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Encuentros grupales

Lámina en el taller

Cuatro adultos se reúnen para dar forma a un deseo compartido en el que cada límite se escucha y cada paso se negocia antes de cruzarse.

Iris Norte9 min👁 3528 de octubre de 2026

Lámina en el taller

La planta de la vieja fábrica olía a barniz frío y a metal. Ana había abierto la puerta corredera a las once; las luces LED que colgaban del techo pintaban rayas blancas sobre el suelo de hormigón. Había ordenado los bancos, apartado la lija y colocado una manta de lana sobre la mesa de corte. No quedaba madera ni serrín: solo un espacio despejado y la sensación de que todo podía empezar o no, según lo que cada uno decidiera.

Pablo llegó primero. Se quitó la chaqueta y la colgó de un gancho, sin dejar de mirar la manta como si fuera el único mueble que importara. Al ver a Ana, sonrió con timidez contenida.

—He traído la caja de condones y gel. Los he dejado en el armario bajo la mesa —dijo, dejando caer sobre la palma de la mano tres paquetes dorados para que ella los viera.

Ana asintió y, a cambio, sacó de su bolso una libreta de anillas donde, esa mañana, habían escrito cuatro párrafos.

—Primero leemos esto —recordó—. Y si alguien quiere añadir o retirar algo, aquí está el boli.

Lola y Nico aparecieron minutos después, juntos, con mochilas ligeras y la cara lavada por el aire nocturno. Lola llevaba una camiseta de tirantes anchos y un pantalón holgado; Nico iba en vaqueros y una camisa de franela a cuadros que se abrió en cuanto cruzó la puerta.

—Buenas —saludó Lola, dejando la mochila junto a la pared—. ¿Hay algo que queráis ajustar antes de empezar?

Pablo extendió la libreta. Los cuatro se acercaron.

Los primeros dos párrafos nombraban las prácticas consentidas: besos, caricias, sexo oral, penetración, juguetes, turnos vigilados. El tercero especificaba que cualquiera podía detener todo con la palabra «rojo» y que, si alguien se sentía incómodo pero no quería romper el momento, bastaría con el gesto de la palma abierta. El último párrafo dejaba claro que no había público; todos participaban o, al menos, todos podían pedir atención.

—¿Algo que añadir? —preguntó Nico, sosteniendo el bolígrafo.

Lola señaló la frase que mencionaba el sexo anal.

—Yo sigo igual: me gusta con los dedos, pero no con el pene esta noche. ¿Lo dejamos así?

Todos estuvieron de acuerdo. Ana tachó la palabra «pene» y escribió «solo dedos, si surge, con lubricante y despacio». Lola sonrió y firmó abajo.

—Entonces empezamos —dijo Pablo, mirando el reloj—. ¿Diez minutos para hablar o para quitarnos la ropa?

—Empecemos por la ropa —propuso Nico—. A mí me va el ritmo lento. Primero una prenda por persona, en círculo.

Formaron un corro irregular alrededor de la manta. Ana se descalzó los botines; Lola se quitó la camiseta y quedó en sujetador negro; Nico soltó dos botones de la camisa; Pablo dejó los calcetines sobre el banco. Rieron al verse. No había prisa.

A la tercera vuelta ya estaban en ropa interior. El aire fresco de la nave rozaba la piel de Lola y le erizaba los antebrazos. Ana percibió el cambio de temperatura y acercó las manos para frotarle los brazos.

—¿Puedo? —preguntó.

—Claro —respondió Lola, girándose para que las palmas de Ana resbalaran por sus omóplatos.

Nico se situó detrás de Pablo y le rodeó la cintura. El contacto fue suave: primero el roce del abdomen, después un beso en la nuca. Pablo suspiró y dejó caer la cabeza hacia atrás.

Lola se giró de nuevo y encontró los labios de Ana. El beso fue lento, con lengua pausada y dientes que apenas tiraban del labio inferior. Ana saboreó el bálsamo de cereza que Lola llevaba. Cuando se separaron, ambas respiraban más hondo.

—¿Seguimos? —preguntó Pablo, y todos respondieron que sí.

Nico se arrodilló frente a Pablo y bajó sus calzoncillos. Pablo se quedó desnudo, la erección apoyada en el vientre. Nico pasó la lengua por la palma de su mano antes de rodear el pene. Empezó con un movimiento ascendente y descendente lento, mirando a Pablo a los ojos.

—¿Bien así? —preguntó.

—Mejor si aprietas un poco más —contestó Pablo, y Nico obedeció sin dejar de mirarlo.

Lola se situó a cuatro patas sobre la manta, invitando a Ana a colocarse detrás. Ana pasó los dedos por el contorno de las bragas de encaje y esperó.

—¿Puedo bajártelas? —preguntó.

—Hazlo —respondió Lola, arqueando la espalda.

Las bragas bajaron hasta las rodillas. Ana besó la parte posterior de un muslo y luego subió, rozando con los labios la curva de la nalga. Cuando llegó al centro, Lola soltó un gemido suave y separó más las piernas.

