El reflejo del lago
El tren llegó a la estación pequeña cuando el sol empezaba a dorar las copas de los árboles. Elena bajó con la maleta ligera y el mapa doblado en el bolsillo de la chaqueta. El aire olía a resina y a agua fría. El chófer del albergue la esperaba con un cartel escrito a mano y, durante los quince minutos de trayecto, nadie habló más de lo necesario. Elena observaba el bosque que se abría paso hasta el lago. Esa tarde había cerrado el estudio con tres proyectos pendientes y una sensación de que algo se le escapaba. El lago, el refugio, el silencio: tres decisiones que solo ella había tomado.
La cabaña le correspondía a la número tres. Tenía porche, chimenea y una cama ancha que se veía desde la puerta. En la mesilla había una jarra de agua y una nota escrita a mano por la dueña: "Bienvenida, Elena. El lago es más profundo de lo que parece". Sonrió, dejó la maleta, se quitó los zapatos y abrió la ventana. El sol se posaba sobre la superficie plateada. Se quitó la chaqueta, luego la camiseta y quedó con solo la ropa interior de algodón suave. Nadie la veía, salvo el reflejo del lago y su propia respiración que se había vuelto más lenta sin que ella lo decidiera.
Bajó descalza hasta la orilla. El agua le rozó los tobillos. Se arrodilló, metió las manos y se mojó la nuca. El frío subió por los brazos y le endureció los pezones contra la tela ligera. Se tumbó sobre la manta que había llevado, apoyó la espalda en la hierba y miró el cielo. Pensó en su última relación, en cómo siempre había esperado que el otro iniciara. Esa noche no esperaba nada. Solo quería notar su propio cuerpo sin prisa, sin exigencias. Pasó la palma por el vientre y notó el calor que subía desde el pubis. Se detuvo. Escuchó su respiración, el leve crujido de las hojas. Volvió a pasar los dedos, esta vez más abajo, por encima de la ropa interior. El roce fue suave, casi ausente. Cerró los ojos y se permitió no tener que explicarse nada.
El crepúsculo se adentró en azul oscuro. Encendió una lámpara de aceite en la mesa del porche y se sirvió un vaso de vino que había traído. El primer sorbo le calentó la garganta y bajó lento hasta el estómago. Se sentó con las piernas cruzadas, la camiseta suelta, y miró el reflejo de la luz sobre el agua. Escuchó pasos sobre la grava antes de ver la silueta. Una mujer bajaba por el sendero lateral, con una toalla al hombro y el cabello recogido. Se detuvo a unos metros y levantó la mano en gesto de saludo educado. Elena respondió con la misma calma. La mujer se acercó lo justo para que la luz llegara a su rostro. Tenía la piel morena, la mandíbula marcada y una mirada que no preguntaba, solo observaba.
—Perdona —dijo la recién llegada—. No sabía que esta cabaña estuviera ocupada esta semana.
Elena señaló la número cuatro, a veinte metros.
—Acabo de llegar —respondió—. Puedes pasar.
La mujer se presentó como Claudia. Era bióloga, llevaba tres veranos trabajando en el estudio de anfibios del lago. Habló poco y con precisión, como quien está acostumbrado a medir el silencio. Elena le ofreció vino. Claudia aceptó y se sentó en el borde del porche, con los pies descalzos sobre la madera. El vestido que llevaba era de lino blanco, fino. A través de la tela se adivinaba el contorno de los pechos y el pezón oscuro. Elena apartó la mirada un segundo, luego la sostuvo. No había vergüenza. Solo la certeza de que ambas habían elegido estar ahí.
Hablaron de ranas y de planos de casas, de la forma en que el agua refleja la luz al atardecer y de cómo se mide el deseo de quedarse en un sitio. Claudia tenía una cicatriz fina en el antebrazo y la señaló sin dramatismo: un corte de bisturí durante una práctica. Elena, sin pensarlo, extendió la mano y rozó la marca con el pulgar. El contacto duró menos de un segundo, pero la piel de Claudia se erizó visiblemente. Ninguna lo comentó. El silencio se volvió denso, no incómodo. Elena sintió el pulso en las sienes y un calor bajo el ombligo que no intentó disimular.
