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Maduros

La terraza de la tarde

Un arquitecto maduro, recién separado, descubre una conexión inesperada con una vecina que acaba de mudarse al edificio.

Marco Seda6 min👁 3410 de septiembre de 2026

La terraza de la tarde

El calor del primer sábado de junio se adhería a la piel como un guante. Javier Torres, cincuenta y dos años, se secó el sudor de la nuca con la manga del albornoz y miró el horizonte de azoteas que tenía enfrente. Tres meses atrás la que había sido su casa se había convertido en dos. Ahora dormía solo, bebía solo y paseaba los domingos por el parque solo. Aquella terraza de piedra clara era lo único que conservaba para él mismo.

Eligió un taburete junto a la balaustrada y abrió un libro. Apenas había leído tres líneas cuando oyó el tintineo metálico de un mueble que arrastraban al otro lado de la medianera. Una voz femenina soltó un susurro breve: «Mierda». Javier cerró el volumen. A través de la planta de bambú pudo ver una silueta que se inclinaba: brazos delgados, pelo castaño recogido, una camiseta blanca que se le pegaba a la espalda.

—Perdona —dijo ella, descubriendo la presencia—. No sabía que había alguien.

Javier se levantó y se apoyó en la barandilla. Ella cruzó la mirada, sorprendida. Parecía tener unos diez años menos que él, aunque la luz del atardecer le quitaba precisión a la cuenta.

—Tranquila. Esta terraza es muy traicionera; se oyen hasta las respiraciones.

La vecina sonrió con timidez y señaló una caja de madera apoyada contra su pared.

—Intentaba montar un tendedero. Las cuerdas se enganchan solas.

—Déjame.

Bajó dos escalones y saltó la separación sin esperar permiso. Cuando llegó al otro lado, ella retrocedió un paso y se quedó mirándolo de arriba abajo con curiosidad amable.

—Nuria —dijo ofreciéndole la mano—. Acabo de mudarme.

—Javier. Arquitecto retirado de urgencias.

Rieron. El tendedero era sencillo: dos postes, cuatro cuerdas, una polea torcida. Con dos movimientos quedó firme. Nuria lo observó trabajar y cuando él terminó señaló la hamaca que colgaba al otro extremo.

—¿Tienes tiempo para una cerveza de agradecimiento?

Aceptó. Ella fue al interior y volvió con dos botellines fríos. Se sentaron en la hamaca. El tejido crujió bajo el peso de ambos. Los codos chocaron. Nuria se rio de nuevo, una risa baja, adulta.

—Perdón por la cercanía. El piso es pequeño y todavía no hay muebles.

—Prefiero los espacios que no se han llenado —respondió él.

Charlaron durante un rato. Nuria era abogada de familia, acababa de separarse también, y había elegido ese barrio por la luz del atardecer. Javier le contó que ahora dedicaba las tardes a dibujar planos que nadie le pedía. La sombra de la medianera se alargó hasta cubrirles las rodillas. La cerveza sabía a cebada y a sal. Nuria cruzó las piernas y el pie desnudo rozó la pantorrilla de él. Ninguno de los dos retiró la pierna.

—¿Te apetece ver el piso? —preguntó ella sin prisa.

Aceptó. Dentro todo estaba por estrenar: cajas apiladas, un colchón inflable en el suelo, una lámpara de pie sin pantalla. Nuria dejó las botellas vacías sobre la encimera y se giró. La camiseta se le pegaba en dos zonas húmedas entre los omóplatos.

—Necesito una ducha fría.

Javier asintió. Ella no cerró la puerta del baño. El sonido del agua corrió suave y constante. Pasó un minuto. Javier se apoyó en el marco. Desde allí podía ver la silueta difusa a través del cristal esmerilado: caderas anchas, cintura estrecha, el movimiento de las manos enjabonándose los hombros. Sintió que su respiración se le había vuelto más profunda. Cuando Nuria apagó el grifo, la voz llegó desde dentro.

—Hay toallas en el cesto. ¿Te importa pasar una?

