El mirador del faro
Clara apoyó los codos sobre la barandilla oxidada del faro y respiró el aire salobre. A sus espaldas, el faro viejo crujía con el viento de septiembre. Lucía y Daniel venían más despacio, cargando la mochila con la cena y una botella de vino blanco.
—Parece el sitio perfecto para perderse —dijo Lucía mientras se plantaba junto a ella. El sol ya se había hundido, pero el horizonte aún mostraba una línea violeta.
Daniel dejó la mochila en el suelo y miró la lámpara del faro; hacía años que nadie la encendía. El cristal estaba empañado por el polvo. Se secó las manos en los vaqueros y se acercó a las dos mujeres.
—Antes de abrir la botella —empezó, con tono suave— quiero asegurarme de que esto sigue siendo lo que hablamos en el coche. Nadie tiene que hacer nada que no quiera. Si en cualquier momento algo se siente raro, se para y punto.
Lucía asintió, pero sonrió con cierta picardía.
—Yo sigo queriendo probar. Llevo tiempo preguntándome cómo se sentiría besarte, Clara, y verte luego con él. ¿Tú?
Clara tragó saliva. Su voz salió más ronca de lo que esperaba.
—También. Me da curiosidad. Me gusta la idea de que Daniel esté con nosotras, pero sin apuros. Que cada cosa se diga antes de hacerla.
Daniel levantó las manos, como si presentara un pacto.
—Entonces nos vamos contando. Yo me apunto a mirar, a participar si surge, y a parar cuando digáis.
El viento arremetía contra el faro. El faro gimió. Clara cerró la cremallera de su chaqueta de punto y se volvió hacia Lucía.
—Primero, la luz —propuso Daniel—. Hay una linterna en la mochila.
Encendieron una pequeña lámpara de gas que arrojó una luz dorada sobre el suelo de madera. Los tres se sentaron en semicírculo alrededor de ella. Daniel abrió el vino y sirvió tres vasos de plástico. Brindaron en silencio. El alcohol templó los nervios, pero la charla no decayó.
—¿Empezamos despacio? —preguntó Lucía, mirando a Clara.
Clara asintió. Se inclinó hacia delante. El primer beso fue casi tímido, sólo labios. El segundo ya abrió paso a la lengua de Lucía, dulce, exploradora. Daniel observaba desde su sitio, sin tocarse todavía, solo respirando más hondo. Cuando se separaron, Clara le tendió la mano.
—Ven.
Daniel se acercó de rodillas. Besó a Clara con la suavidad de quien ya conoce cada rincón de su boca, pero con una intensidad nueva porque Lucía los miraba. Lucía se acercó también y besó la nuca de Daniel; él se estremeció. La mano de Lucía bajó por la camisa de él hasta el primer botón.
—¿Puedo? —preguntó.
—Sí —respondió Daniel, y la voz sonó ronca.
Lucía le desabrochó la camisa despacio. Clara contemplaba el pecho desnudo de su novio bajo la luz amarilla. Se inclinó y besó la clavícula de Daniel; él inclinó la cabeza hacia atrás. Lucía, todavía vestida, se arrodilló al otro lado y mordisqueó el lóbulo de la oreja de Clara, susurrándole.
—Dime si quieres que pare.
—No pares —contestó Clara en un susurro.
Daniel deslizó la mano por la pierna de Lucía por encima del pantalón vaquero. Ella abrió las rodillas para que la palma descansara entre sus muslos. El roce fue suave, casi respetuoso. Clara sintió un tirón de celos que enseguida se convirtió en excitación. Se desabrochó la propia camisa y se dejó caer de espaldas sobre el suelo de tablas. Lucía se tumbó a su lado y recorrió con la lengua la línea del sujetador de encaje. Daniel se incorporó y besó el vientre desnudo de Clara. Cada uno preguntaba con miradas antes de subir la prenda, de rozar el pezón, de morderlo suavemente.
—¿Podemos quitarte los vaqueros? —preguntó Lucía a Daniel.
Él asintió, incorporándose un instante. Lucía le desabrochó el cinturón. Los vaqueros bajaron por las caderas, quedando en boxers negros. La erección era evidente, pero él no la tocó. Esperó a que Clara extendiera la mano y acariciara la tela ajustada. Un gemido escapó de su garganta.
Lucía se desvistió entonces con rapidez, dejando sólo las bragas. Tenía la piel más morena que Clara. Sus pechos se balancearon al inclinarse sobre Daniel y besarlo en la boca mientras Clara le bajaba los boxers. La vista de Daniel completamente desnudo bajo la lámpara de gas hizo que Clara apretara los muslos.
—Quiero verte con ella —susurró Clara, casi sin aire.
Daniel miró a Lucía.
—¿Quieres?
—Sí —respondió Lucía, y se tumbó junto a Clara. Abrió las piernas. Daniel se colocó entre ellas, pero antes miró a Clara una vez más.
—Dime cuándo parar —pidió.
—Cuando yo lo diga —respondió ella.
Daniel se protegió, porque eso también lo habían hablado en el coche. Entró despacio en Lucía, sosteniendo su mirada. Lucía soltó un suspiro largo. Clara se inclinó sobre su cara y la besó mientras Daniel se movía dentro de ella con un ritmo constante. Los gemidos de Lucía vibraban en la boca de Clara. La mano de Daniel alcanzó el pubis de Clara por encima de la ropa interior y la frotó con círculos lentos. Ella se deshizo de su ropa restante y dejó que dos dedos de Daniel entraran en ella. El ritmo de él se volvió más urgente, pero nunca descuidado.
—Más fuerte —pidió Lucía.
Daniel obedeció, sujetándole las caderas. Clara se arrodilló a su lado y besó la espalda de Daniel, bajando la lengua por la columna hasta la cintura. Él tembló. El clímax de Lucía llegó con un grito contenido; Clara le sostuvo la mano mientras se contraía.
Daniel salió de ella despacio y se quitó el preservativo. Clara se tumbó de espaldas y lo atrajo hacia sí.
—Ahora tú —susurró.
Daniel entró en Clara con la misma precaución, pero con la excitación acumulada. Lucía se tendió al lado y chupó el pezón de Clara mientras Daniel empujaba. Clara alcanzó el clímax con un sollozo ahogado contra el hombro de Daniel. Él se corrió poco después, con la cara enterrada en el cuello de Clara.
Los tres quedaron tendidos sobre la manta que habían extendido antes. El faro volvía a crujir, pero ya no sonaba a amenaza. Lucía rió primero, un sonido suave.
—Creo que el vino se ha quedado tibio —dijo.
Daniel besó la sien de Clara y luego la de Lucía.
—Podemos calentarlo otra vez —respondió—. O podemos hablar de lo que ha pasado. O las dos cosas.
Clara entrelazó sus dedos con los de Lucía.
—Prefiero las dos cosas —dijo—. Y también repetir.
El viento seguía golpeando las ventanas del faro, pero dentro, entre mantas y respiraciones tranquilas, los tres empezaron a planear el próximo fin de semana en el que el faro volvería a iluminar algo más que la costa.

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