Claudia se levantó para marcharse cuando las estrellas ya eran muchas. Elena la acompañó hasta el sendero. Antes de separarse, Claudia se giró y dijo:
—Ven mañana al muelle al amanecer. Lleva solo lo que necesites para nadar.
Elena asintió. Volvió a la cabaña, cerró la puerta y se quedó de pie en la oscuridad. Se quitó la camiseta y la ropa interior. Se miró en el espejo pequeño del cuarto de baño. Los pechos estaban pesados, los pezones duros. Pasó las manos por ellos, despacio, sin apretar. Bajó hasta el pubis y separó los labios con dos dedos. Estaba húmeda, no empapada, solo lista. Se acostó sin encender la luz y se cubrió con la sábana ligera. El roce del algodón contra la piel fue suficiente para que el clítoris respondiera con un latido suave. No se tocó. Esperó. El pulso entre las piernas marcaba el ritmo de la noche.
Amaneció con niebla baja. Elena bajó al muelle con una toalla y la camiseta larga que usaba de camisón. Claudia ya estaba allí, sentada en el borde, con los pies en el agua. Llevaba un bañador negro de una pieza que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Se giró al oírla y sonrió con la comisura. No hubo presentación. Se levantaron las dos y se metieron en el lago sin hablar. El agua estaba fría, pero el cuerpo de Elena se adaptó rápido. Nadaron despacio, paralelas, sin competir. Cada brazada removía el deseo que habían dejado en el aire la noche anterior. En un momento, Claudia se detuvo y se quedó flotando de espaldas. Elena hizo lo mismo a su lado. El cielo estaba claro. El frío endureció los pezones de ambas contra la tela empapada. Elena sintió el roce del agua entre las piernas y un latigazo de placer que subió por la columna. No se movió. Dejó que el cuerpo flotara y que el deseo se extendiera como una mancha caliente en el vientre.
Volvieron al muelle. Claudia se quitó el bañador sin mirar a Elena, como si el gesto fuera natural. El cuerpo desnudo apareció: vientre plano, vello recortado en una línea oscura, pechos firmes con aureolas anchas. Elena se quedó quieta un segundo, luego se quitó la camiseta empapada. Ambas se miraron. Ninguna se cubrió. Claudia extendió la mano y rozó con el dorso de los dedos el pezón izquierdo de Elena. El contacto fue eléctrico. Elena sintió cómo el pezón se endurecía aún más y cómo el calor bajaba directo al clítoris. Respiró hondo. Claudia repitió el gesto en el otro lado, más lento. Elena cerró los ojos y dejó que el pulso le subiera a la cara.
—Ven a mi cabaña —dijo Claudia—. Tengo café y tiempo.
Entraron juntas. La cabaña de Claudia era más pequeña, con una cama que ocupaba casi todo el espacio. Claudia preparó café en una cafetera de hornillo y lo sirvió en dos tazas sin azúcar. Elena se sentó en el borde de la cama, todavía desnuda, con la toalla alrededor de los hombros. El café le calentó las manos. Claudia se arrodilló frente a ella sin pedir permiso, solo con la mirada que preguntaba. Elena asintió. Claudia dejó la taza a un lado y apoyó las manos en las rodillas de Elena, abriéndolas despacio. El roce de los pulgares en la cara interna de los muslos provocó un temblor que Elena no contuvo. Claudia se inclinó y besó la piel justo por encima de la rodilla. El beso fue húmedo, prolongado. Subió por el muslo con la boca abierta, dejando un rastro de saliva que el aire enfrió. Cuando llegó al pubis, se detuvo y levantó la mirada.
—Dime si quieres que pare.
—No pares —respondió Elena.
Claudia separó los labios mayores con cuidado y rozó el clítoris con la lengua plana. Elena sintió el contacto como un latido que se extendía por todo el vientre. Claudia lamió despacio, sin prisa, subiendo y bajando, variando la presión. Elena apoyó las manos en el colchón y echó la cabeza hacia atrás. El cuello quedó expuesto y Claudia, sin dejar de lamer, subió una mano y rozó la yugular con dos dedos. El contraste entre la lengua caliente y los dedos fríos hizo que Elena contrajera los muslos. Claudia introdujo un dedo, despacio, curvándolo hacia arriba. Elena gimió bajo, un sonido que salió de la garganta sin que lo llamara. El dedo se movió en círculos, buscando el punto que sabía que estaba ahí. Cuando lo encontró, Elena arqueó la espalda y el clítoris palpitó contra la lengua de Claudia.
