La cocina de los sábados
El piso olía a tomillo tostado y a cera de abeja. Clara había abierto la ventana del todo y el sol de media tarde entraba oblicuo, teñido de reflejos verdosos por la buganvilla de la terraza. Laura, sentada en el taburete alto, removía la masa de las tortitas con movimientos lentos, como si no quisiese romper el hechizo del momento. Las dos llevaban camisetas holgadas y medias hasta la rodilla; nada debajo.
—Dile que puede quedarse si quiere —dijo Clara, sin dejar de mirar la sartén.
Laura levantó la vista. El teléfono descansaba boca abajo junto al azucarero.
—¿Estás segura? —preguntó, aunque la sonrisa que asomó a sus labios ya delataba que la respuesta la complacía.
—He pensado en ello toda la semana —contestó Clara. Mojó el dedo en la nata montada y se lo llevó a la boca—. Quiero verte mirarla igual que me miras a mí.
Laura bajó del taburete, cruzó la cocina y la besó. El beso sabía a vainilla y a promesa. Luego cogió el móvil y tecleó un mensaje corto: «Quédate a cenar. Trae vino tinto». Al pulsar enviar, el latido que sintió entre las piernas no era de nervios, sino de anticipación tranquila.
Mara llegó poco después de las ocho, con una botella bajo el brazo y la ropa recién planchada. El pelo corto le rozaba la nuca. Al quitarse la chaqueta, las pecas del escote quedaron al descubierto. Clara sintió el impulso de contarlas con la lengua, pero se contuvo. Aún no.
Cenaron en la mesa baja del salón. El vino era más denso de lo esperado y la conversación se deslizó hacia temas de siempre: libros leídos, música nueva, esa serie que las tres seguían. Mara cruzaba y descruzaba las piernas con naturalidad; Laura le observaba el tobillo desnudo por encima del borde de la copa.
Cuando la última copa quedó vacía, Clara recogió los platos y Laura se acercó a Mara para susurrarle algo al oído. La respuesta fue una risa baja y un asentimiento. Luego Laura volvió junto a Clara, le pasó los brazos por la cintura y habló contra su hombro:
—Dice que sí, si nosotras queremos.
Clara soltó el trapo de cocina y miró a Mara. Esta esperó de pie, sin moverse, dándoles tiempo.
—¿Lo quieres tú? —preguntó Clara a Laura, voz clara y pausada.
—Sí.
—¿Y quieres que esté aquí, mirándonos y uniéndose cuando te apetezca?
—Sí —repitió Laura, esta vez con un hilo de urgencia que recorrió a las tres como una corriente.
Clara extendió la mano hacia Mara. La invitación no precisaba palabras. Mara la tomó y se dejó llevar hasta el sofá. Antes de sentarse, preguntó:
—¿Puedo besarte, Clara?
—Sí —respondió ella, y el beso fue suave, exploratorio, sin prisa. Laura las observaba de cerca, mordiéndose el labio inferior.
Al separarse, Mara miró a Laura.
—¿Y tú?
Laura contestó inclinándose hacia delante y besándola con más insistencia, mientras Clara le acariciaba la espalda por debajo de la camiseta. Mara gimió contra la boca de Laura y Clara sintió que el sonido se le clavaba justo debajo del ombligo.
Desnudarse fue cosa de minutos y de risas bajas. Cada prenda caía al suelo como una frontera menos. Cuando las tres quedaron en ropa interior, Mara se arrodilló frente a Laura y le preguntó:
—¿Puedo lamerte?
Laura asintió y abrió las piernas. Clara se colocó detrás de su novia, sujetándole los pechos, besándole el cuello mientras observaba la lengua de Mara trazar caminos lentos y húmedos. El aliento de Laura se volvió entrecortado; sus caderas se movieron al ritmo de la boca que la atendía. Clara, sin dejar de besarla, deslizó una mano entre los muslos de Mara y comprobó cuánto la excitaba tenerlas así.
—Ven aquí —pidió Laura a Clara, voz ronca—. Quiero verte con ella.
Clara obedeció. Cambiaron de posición: Mara se tendió de espaldas y Clara se colocó a horcajadas sobre su cara. La lengua de Mara fue decisiva, precisa; no tardó en encontrar el punto exacto que hacía que Clara se aferrase al respaldo del sofá. Laura, mientras tanto, besaba el vientre de Mara, descendía, abría sus piernas y la lamía con la misma devoción que Mara le había mostrado a ella. Los gemidos de Mara vibraron contra el clítoris de Clara, multiplicando la sensación.
El clímax de Clara llegó primero: un latido largo y profundo que la dejó temblando sobre la boca de Mara. Laura levantó la vista, los labios brillantes, y sonrió. Luego subió para besar a su novia, compartiendo el sabor de Mara entre las dos.
—Tu turno —dijo Clara a Mara, haciéndola tumbarse de lado para que pudiera verlas a ambas.
Juntas, Laura y Clara recorrieron el cuerpo de Mara con manos y bocas. Una lamía los pezones mientras la otra deslizaba dos dedos dentro de ella; Mara arqueó la espalda y pidió más. Cuando llegó el orgasmo, lo hizo con un sonido ahogado y los dedos de ambas dentro, sintiendo cómo se contraía alrededor de ellas.
Después, las tres quedaron enredadas en el sofá, respiraciones entremezcladas, sudor enfriándose en la piel. Clara acarició el pelo de Mara; Laura besó la sien de Clara.
—¿Todo bien? —preguntó Laura.
—Muy bien —contestó Mara, con una sonrisa perezosa.
Clara soltó una risa suave.
—Queda media botella de vino y toda la noche —dijo.
Mara se incorporó apenas lo necesario para alcanzar las copas.
—Entonces —respondió— brindemos por los sábados que se alargan.
Y brindaron.

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