La llave que dejaste en la mesilla
Acércate. No quiero gritar esto. Quiero decírtelo como se dicen las cosas que queman: pegada a tu oreja, con la boca casi rozándote, para que solo tú lo sepas.
Fue en Valencia. Habitación 417 del hotel frente al puerto. Tú habías bajado a firmar no sé qué papeleo de último minuto y me dejaste la llave encima de la mesilla, junto al vaso de agua y mi pendiente suelto. «No eches el pestillo», me dijiste, con esa media sonrisa que siempre me desarma. «Quiero encontrarte tal cual».
Me quedé de pie un rato, mirando la puerta. El aire acondicionado hacía un ruido bajo, casi como una respiración. Me quité el vestido negro despacio, como si todavía me estuvieras mirando. Me dejé solo la ropa interior: bragas de encaje negro que tú mismo me habías elegido esa misma mañana y el sujetador que abrocha delante. Me senté en el borde de la cama, con las piernas cruzadas, y esperé.
Cuando oí la tarjeta pasar por la ranura, se me erizó la piel entera. No por miedo. Por ganas. Entraste sin hacer ruido, cerraste con el seguro y te quedaste mirándome. Yo no dije nada. Solo abrí un poco más las rodillas y te sostuve la mirada.
—Dime que quieres esto —susurraste.
—Lo quiero —contesté, clara—. Te quiero dentro, despacio primero, y después como si no hubiera mañana. Dime tú también.
—Te quiero así. Abierta. Mía esta noche.
Te acercaste. Te arrodillaste entre mis piernas sin pedir más permiso porque ya lo tenías todo. Me besaste el interior de los muslos, primero uno, después el otro, con esa paciencia que me vuelve loca. Cuando llegaste al encaje, lo rozaste con la nariz y respiraste hondo, como si olieras algo sagrado. Me corrí un poco solo con eso. Lo notaste. Sonreíste contra mi piel.
—Ya estás mojada.
—Desde que bajaste —admití—.
Apartaste la tela con los dedos y me lamió el centro con la lengua plana, lenta, de abajo arriba. Yo me agarré a la sábana blanca y arqueé la espalda. No gritaba; jadeaba contra el dorso de mi mano, porque en los hoteles las paredes oyen y yo quería que solo tú oyeras. Metiste un dedo, después dos, buscando ese punto que conoces mejor que yo. Me follaste con la mano mientras me comías, y yo te miraba desde arriba, con el pelo pegado a la frente, diciéndote sin palabras que no pararas.
Cuando me corrí la primera vez fue callada y profunda, con las piernas temblando a ambos lados de tu cabeza. Me sujetaste los muslos para que no se cerraran. Seguiste lamiendo hasta que el temblor se convirtió en otra ola, más corta, más aguda. Solo entonces te levantaste, te quitaste la camisa y el pantalón con movimientos precisos, y te quedaste desnudo delante de mí.
Tu polla estaba dura, pesada, con una gota brillando en la punta. Me incorporé, te tomé con las dos manos y te chupé sin prisas. Me gusta el sabor de tu piel cuando has estado todo el día con ganas. Te miraba a los ojos mientras te tomaba más profundo, relajando la garganta, dejando que me frotaras un poco la cara. Tú gemías bajo, ese sonido que solo haces cuando de verdad se te va la cabeza.
—Súbete —dijiste.
Me subi. Me puse a horcajadas sobre ti, te guie hasta mi entrada y bajé centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abrías. Cuando estuve del todo sentada, nos quedamos quietos un segundo, frente a frente, respirando el mismo aire. Tus manos en mi culo. Las mías en tu pecho.
—Muévete —te pedí.
Empezaste despacio, empujando hacia arriba mientras yo rodeaba. El roce era perfecto: hondo, mojado, con ese sonido obsceno de piel contra piel que llena una habitación de hotel y la vuelve nuestra. Me besaste el cuello, me mordiste el hombro sin marcar demasiado, me susurraste al oído lo hermosa que estaba montándote, lo mucho que te gustaba sentirme apretarte.
Aceleramos. Yo me echaba hacia atrás, apoyándome en tus muslos, para que entraras más profundo. Tú me mirabas el pecho rebotar y me apretabas las caderas con fuerza. Cuando sentí que me iba a correr otra vez, te lo dije:
—Ahora. No pares.
Me sujetaste y me follaste desde abajo con golpes cortos y precisos hasta que me deshice encima de ti, contrayéndome a tu alrededor, mojándote aún más. No paraste. Me giraste con cuidado, me pusiste a cuatro en la cama y entraste de nuevo de un solo empuje. Me agarraste el pelo con una mano y la cintura con la otra. Yo empujaba hacia atrás, pidiéndote más, pidiéndote que me usaras como sabías que me gustaba esa noche: con ganas, con ruido, con la boca abierta contra la almohada.
—Dime que eres mía esta noche —gruñiste.
—Soy tuya —contesté, rota de placer—. Tuya. No pares.
Te corriste dentro de mí con un gemido largo, enterrado hasta el fondo, las caderas temblando. Sentí cada pulso. Me quedé quieta, llena, con la cara en la sábana y tu pecho pegado a mi espalda. Nos quedamos así un rato, sudados, escuchando el aire acondicionado y los barcos lejanos del puerto.
Después te saliste despacio. Me giré. Me limpiaste con la toalla del baño, con una ternura que contrasta siempre con lo bestia que puedes ser cuando te lo pido. Nos metimos bajo la sábana. Apagaste la luz de la mesilla. La llave seguía ahí, junto al vaso.
—La próxima vez —susurré contra tu clavícula— no bajes. Quédate y mírame mientras me quito el vestido.
Tú sonreíste en la oscuridad y me apretaste más contra ti.
Eso es lo que pasó, amor. Eso es lo que hice con la llave que me dejaste. Y cada vez que estoy sola en una habitación de hotel y oigo una tarjeta en la ranura, se me pone la piel de gallina igual. Porque sé lo que viene después. Porque sé cómo suena tu respiración cuando entras y me encuentras esperándote, abierta, diciéndote que sí con todo el cuerpo.
No lo cuentes. O cuéntalo solo si alguien te pregunta por qué sonríes cuando pasamos frente a ese hotel. Yo ya te lo confesé todo al oído. Ahora duerme. Y deja la puerta sin pestillo la próxima vez también.

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