Claudia añadió un segundo dedo y aumentó la velocidad de la lengua. Elena sintió que el orgasmo se acercaba desde muy lejos, como una ola que tarda en romper. Respiró por la boca, intentó contenerlo y luego decidió no hacerlo. El clímax llegó en oleadas largas, contracciones que le apretaron los dedos de Claudia y le tensaron el vientre. Cuando terminó, Claudia no se apartó de inmediato. Siguió lamiendo con suavidad, recogiendo la humedad, hasta que Elena le tocó el cabello para indicarle que parara. Claudia subió por el cuerpo de Elena besando el vientre, el esternón, el hueco entre los pechos. Se tendió a su lado y la abrazó por detrás, con una mano abierta sobre el pecho izquierdo. Elena sintió el corazón de Claudia contra su espalda y el propio latido aún acelerado entre las piernas.
Pasaron la mañana así, alternando el silencio con frases cortas. Elena contó que había diseñado una casa que nunca se construyó porque el cliente cambió de idea. Claudia habló de una rana que solo canta cuando hay luna llena. Al mediodía bajaron al muelle otra vez. El sol estaba alto. Nadaron desnudas, se secaron al aire y volvieron a la cabaña de Elena. Esta vez fue Elena quien se arrodilló. Claudia se dejó hacer, con las manos en el cabello de Elena, guiando sin apretar. Elena aprendió el ritmo de Claudia: cuándo lamer más rápido, cuándo succionar, cuándo detenerse para que el deseo se acumulara. Claudia llegó al orgasmo con un gemido largo que Elena guardó en la memoria como un sonido nuevo.
La tarde se alargó en paseos por el sendero que rodea el lago. Caminaron descalzas, se pararon a mirar ranas, compartieron un pan que Claudia había traído. Cada vez que se rozaban, el contacto duraba un poco más. Al atardecer volvieron a la orilla. Claudia extendió una manta y se tumbó boca arriba. Elena se colocó encima, a horcajadas, y dejó que el peso de sus cuerpos hablara. Se besaron despacio, con la lengua que exploraba y se retiraba. Elena bajó la mano y encontró a Claudia húmeda otra vez. Introdujo dos dedos y movió la muñeca en círculos. Claudia abrió las piernas y dejó que el placer la recorriera sin resistencia. Cuando llegó el orgasmo, Claudia mordió el hombro de Elena, no fuerte, solo lo suficiente para que Elena supiera que estaba presente.
La última noche compartieron la cama de Elena. No hubo prisas. Se desnudaron con la luz de la luna entrando por la ventana. Claudia besó cada vértebra de la columna de Elena, desde la nuca hasta el coxis. Elena sintió cómo la respiración de Claudia le acariciaba la piel. Se giró y le pidió a Claudia que se tumbara. Se colocó entre sus piernas y la lamió hasta que Claudia pidió, con la voz rota, que entrara en ella. Elena introdujo tres dedos y movió la mano con decisión. Claudia se corrió con un grito ahogado y las uñas clavadas en los hombros de Elena. Después, Elena se dejó caer a su lado y Claudia la acarició hasta que ella también llegó, con la boca de Claudia en el cuello y dos dedos dentro, lentos y precisos.
Al amanecer, Elena despertó sola. Claudia había dejado una nota en la mesilla: "El tren sale a las diez. Si quieres que te lleve, estaré en el muelle". Elena se vistió, recogió la maleta y bajó. Claudia estaba de pie, con el bañador negro y una chaqueta abierta. No hablaron del futuro. Se besaron una vez, despacio, y Elena subió al coche que la llevaría a la estación. Durante el trayecto miró el lago por el retrovisor. El reflejo del agua seguía allí, quieto, guardando lo que había pasado sin necesidad de contarlo.
En el tren, Elena abrió el portátil y empezó a diseñar una casa con un porche que diera al agua. No sabía si volvería. Sabía que, si lo hacía, sería porque ella lo había decidido. El deseo ya no era algo que esperaba. Era algo que nombraba.

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