. La mano descendió por el vientre, por encima del camisón, hasta llegar al hueco entre los muslos. Allí se detuvo, sin presionar aún, solo sintiendo el calor que se desprendía. Isabel abrió ligeramente las piernas, permitiendo. La mujer deslizó los dedos por la seda, trazando la forma del sexo sin llegar a tocar el clítoris. Isabel sintió que el pulso se le aceleraba en la nuca.
—Respira —dijo la mujer—. Quiero oírte.
Isabel exhaló temblando. La mano se retiró, subió por el camisón y lo empujó hacia arriba. Los dedos volvieron a descender, ahora sobre la piel desnuda, rozando los labios del sexo, húmedos ya por el deseo. Un dedo se deslizó entre ellos, separándolos, y encontró el clítoris hinchado. Lo acarició con lentitud circular, sin apresurarse. Isabel dejó caer la cabeza hacia atrás. El placer era dulce, creciente, y cada movimiento de los dedos lo hacía más intenso.
La mujer se inclinó y besó el cuello de Isabel, luego la clavícula, luego el borde del camisón. Con la otra mano bajó la tira del hombro y liberó un pecho. La boca se cerró sobre el pezón, succionando con suavidad, la lengua rodeándolo. Isabel gimió en voz baja. Las piernas le temblaban. La mano entre sus muslos aceleró un poco el ritmo, y el placer se concentró en un punto que parecía expandirse.
—Quiero sentirte dentro —susurró Isabel.
La mujer introdujo dos dedos con cuidado, curvándolos hacia delante. Isabel apretó alrededor de ellos, sintiendo la presión exacta donde más lo necesitaba. La otra mano no dejó de tocar el clítoris. El movimiento de dentro y fuera, combinado con el roce circular, hizo que el orgasmo se acercara despacio, como una ola que sube sin romperse todavía.
Isabel buscó la boca de la mujer y la besó con más urgencia. El camisón se le había subido hasta la cintura. La mujer la tocaba con una precisión que parecía conocerla desde siempre. Isabel sintió que el placer crecía, se extendía por el vientre, por los pechos, por las piernas. Cuando llegó al borde, contuvo la respiración un segundo, y luego se dejó caer.
El orgasmo fue largo, silencioso al principio, luego con un gemido contenido que le vibró en el pecho. Los dedos de la mujer siguieron moviéndose mientras ella temblaba, acompañándola hasta que el placer se suavizó y se volvió cálido, extendido.
Isabel abrió los ojos. La mujer la miraba con una sonrisa tranquila. Retiró la mano con lentitud y la llevó a la boca, lamiendo los dedos. Isabel sintió que el deseo volvía, más suave esta vez, como una brisa después de la tormenta.
—Tu turno —dijo.
La mujer se incorporó. Isabel le quitó el vestido por la cabeza. El cuerpo que apareció era delgado, de curvas suaves, la piel dorada por el sol. Isabel la recostó sobre el banco y se inclinó sobre ella. Besó los pechos, los pezones pequeños y duros, el vientre que se tensaba con cada caricia. Cuando llegó entre las piernas, la mujer ya estaba mojada. Isabel separó los labios con los dedos y lamió despacio el clítoris, saboreando el sabor salado y dulce. La mujer suspiró y abrió más las piernas, invitándola.
Isabel introdujo la lengua dentro, luego volvió al clítoris, alternando ritmos. La mujer le llevó la mano a la nuca, no para empujar, sino para sentir el movimiento. Isabel chupó con suavidad, luego lamió con la lengua plana. La respiración de la mujer se volvió entrecortada. Isabel introdujo dos dedos y los curvó, buscando el punto que la hiciera temblar. Cuando lo encontró, la mujer arqueó la espalda y gimió más alto.
El orgasmo llegó con una sacudida suave, casi silenciosa, y luego con un largo suspiro. Isabel siguió tocándola hasta que los músculos se relajaron. Luego subió y se acurrucó contra su cuerpo caliente.
Estuvieron así un rato, escuchando el agua de la fuente. La mujer acarició el cabello de Isabel con dedos lentos.
—¿Volverás mañana? —preguntó.
—Tal vez.
—Tal vez me quedaré a leer en la biblioteca.
Isabel sonrió contra su cuello.
—Tal vez te busque.
La mujer se rió suavemente. El sonido se mezcló con el canto de los grillos y con el agua que seguía cayendo. La noche seguía siendo larga, y el jardín, por una vez, tenía dos sombras en vez de una.

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