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El taller del tiempo detenido

Un mecánico maduro y un relojero huraño cruzan sus caminos en un taller de barrio donde el deseo que llevan años reprimiendo por fin encuentra su cauce.

Marco Seda7 min👁 2504 de noviembre de 2026

El taller del tiempo detenido

El primer rayo de sol de octubre entraba oblicuo por los ventanales del taller y encendía una fina capa de polvo que flotaba sobre los bancos de trabajo. El lugar olía a aceite viejo, a metal caliente y, en el fondo, a café que ya llevaba horas hecho. Marcos, con la camisa abierta hasta la cintura y las mangas remangadas, revisaba el embrague de un Peugeot diésel cuando oyó el tintineo de la puerta.

—Buenas —dijo una voz ronca que llevaba la huella de todos los tabacos que ya no fumaba. Andrés, el relojero del bajo de enfrente, entró con las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Llevaba la americana mal abrochada, una mancha de tinta negra en el puño de la camisa. —Vengo a por la llave del contador que me dejaste. La luz del escaparate no funciona.

Marcos se incorporó. Tenía cuarenta y ocho años, hombros anchos por años de levantar motores y una barba de dos días que le picaba en la mejilla izquierda. Extendió el brazo hacia la repisa y le pasó la llave sin apartar la mirada. Andrés era delgado, cuarenta y cinco, y siempre parecía a punto de escaparse por la puerta.

—Quédate un momento —dijo Marcos, sin rodeos—. Me da la sensación de que venimos evitándonos desde marzo.

Andrés soltó una risa corta, casi seca, pero no se fue. Cerró la puerta con el talón y se apoyó contra el marco. El taller estaba vacío; las cinco de la tarde de un jueves largo y nadie venía a recoger coches hasta mañana. Marcos se secó las manos en un trapo azul y se acercó. El espacio entre ellos se encogió como si dos imanes empezasen a reconocer su campo.

—¿Evitándonos? —repitió Andrés, la voz más baja—. Tú trabajas con las manos y yo con lupas. No hay mucho que evitarse.

Marcos señaló la puerta que daba al pequeño despacho del fondo.

—Hay un sofá. Hay whisky. Y hay una cuenta pendiente desde la vez que te arreglé el coche y te negaste a cobrarme la revisión de ese reloj de pared que me trajiste.

Andrés ladeó la cabeza. Tenía los ojos claros y una cicatriz diminuta sobre la ceja izquierda, regalo de una montura de gafas rota años atrás. Asintió sin decir nada y caminó hacia el despacho. Marcos cerró el taller por dentro. El sonido del cerrojo resonó como un punto final.

El despacho era una pieza de seis metros cuadrados con un sofá de cuero negro gastado, una mesa baja y un radiador que zumbeaba. Marcos sirvió dos dedos de whisky en sendos vasos y se los tendió. Andrés se quitó el abrigo, lo dobló sobre el respaldo de una silla y aceptó el vaso. Sus dedos se rozaron al entregarlo.

—Brindo por las cuentas que se saldan en la misma moneda —dijo Marcos.

Bebieron en silencio. El alcohol abrió un camino caliente por la garganta. Andrés dejó el vaso y se pasó la lengua por el labio inferior, despacio. Marcos, de pie frente a él, se quitó la camisa por la cabeza. El pecho ancho, vello negro entre los pectorales, una antigua cicatriz en el hombro izquierdo. Andrés lo miró sin fingir que no miraba.

—Puedo irme —ofreció, aunque su cuerpo no se movió.

—No quiero que te vayas —contestó Marcos, claro. Se acercó hasta que las rodillas de Andrés rozaron las suyas. —Dime que no y te vas. Dime que sí y te quedas.

Andrés alzó la barbilla. El gesto equivalía a una firma. Marcos inclinó la cabeza y lo besó. El primer roce fue seco, casi torpe, porque los dos estaban acostumbrados a medir distancias y ahora no había ninguna. El segundo beso ya llevaba lengua, dientes, el sabor del whisky y la urgencia que habían guardado durante meses. Marcos hundió los dedos en la nuca de Andrés, tiró de él hacia adelante y sintió que el relojero se ponía de pie, pegando sus cuerpos. Las manos de Andrés bajaron por la espalda de Marcos, explorando los surcos de los músculos, deteniéndose en la cinturilla de los vaqueros. Desabrochó el primer botón y luego el siguiente sin prisa, pero sin detenerse.

Marcos se apartó solo lo justo para quitarle la camisa a Andrés. El cuerpo que apareció era largo, pálido, con una línea fina de vello que bajaba del ombligo hasta perderse en el pantalón. Marcos pasó la palma abierta por el pecho de Andrés y sintió que el pezón se endurecía bajo la yema del dedo. Andrés soltó un sonido bajo, casi una protesta, y mordió la clavícula de Marcos. El dolor pequeño y preciso encendió algo más profundo.

