La suite que compartimos sin hablar
El crepúsculo se extendía como una cinta de terciopelo sobre las aguas del Sena. La terraza del hotel particular era tan estrecha que dos personas apenas cabían sin rozarse. Clara llegó primero. Se apoyó en la barandilla de hierro forjado, su vestido negro ceñido al cuerpo marcaba cada curva con discreción. Los tacones altos golpeaban el suelo de baldosas cuando se balanceaba, nerviosa. El aire olía a lluvia reciente y jazmín nocturno.
Eduardo apareció cinco minutos después. Llevaba una copa de Burdeos y un traje gris oscuro. Se detuvo al otro lado de la barandilla, con la distancia justa entre ellos. Las luces de los puentes titilaban en el agua. Nadie pronunció la primera palabra. La mirada de él bajó desde los labios de ella hasta el escote que insinuaba el vestido, luego regresó a los ojos. Clara respondió con la misma lentitud, dejando que la espera se convirtiera en un juego.
—Buenas noches —dijo él al fin, con voz grave que se perdía entre el rumor del río.
—Buenas noches —repitió ella. Su acento andaluz suavizaba las erres.
Eduardo apoyó la copa en la barandilla. El cristal empañado reflejaba las luces rojas de un anuncio lejano. Clara lo observó girar la muñeca, notar la marca que dejaba la tela al subir por su antebrazo. Ella también avanzó un paso. El viento levantó un mechón de su cabello oscuro y se lo pegó a la mejilla. Él lo apartó con dos dedos, el contacto fue tan leve que más pareció una caricia al aire que a la piel.
—¿Viene sola? —preguntó Eduardo.
Clara asintió. El pulso se le notaba en el cuello. Él acercó la mano al borde de la copa y la giró entre los dedos. El roce de sus uñas contra el cristal fue el único sonido durante varios segundos. Ella se inclinó hacia delante, el escote se abrió un poco más. La piel cálida contrastaba con la piedra fría de la barandilla. Eduardo bebió un sorbo sin apartar la mirada del movimiento de la garganta de Clara al tragar saliva.
La ciudad parecía haberse retirado. Solo quedaba el murmullo del agua, el crujido de la madera del suelo cuando uno de los dos cambiaba el peso de una pierna. Él bajó la mano hasta rozar el dorso de la de ella. Los dedos de Clara se abrieron. La palma quedó hacia arriba, en gesto de entrega. Eduardo depositó la copa allí. El contacto del cristal frío contra la piel le provocó un escalofrío. Ella lo dejó en la barandilla y entrelazó los dedos de él con los suyos. El pulgar de Eduardo trazó un círculo lento sobre el dorso de la mano de Clara. El gesto fue tan íntimo que ella cerró los párpados un instante.
Sin soltar la mano, Eduardo condujo a Clara hacia la única puerta que comunicaba la terraza con la suite. El pasillo estaba en penumbra. Las lámparas de pared proyectaban rectángulos dorados en la moqueta. El taconeo de Clara resonaba más fuerte aquí, como un metrónomo que marcaba el ritmo de su respiración. Eduardo abrió la puerta con la tarjeta. El clic del cerrojo sonó seco. Entraron.
La suite era un rectángulo de luz tenue. Las cortinas de lino blanco dejaban pasar el resplandor de los faroles del muelle. Una cama de lino blanco ocupaba el centro. Eduardo soltó la mano de Clara. Ella se giró, apoyó la espalda contra la puerta cerrada. La respiración se le había acelerado. Eduardo se quitó la americana y la dejó en el respaldo de una silla. El movimiento de los hombros bajo la camisa le reveló la forma del torso. Clara sintió que se le secaba la boca.
Él dio un paso. La distancia entre los dos se redujo a una mano extendida. Eduardo levantó los dedos y tocó la clavícula de Clara. El pulgar descendió hasta el hueco entre las clavículas, luego más abajo, hasta el primer botón del vestido. Clara inspiró. El botón cedió. El segundo también. La tela se abrió como una flor. Debajo había una combinación de encaje negro que apenas cubría los pechos. Los pezones se marcaban contra la tela. Eduardo trazó el contorno del encaje con la uña. Clara tembló. Él se inclinó y besó la piel que quedaba al descubierto. El beso fue húmedo, lento, dejó un rastro de calor que Clara sintió bajar hasta el vientre.
