Encaje sobre el lienzo de cuero
El taller olía a óxido y a cuero viejo. Las paredes conservaban las huellas de las últimas exposiciones: manchas de pigmento y rayaduras de bastidores. Allí, entre caballetes olvidados y cortinas de lino, se había instalado la mesa de trabajo de Lucas: un espejo grande, rollos de seda, y una lámpara de luz cálida que daba a cada pliegue una sombra aterciopelada. A las nueve de la noche la calle ya estaba vacía, pero Lucas seguía allí, doblando camisones finos que había confeccionado para un desfile privado.
Entró Diego con los vaqueros manchados de pintura y el cuello de la camisa abierto. Venía de la planta de arriba, donde tenía el estudio. Había visto la luz encendida y la excusa había sido pedir prestada una escuadra. Sin embargo, al mirar las piezas de encaje sobre la mesa, su mirada se demoró más tiempo del necesario.
—Perdona la intrusión —dijo, aunque el tono no parecía disculparse.
Lucas sonrió sin levantar la cabeza del encaje negro que sostenía entre los dedos.
—No molestas. Si te quedas, cierra la puerta. El aire de la escalera reseca la seda.
Diego obedeció. El sonido del cerrojo sonó como una invitación y un límite al mismo tiempo.
Durante unos minutos solo se escuchó el roce de la seda sobre la mesa. Lucas estaba midiendo un corpiño de encaje sobre un maniquí. Diego se acercó, pero mantuvo la distancia. Observaba la forma en que los dedos del diseñador estiraban la tela, cómo el pulgar recorría los pequeños arabescos del bordado.
—¿Quieres probarlo? —preguntó Lucas de pronto.
Diego levantó una ceja.
—¿El corpiño?
Lucas soltó una risa baja.
—No. Esta otra prenda —y levantó un calzoncillo de encaje gris que parecía tejido de humo.
Diego no contestó. Se quitó la camisa y dejó el torso al descubierto: pectorales amplios, una mancha de pintura azul cerca de la clavícula. Lucas le entregó la prenda. El tejido era fresco; el contraste con la piel cálida hizo que Diego contuviera el aliento.
Se lo puso sin prisas. El encaje se ajustó a la forma de sus caderas y se tensó sobre la entrepierna. La presión suave le recordó que la prenda era más sugerencia que barrera. Cuando levantó la vista, Lucas lo contemplaba como si estuviera terminando un cuadro.
—Ahora muévete —dijo el diseñador.
Diego caminó hasta el espejo. El reflejo le devolvió la imagen de un hombre envuelto en algo que no ocultaba deseo, sino que lo anunciaba. Lucas se colocó detrás de él. No lo tocó todavía. Solo acercó los dedos al aire, siguiendo el contorno de los hombros sin llegar a rozarlos.
—Sientes cómo cede la tela cuando respiras —observó Lucas.
Diego asintió. El latido en la ingle se había vuelto perceptible contra el encaje. Se giró despacio hasta quedar de frente al otro hombre. Entre ambos había apenas un palmo de espacio. El cuero del sofá viejo que Lucas usaba para descansar entre encargos parecía brillar bajo la luz baja.
Lucas pasó entonces una mano por la cara interna del antebrazo de Diego, desde el codo hasta la muñeca. La caricia fue tan ligera que el encaje capturó el calor residual de la palma. Diego cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, Lucas lo miraba directamente.
—Puedo parar cuando quieras —murmuró.
—No pares —respondió Diego, y la voz se le enronqueció.
Lucas asintió una sola vez. Acompañó al otro hasta el sofá de cuero. El mueble protestó con un crujido suave cuando Diego se sentó. Lucas se arrodilló entre sus piernas sin prisa, como si estuviera disponiendo una tela. Sus manos subieron por las pantorrillas hasta los muslos, y allí se detuvieron. El encaje se había humedecido un poco en la parte delantera; la seda gris se adhería a la forma erecta que presionaba desde dentro.
—Respira —pidió Lucas.
Diego obedeció. El aire entró frío y salió caliente. Lucas deslizó entonces dos dedos por el borde del encaje, siguiendo la costura que separaba la tela de la piel. El roce fue tan sutil que Diego sintió la erección palpitar contra el contacto. Lucas mantuvo la mirada fija en la reacción: cómo la cabeza se abultaba, cómo el encaje se tensaba hasta casi transparentarse.
—Estás muy presente —comentó Lucas, y la frase sonó como un cumplido.
Desabrochó lentamente el botón que cerraba el calzoncillo. La tela se abrió como una flor. La erección de Diego saltó hacia adelante, pesada, la piel brillante en la punta. Lucas la tomó con una mano, pero sin presión; simplemente la sostuvo para sentir el pulso. Con la otra mano recogió el encaje y lo deslizó hacia abajo hasta los muslos, dejando el miembro al aire y al tacto.
