El ventanal del ático
El ascensor se detuvo en la planta décima. Miguel abrió la puerta del ático con una sola llave y el olor a madera caliente y piel perfumada flotó hasta el rellano. Elena entró primero, descalza ya, llevando los zapatos de tacón colgados de dos dedos. El vestido negro se le pegaba a las caderas al moverse; llevaba el sostén a juego, finísimo, que había comprado la tarde anterior por pura intuición.
—Luz tenue, por favor —pidió ella, señalando el interruptor del salón. Los focos rasantes se encendieron a media intensidad. Más allá del ventanal corredero, las luces de la Gran Vía centelleaban en una noche sin nubes.
Miguel soltó la chaqueta sobre el respaldo de un sillón y se acercó a ella por detrás. Las manos se posaron en su cintura, templadas y anchas. Elena arqueó la espalda; el gesto fue invitación. Él besó la nuca, despacio, sin prisa, dejando un rastro de aliento que se enfrió apenas un segundo después.
—Dime si en cualquier momento quieres parar —murmuró Miguel contra la piel de ella.
—Quiero que sigas —contestó Elena, la voz firme—. Todo.
El vestido bajó con un susurro de seda hasta los tobillos. Elena llevaba solo las braguitas de encaje negro. Miguel la giró hacia el ventanal, colocándola frente al cristal templado. Afuera, la ciudad bullía en silencio; adentro, el reflejo de ambos se recortaba contra las luces lejanísimas. La palma de Miguel recorrió la espalda de ella, bajó por la curva de la cintura y se detuvo en la nalga derecha, palpando con suavidad la firmeza del músculo.
—¿Sigues cómoda?
—Mucho.
Él se arrodilló. Besó primero el hueco lumbar, después cada nalga, despacio, respirando contra la piel. Los dedos bajaron el encaje hasta los muslos y lo dejaron caer. Elena apoyó las manos en el cristal, frente al torso de él reflejado. Miguel abrió el frasco de lubricante que había dejado sobre la mesa auxiliar, lo calentó entre las palmas y extendió una porción generosa entre las nalgas de Elena. El gel era tibio. Ella suspiró al sentir el contacto.
Miguel comenzó con un solo dedo, suave, en círculos, dejando que el esfínter se distendiera a su ritmo. La respiración de Elena se hizo más profunda, pero no se tensó. Cuando el dedo entró entero, él esperó, dejando que el músculo se acostumbrara. Luego introdujo un segundo dedo con el mismo cuidado, girándolos apenas, abriéndola milímetro a milímetro.
—Más —susurró ella.
—Cuando estés lista.
—Lo estoy.
Miguel se incorporó. Abrió el cinturón, bajó la cremallera del pantalón. El pene ya estaba duro, pesado entre las piernas; lo lubricó con generosidad, de la base al glande, hasta que quedó brillante. Con la mano libre siguió preparando a Elena, tres dedos ahora, despacio, hasta que el músculo cedió sin resistencia.
—Apóyate más —dijo él en voz baja.
Elena flexionó un poco las rodillas, separó las piernas. Miguel colocó la cabeza del miembro en el punto exacto, apoyó las manos en las caderas de ella y empujó apenas, solo la presión necesaria para que el glande entrara. Se detuvo. Esperó. El anillo muscular se abrió con lentitud, acomodando la anchura. Elena soltó un suspiro largo, casi ronco.
—Bien —dijo él—. Respira.
Empujó otro centímetro. Otro. Cada avance venía acompañado de más lubricante y de una pausa que permitía a los tejidos adaptarse. Cuando la mitad del miembro estuvo dentro, Miguel soltó una mano y alcanzó el clítoris de Elena; trazó círculos suaves, rítmicos, sincronizados con la penetración. El cuerpo de ella se inclinó ligeramente hacia adelante, buscando el contacto.
—Más profundo —pidió.
Miguel obedeció. Entró por completo en una sola inhalación lenta, hasta que el pubis quedó pegado contra las nalgas. Se quedaron quietos unos segundos, sintiendo la presión mutua. Luego comenzó el movimiento, cortos vaivenes al principio, solo la pelvis, dejando que el glande acariciara la parte más sensible del canal anal. Cada embestida era controlada; el lubricante chasqueaba suavemente cada vez que él salía casi por completo y volvía a hundirse.
Elena apoyó la frente contra el cristal frío. Sus pechos se mecían apenas con cada empuje; el cristal empañaba con su aliento. Miguel aceleró el ritmo justo un poco, lo justo para que la fricción se volviera más intensa sin llegar al golpeteo. Introdujo dos dedos en la vagina de ella mientras seguía penetrándola por detrás; los dedos y el pene se movían en contratiempo, llenándola por ambos lados.
—Voy a correrme pronto —advirtió Elena, la voz entrecortada.
—Dime cuando.
—Ahora.
El clímax la recorrió en oleadas. El ano se contrajo alrededor del pene en pulsos fuertes y calientes. Miguel mantuvo el ritmo hasta que Elena soltó un gemido largo, casi un sollozo de placer, y sintió que ella se derretía entre sus manos. Solo entonces aumentó la velocidad, buscando su propio orgasmo. Dos embestidas más profundas y se corrió dentro de ella, eyaculando en espasmos que tensaron los músculos de las nalgas y de los muslos.
Se quedaron quietos, unidos, el latido de los dos cuerpos reverberando contra el ventanal. Miguel besó la nuca de Elena otra vez, despacio. Luego se retiró con cuidado, sosteniendo la cadera de ella para que no perdiera el equilibrio. Elena se giró; sus ojos brillaban, los labios húmedos, el cabello despeinado. Sonrió, satisfecha y serena.
—Ducha contigo —propuso.
—Sí —contestó él.
Recogieron la ropa dispersa sin prisa. Antes de cruzar el pasillo, Miguel detuvo a Elena frente al espejo del recibidor. Le besó la frente. Ella le devolvió el beso en la comisura de los labios. Afuera, las luces de la ciudad seguían parpadeando, indiferentes.

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