Ella le desabrochó la camisa. Los botones saltaron uno a uno. La palma de Clara recorrió el pecho masculino, notó el latido fuerte y regular. Eduardo se quitó la camisa por la cabeza. El torso desnudo brillaba bajo la luz tenue. Clara se inclinó y lamió el hueco de la clavícula de él. El sabor a sal y agua de colonia le llenó la boca. Eduardo gimió bajito. Sus manos encontraron la cremallera del vestido de Clara y la bajaron hasta la base de la espalda. El vestido cayó al suelo en un charco negro.
La combinación quedó suelta. Eduardo la deslizó por los hombros de Clara hasta que quedó en sus caderas. Los pechos quedaron al descubierto. Los pezones endurecidos se tensaron cuando el aire los rozó. Eduardo los tomó entre los labios, uno tras otro, succionando con suavidad. La lengua de él dibujó círculos húmedos que hicieron que Clara arqueara la espalda. Las manos de ella buscaron el cinturón de Eduardo. El cuero crujió al desabrocharlo. Los pantalones bajaron junto con la ropa interior. El sexo de Eduardo se liberó, ya duro, la piel lisa y caliente contra la palma de Clara. Ella lo rodeó con los dedos y lo acarició de arriba abajo, midiendo el grosor y la longitud. Eduardo respiró entre dientes.
La condujo hasta la cama. Clara se tumbó de espaldas. La colcha de lino era fresca contra su piel. Eduardo se quitó los zapatos y los pantalones de un tirón. Quedó desnudo frente a ella. Los músculos de los muslos se marcaban al avanzar. Se colocó entre las piernas de Clara. Sus manos subieron por los muslos de ella hasta encontrar la última prenda que le quedaba: unas bragas de encaje que ya estaban húmedas. Eduardo las bajó despacio, dejando un beso en cada rodilla. Cuando las bragas cayeron al suelo, el olor a excitación llenó el aire entre ellos.
Eduardo se inclinó y lamió el centro de Clara. La lengua ancha recorrió los pliegues hinchados, subió hasta el clítoris y lo rodeó. Clara gimió y enterró los dedos en el cabello de él. Eduardo succionó con suavidad, introdujo dos dedos en el interior de ella y los curvó hacia arriba. El movimiento húmedo y constante hizo que Clara apretara los muslos alrededor de la cabeza de Eduardo. El orgasmo llegó como una ola lenta que se rompió contra la lengua de él. Clara gritó su nombre.
Eduardo se incorporó. Su boca brillaba. Se colocó sobre Clara y la penetró de un solo movimiento. La sensación de estar lleno la hizo jadear. Él empezó a moverse con ritmo pausado, profundo. Cada embestida presionaba contra el punto sensible que acababa de despertar. Clara enredó las piernas en la cintura de Eduardo. Las manos de él sujetaban sus caderas, guiando el vaivén. El sonido de los cuerpos húmedos llenaba la habitación. Eduardo bajó la cabeza y besó a Clara en la boca, la lengua entró en un baile que imitaba el movimiento de sus caderas.
El ritmo se aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas y rápidas. Clara sintió que el segundo orgasmo crecía en la base de la columna. Eduardo gruñó contra su cuello. Los músculos de sus brazos temblaron. Cuando Clara se contrajo alrededor de él, Eduardo se dejó llevar. El orgasmo lo recorrió entero, los espasmos de su sexo dentro de ella la arrastraron al mismo tiempo. Ambos temblaron, sudados, con la respiración entrecortada.
Eduardo se desplomó a un lado de Clara, todavía dentro de ella. Ella giró la cabeza y lo besó en la comisura de los labios. El silencio volvió a instalarse, roto solo por el sonido de sus respiraciones que poco a poco se calmaban. Fuera, el Sena seguía fluyendo. Las luces de los puentes seguían titilando. En la suite, dos cuerpos desconocidos se habían encontrado y reconocido sin necesidad de nombres ni promesas. Solo la certeza de que esa noche, y solo esa noche, habían compartido algo que ninguno de los dos olvidaría.

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