Bajó la cabeza y, sin apresurarse, pasó la lengua por toda la longitud, desde la base hasta el glande, recogiendo el sabor salado que ya perlaba. Diego soltó un sonido contenido. Las manos de Lucas se posaron sobre sus caderas, guiándolo hacia atrás hasta que el cuero del sofá recibió todo su peso. La lengua se enrolló alrededor del glande, lamiendo la ranura con movimientos precisos, y luego descendió para tragar la mitad del miembro en una sola, lenta embestida.
Diego echó la cabeza hacia atrás. El cuero frío contra la piel de los muslos contrastaba con el calor húmedo de la boca de Lucas. Las manos de este último acariciaban los costados, bajaban hasta las nalgas y volvían a subir, midiendo el temblor de cada músculo.
Cuando Diego creyó que no aguantaría más, Lucas se incorporó. Se quitó la camisa y los pantalones. Su propio sexo estaba duro, la cabeza húmeda y oscura. Abrió un cajón del mueble auxiliar que había junto al sofá y sacó un pequeño frasco de aceite de almendras. El líquido brilló bajo la lámpara mientras lo vertía sobre sus dedos. Se arrodilló de nuevo, esta vez sobre el sofá, a horcajadas sobre las piernas de Diego.
—Puedo preparar el camino —ofreció, y esperó la respuesta.
—Hazlo —respondió Diego, y la voz sonaba más segura de lo que sentía.
Lucas vertió unas gotas más de aceite sobre su propio miembro y lo extendió con lentitud. Luego se inclinó hacia adelante, sujetándose con una mano al respaldo del sofá. Con la otra alcanzó detrás de sí y, con dos dedos, empezó a abrirse. Diego podía ver el movimiento de la muñeca, cómo los dedos desaparecían entre las nalgas firmes y volvían a salir brillando. El olor del aceite de almendras se mezcló con el del cuero y el sudor.
Cuando Lucas consideró que estaba listo, se colocó de nuevo a horcajadas. Sujetó la erección de Diego con una mano y la dirigió hacia su entrada. Bajó el cuerpo centímetro a centímetro, dejando que la cabeza presionara y cediera. El anillo muscular se abrió alrededor del glande, y Lucas soltó un suspiro largo cuando la coronó. Diego sintió el calor interior apretándolo, la forma en que el cuerpo de Lucas lo recibía y lo estrechaba al mismo tiempo.
Una vez que estuvo completamente dentro, Lucas se quedó inmóvil unos segundos. Sus manos descansaban sobre el pecho de Diego, sintiendo el latido desbocado. Luego empezó a moverse: subía hasta casi liberarlo y volvía a bajar, cada vez más profundo. El cuero del sofá crujía con cada descenso. El encaje gris, ahora enredado en los muslos de Diego, se humedecía con cada gota de aceite que resbalaba.
Diego colocó las manos en las caderas de Lucas, guiando el ritmo sin forzar. La vista era hipnótica: el cuerpo del diseñador ondulando, el vientre tenso, el sexo de ambos rozándose cuando Lucas bajaba del todo. El olor del cuero caliente, el sonido húmedo de la penetración y los pequeños gemidos que escapaban de la garganta de Lucas llenaron el espacio.
El clímax llegó de forma gradual. Diego sintió el orgasmo crecer desde la base de la columna, extendiéndose por los muslos. Lucas se inclinó hacia adelante, pegando sus torsos. Sus bocas se encontraron en un beso que supo a sudor y a aceite de almendras. Cuando Diego se corrió, fue con un gruñido contenido que vibró contra los labios de Lucas. Sintió cómo el calor inundaba el interior de su compañero, cómo las paredes internas se contraían alrededor de él en espasmos rítmicos. Lucas alcanzó su propio clímax segundos después, derramándose sobre el vientre de Diego sin apartar la mirada.
Se quedaron unidos un minuto más, respiraciones entrecortadas. Lucas se levantó despacio. El semen resbaló por el interior de su muslo. Recogió el encaje gris del suelo y lo dejó sobre la mesa. Luego volvió al sofá y se tendió al lado de Diego, compartiendo el mismo cuero caliente.
—Queda por terminar ese corpiño —dijo Lucas, aunque la voz sonaba perezosa.
Diego sonrió y pasó un dedo por la mancha de pintura que aún tenía en la clavícula.
—Mañana —respondió.
Fuera, la calle permanecía en silencio. Dentro, el olor a cuero, a aceite y a deseo se mezclaba con el encaje que esperaba, intacto, sobre la mesa.

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