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El trastero de la oficina

Dos compañeros de la misma empresa se cruzan en el trastero del sótano y deciden cerrar cuentas pendientes con el deseo.

Nocturno5 min👁 3404 de noviembre de 2026

El trastero de la oficina

Las ocho de la tarde en la torre de oficinas del Paseo de la Castellana, y los pasillos ya estaban silenciosos. Solo quedaban los ruidos lejanos del último ascensor bajando. Dani había dejado el portátil encendido en su mesa, pero volvió al sótano por una carpeta que no quería enviar por correo. La luz del pasillo parpadeaba, y la llave del trastero número catorce chirrió al girar. Al empujar la puerta, el olor a polvo y cartón mojado le golpeó la cara. Dentro, entre archivadores y cajas de material de marketing, lo encontró.

Pablo estaba agachado, camisa arremangada, revisando un cajón. Se incorporó despacio cuando oyó la puerta, el resplandor de la bombilla amarilla recortando sus hombros anchos. El corte de pelo a cero, la mandíbula cerrada y la barbilla siempre un poco hacia arriba le daban un aspecto brusco que Dani conocía desde hacía dos años sin haber cruzado más de tres frases con él. Trabajaban en plantas distintas, pero todos sabían que Pablo era el encargado de mantenimiento que hacía las horas extra que nadie quería. Dani sonrió apenas.

—Pensaba que era el único que seguía aquí.

Pablo soltó una risa corta y cerró el cajón con el pie.

—Vengo a recoger las herramientas que dejé el viernes. Tú, ¿qué buscas?

—La campaña de Bilbao. Se me olvidó guardarla antes de marcharme.

Dani señaló la estantería del fondo. Pablo se pasó una mano por la nuca, camisa pegada al pecho por el sudor del día. La bombilla crepitó. Ninguno se movió. El aire entre ellos se volvió más denso que el polvo. Dani dio un paso adelante y dejó la puerta entreabierta. El sonido de la cerradura automática se oía cada media hora en este sótano; nadie bajaría a menos que la alarma saltase. Pablo lo miró de reojo y soltó el aire por la nariz.

—¿Te vas a quedar ahí mirando o vas a coger lo que viniste a buscar?

La voz de Pablo era baja y llevaba un filo que no era solo cansancio. Dani tragó saliva, cerró la puerta del todo y echó el pestillo. El clic sonó seco.

—No vine por la carpeta.

Pablo dejó las llaves sobre una caja. Se acercó hasta quedar a medio metro, olor a jabón industrial y a metal caliente. Dani notó cómo la respiración se le aceleraba. Pablo levantó la mano, pero no lo tocó todavía.

—Dilo claro.

—Te he visto todas las noches que te quedas hasta tarde. También te he visto cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta.

Pablo sonrió de lado, casi cruel.

—Y tú te quedas hasta tarde por si me das cuenta.

Dani asintió. Pablo dio el último paso y le puso la mano abierta en el pecho, empujándolo sin violencia contra la estantería metálica. El metal frío se pegó a la espalda de Dani a través de la camisa. Pablo inclinó la cabeza y rozó su boca con la de él, sin besarlo todavía, solo respirando el mismo aire. La mano bajó hasta la hebilla del cinturón y la abrió con un tirón seco. El sonido de la cremallera bajando llenó el cuarto.

Dani dejó caer la cabeza hacia atrás. Pablo le metió la mano dentro de los calzoncillos y lo encontró duro, ya palpitando. Lo rodeó con los dedos y apretó, lento, sin prisa. Dani empujó las caderas hacia adelante. Pablo soltó una risa baja contra su cuello.

—Estás temblando.

—Llevo meses imaginando esto.

Pablo le bajó los pantalones hasta los muslos con una sola mano, mientras la otra seguía moviéndose arriba y abajo. Dani abrió las piernas lo que pudo y se agarró a los hombros de Pablo. El olor a cartón y a sudor se mezclaba con el olor a sexo que ya empezaba a llenar el trastero. Pablo se arrodilló delante de él, le levantó la camisa y besó el vientre, luego bajó más. La lengua caliente rodeó la cabeza del miembro de Dani y descendió hasta la base. Dani soltó un gemido ronco que rebotó en las paredes metálicas.

Pablo succionó con fuerza, una mano sujetando la base, la otra apretando el culo de Dani. Dani le hundió los dedos en el pelo corto y empujó suavemente, buscando más profundidad. Pablo lo dejó, tragó hasta el fondo y volvió a subir despacio, dejando la polla brillante de saliva. Se levantó sin soltarla, giró a Dani con un movimiento seco y lo inclinó sobre la estantería. Las cajas tintinearon. Pablo le bajó del todo los pantalones hasta los tobillos y separó las nalgas con las manos anchas. Escupió en los dedos y los pasó entre ellas, buscando la entrada con dos dedos mojados. Dani gimió cuando los sintió entrar, abriéndolo despacio, curvándolos hacia adelante. Pablo se inclinó sobre su espalda y habló contra su oreja.

—Si quieres que pare, dime ahora.

—Sigue.

Pablo se desabrochó los pantalones de trabajo y sacó su polla gruesa, ya dura. Escupió en la palma y se la extendió desde la base hasta el glande. Dani sintió la cabeza presionando contra su entrada y arqueó la espalda. Pablo empujó despacio, abriéndolo centímetro a centímetro, hasta que las caderas quedaron pegadas al culo de Dani. Ambos soltaron un suspiro largo. Pablo empezó a moverse con embestidas cortas y profundas, agarrando la cintura de Dani con fuerza suficiente para dejar marcas. Cada golpe hacía temblar la estantería y sonar las cajas. El calor del cuerpo de Pablo contra su espalda, el olor a sudor y el sonido húmedo de la penetración llenaron el trastero.

Dani se masturbaba con la mano libre, sincronizando el ritmo. Pablo aceleró, embistiendo más fuerte, el sonido de piel contra piel resonando entre las estanterías. Dani sintió que se acercaba y avisó entre dientes. Pablo metió la mano debajo y la cerró sobre la suya, apretando. Dani se corrió con un gemido ahogado contra el brazo, salpicando el suelo de hormigón. Pablo siguió embistiendo dentro de él, apretando los dientes, hasta que se corrió también con un gruñido bajo, derramándose caliente en su interior. Se quedó unos segundos quieto, respirando contra la nuca de Dani, luego salió despacio.

Pablo se limpió con un trapo de taller que había encima de una caja y se lo pasó a Dani. Se subieron los pantalones sin prisas. Dani se giró y se miraron. Ninguno dijo nada durante un rato. Pablo recogió las llaves y abrió la puerta del trastero. La luz del pasillo entró fría y blanca.

—Mañana subo a tu planta a firmar un parte. Si sigues hasta tarde, avísame.

Dani asintió, todavía con el pulso desbocado. Pablo desapareció pasillo arriba. Dani recogió la carpeta que había venido a buscar, apagó la luz y cerró con llave. El ascensor subió en silencio hasta la séptima planta. El portátil seguía encendido, pero ya no tenía prisa por enviarle nada a nadie.

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