—Sofá —murmuró Marcos contra la boca de Andrés.

Lo empujó con suavidad hasta que Andrés cayó sentado. Marcos se arrodilló entre sus piernas, abrió el cinturón con una sola mano y bajó la cremallera. El olor a jabón neutro y a piel caliente salió a su encuentro. Andrés levantó las caderas para que Marcos pudiera bajarle los pantalones y los calzoncillos negros hasta los tobillos. El sexo de Andrés estaba medio duro, grueso, con la cabeza ya brillante. Marcos lo tomó en la mano, lo apretó desde la base hasta el glande y sintió cómo crecía del todo entre sus dedos.

—Puedo parar cuando quieras —dijo, mirándolo a los ojos.

—No pares —contestó Andrés, voz ronca.

Marcos inclinó la cabeza y lamió primero el glande, despacio, recogiendo la gota que ya perlaba. Luego abrió la boca y lo engulló hasta donde le permitió la garganta. Andrés echó la cabeza atrás contra el respaldo del sofá y soltó un gemido largo. Sus manos buscaron la cabeza de Marcos, no para empujar, sino para anclarse. Marcos succionó con ritmo constante, subiendo y bajando, mojando todo con saliva, y cuando notó que Andrés temblaba demasiado cerca del límite, se apartó.

Se puso en pie, se bajó los vaqueros y los calzoncillos de un solo movimiento y liberó su propia erección, larga, curvada ligeramente hacia la izquierda, venas marcadas. Andrés estiró la mano y la cerró alrededor del eje, subiendo y bajando con la misma medida que Marcos le había dado. El mecánico gruñó, se inclinó y besó a Andrés otra vez, compartiendo el sabor de ambos.

—Hay lubricante en el cajón —dijo Marcos contra la boca de Andrés—. Y condones.

Andrés asintió. Marcos abrió el cajón de la mesa, sacó el bote y el cuadrado plateado, y se lo tendió a Andrés. Este rasgó el envoltorio con los dientes, colocó el látex sobre la punta de Marcos y lo desenrolló hasta la base con dedos precisos. Luego abrió el bote y se echó lubricante en dos dedos. Se levantó solo lo necesario para pasar la mano entre sus propias piernas y prepararse. Marcos lo miró, fascinado por la concentración de Andrés, por cómo mordía el labio inferior mientras se abría para él.

Cuando estuvo listo, Andrés se giró y se apoyó en el respaldo del sofá, ofreciendo las nalgas. Marcos se colocó detrás, tomó su propio sexo con una mano y lo pasó primero entre las nalgas, untando lubricante, rozando el ano sin entrar todavía. Andrés respiró hondo.

—Ahora —pidió.

Marcos empujó. La cabeza pasó el anillo muscular y se detuvo un instante, dejando que Andrés se acostumbrara. Luego siguió avanzando centímetro a centímetro, despacio, hasta que estuvo completamente dentro. El calor y la presión lo envolvieron. Ambos soltaron un gruñido al unísono. Marcos apoyó una mano en la cadera de Andrés y la otra en su hombro, y empezó a moverse con embestidas largas y profundas. Cada vez que entraba del todo, Andrés soltaba un sonido entrecortado que Marcos guardaba mentalmente para más tarde. El ritmo subió. El sofá crujía. El olor a sudor y a lubricante llenó el despacho.

Andrés se incorporó un poco, apoyó la espalda contra el pecho de Marcos y buscó su boca a ciegas. Se besaron torcidos, sin dejar de follar. La mano de Marcos bajó y cerró alrededor del sexo de Andrés, masturbándolo al compás de las embestidas. Andrés tembló, avisando que estaba cerca. Marcos aceleró el movimiento de la mano y hundió los dientes en el hombro del relojero, no lo suficiente para marcar, pero sí para que Andrés jadeara y se corriera entre sus dedos, contrayéndose alrededor del pene que lo atravesaba. Marcos siguió embistiendo tres, cuatro veces más, hasta que el orgasmo le subió por la columna y eyaculó dentro del condón con un gruñido grave contra la nuca de Andrés.

Se quedaron quietos, aún unidos, recuperando el aliento. El radiador seguía zumbando. Marcos se retiró con cuidado, anudó el condón y lo tiró a la papelera. Andrés se dio la vuelta, se dejó caer en el sofá y tiró de Marcos para que se sentara a su lado. Se besaron otra vez, ahora sin prisa, explorando la paz que viene después.

—Volveré mañana por la llave —dijo Andrés, la voz ronca pero con una sonrisa pequeña en las comisuras.

—Quédate esta noche —contestó Marcos—. Mañana te daré otra llave.

Andrés no contestó con palabras. Solo cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro ancho del mecánico. Afuera, el barrio seguía su ritmo lento, ajeno al taller donde dos hombres habían decidido dejar de contar los meses que llevaban evitándose.

Fin.

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