Entró. El vapor ascendía en cortinas. Nuria estaba de espaldas, el pelo mojado cayéndole sobre la piel brillante de los omóplatos. Extendió el brazo sin girarse del todo. Javier le colocó la toalla en la mano. Ella no la cogió inmediatamente. Los dedos de ambos se quedaron enlazados un segundo más de lo necesario. El pulso de Nuria latía contra la yema de su pulgar.

—Gracias —dijo en voz baja.

Él no soltó la toalla. Ella tiró suave, pero él mantuvo la tensión. Entonces Nuria se giró. El agua le resbalaba entre los pechos, le bajaba por el vientre, desaparecía entre los muslos. Javier la miró a los ojos. Ella no apartó la vista.

—He pensado —empezó ella— que los dos estamos en un momento en el que no queremos complicaciones. Sólo… esto.

Javier asintió. El consentimiento era explícito y sencillo. Dejó la toalla en el borde del lavabo y acercó la mano a la cadera de Nuria. Ella dio un paso y se apretó contra él. El albornoz de Javier se abrió al contacto. Sintió el calor húmedo del cuerpo de ella contra su piel. Los labios de Nuria rozaron su cuello.

Se besaron despacio, probando el sabor del otro, el frescor del agua, el leve sabor a cerveza que quedaba en la lengua. Las manos de Javier subieron por la espalda de Nuria y se perdieron entre el pelo mojado. Ella deshizo el nudo del albornoz, lo apartó y lo dejó caer al suelo. Quedaron desnudos frente al espejo empañado.

Nuria se echó hacia atrás y apoyó las nalgas contra el lavabo. Javier bajó la cabeza y recorrió con la boca la clavícula, luego el pezón izquierdo. Nuria suspiró, un sonido grave, y enredó los dedos en el pelo de él. Él mordió suavemente, después succionó. Los pezones se endurecieron contra su lengua. Con la mano libre acarició el interior de los muslos de Nuria, ascendió, encontró el calor húmedo que ya no era sólo de la ducha. Ella abrió las piernas. Javier introdujo dos dedos y los curvó con lentitud. Nuria echó la cabeza atrás y emitió un gemido largo.

—Más —susurró.

Javier se arrodilló. La besó en el vientre, bajó hasta el monte de Venus. Cuando la lengua encontró el clítoris, Nuria soltó un jadeo entrecortado y apoyó una mano en la pared. Él lamió con ritmo constante, alternando círculos y presiones. Nuria se movía contra su boca. El orgasmo llegó rápido, con temblores que recorrieron los muslos. Javier esperó a que el espasmo bajara y se incorporó. Nuria lo besó con lengua, saboreándose a sí misma.

—Lo quiero dentro —dijo ella.

Lo condujo al colchón inflable. Se tumbó de espaldas, abrió las piernas y lo recibió con las manos en las nalgas. Javier se colocó entre ellas. La penetración fue suave, profunda, pausada. Nuria lo envolvió con calor. Él empezó a moverse con embestidas largas, retirándose casi por completo antes de volver a entrar. Cada vez que alcanzaba el fondo, ella soltaba un suspiro que se le clavaba en la nuca. Nuria cruzó los tobillos en la espalda de él y lo apretó más adentro.

El ritmo subió. Javier apoyó las palmas en el suelo, los brazos tensos, y embistió con fuerza contenida. Nuria clavó las uñas en sus hombros. El segundo orgasmo de ella llegó con un grito ahogado contra su cuello. Javier sintió cómo el interior se contraía a su alrededor y no pudo contenerse más. Se corrió con un gruñido bajo, enterrado hasta el fondo, las caderas temblando.

Se quedaron quietos, la respiración agitada, el sudor mezclándose con el agua que aún les resbalaba. Javier se retiró con cuidado. Nuria lo atrajo de nuevo a su boca y lo besó despacio, sin prisa por terminar el momento.

Media hora después, ya vestidos, volvieron a la terraza. La ciudad empezaba a encender luces. Nuria apoyó la espalda contra la balaustrada y miró a Javier.

—¿Mañana a la misma hora? —preguntó.

Javier sonrió.

—Traeré el vino.

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