Nico miró a los dos hombres que quedaban de pie. Pablo seguía con los ojos entrecerrados, recibiendo la mano de Nico. Ana levantó la mirada y propuso un cambio.

—Lola, ¿te gustaría tumbarte de espaldas? Así puedo seguir con la boca y tú puedes ver.

Lola asintió y se dejó caer sobre la manta. Ana se tumbó entre sus piernas abiertas. Antes de empezar, levantó la cara.

—Dime si algo no te gusta.

—Lo haré —prometió Lola.

La lengua de Ana trazó círculos sobre el clítoris. Lola apoyó una mano en el pelo de Ana y la otra en su propio pecho, pellizcándose el pezón. Cada vez que Ana cambiaba de ritmo, Lola respondía con un suspiro o con un «sí, justo ahí».

Pablo y Nico se acercaron para no perderse la imagen. Nico se tumbó al lado de Lola y empezó a besar su cuello mientras Ana seguía entre sus piernas. Pablo se colocó detrás de Nico y le pasó una mano por el pecho.

—Quiero verte dentro de Lola —pidió Pablo—. ¿Lola, estás de acuerdo?

Lola levantó la cabeza y sonrió.

—Solo si Nico quiere y si usáis lubricante —respondió.

Nico tomó un condón de la caja que habían dejado abierta. Se incorporó sobre Lola y le preguntó otra vez.

—¿Estás segura?

—Totalmente —dijo ella, guiándolo con la mano hasta que él entró con lentitud.

Pablo se arrodilló detrás de Nico. Con gel en los dedos, empezó a preparar a Nico. Cuando dos dedos entraron sin resistencia, Nico soltó un gemido grave que hizo que Lola apretara alrededor de él.

—¿Sigo? —preguntó Pablo.

—Sí, pero despacio —respondió Nico.

Pablo se puso un condón y, con más lubricante, se colocó. Empujó una vez, se detuvo, esperó la señal de Nico. Cuando Nico retrocedió un centímetro, Pablo avanzó otro. Entró por completo y los tres quedaron quietos, ajustando respiraciones.

Ana se acercó a Lola, le besó la frente y le preguntó en voz baja:

—¿Quieres que te bese mientras ellos se mueven?

—Por favor —respondió Lola.

Ana le dio besos húmedos en los labios y le sujetó una mano. Los movimientos de Nico y Pablo eran acompasados: Pablo empujaba, Nico entraba en Lola, Lola gemía contra la boca de Ana. El sonido de piel contra piel se mezclaba con las respiraciones entrecortadas.

Tras unos minutos, Nico levantó una mano abierta y Pablo se detuvo.

—Necesito cambiar de postura —dijo Nico—. Me está llegando demasiado rápido.

Se separaron con cuidado. Lola se quedó tumbada, el pecho subiendo y bajando. Ana le acarició el vientre.

—¿Quieres que paremos un rato? —preguntó.

—No —respondió Lola—. Solo quiero cambiar de roles. ¿Ana, te gustaría que Pablo estuviera dentro de ti mientras Nico me lame?

Ana miró a Pablo, que asintió.

—Perfecto —aceptó ella.

Se colocaron de nuevo. Ana a cuatro patas, Pablo detrás, lubricante y condón listos. Nico se tumbó boca arriba bajo Lola, que se sentó sobre su cara. Lola apoyó las manos en el suelo para mantener el equilibrio.

Pablo entró en Ana con un solo movimiento suave. Ella cerró los ojos y soltó el aire.

—Dime cómo te gusta —pidió él.

—Profundo y lento al principio —respondió Ana.

Pablo obedeció. Ana sintió cada centímetro, el calor de las manos de él en sus caderas y el roce de las rodillas de Lola contra las suyas. Al otro lado, los gemidos de Lola se hicieron más intensos; Nico tenía la lengua ocupada y las manos sujetando sus muslos.

El ritmo se fue acelerando sin que nadie lo pidiera. Ana pedía más profundidad con la cadera hacia atrás; Pablo respondía con empujes firmes. Lola se inclinó hacia delante y alcanzó a besar a Ana. El beso fue torpe, lleno de dientes y saliva, pero ninguna de las dos se apartó.

Nico levantó una mano para avisar. Lola se levantó de su cara y se dejó caer a un lado.

—Quiero correrme con la mano de Ana —dijo Nico.

Ana se giró, se tumbó a su lado y rodeó el pene de Nico con la mano húmeda. Pablo se colocó detrás de ella otra vez y volvió a entrar, esta vez más rápido. Los cuatro cuerpos formaban un nudo cambiante: manos que buscaban, bocas que besaban, respiraciones que se sincronizaban.

Lola se arrodilló junto a Nico y le besó el cuello mientras Ana lo masturbaba. Cuando Nico empezó a tensarse, Ana apretó más la mano y él se corrió entre sus dedos con un gemido largo. Lola lo besó en la frente y le susurró que estaba precioso.

Pablo salió de Ana y se quitó el condón. Ana se volvió hacia él y le preguntó:

—¿Quieres que te corra yo?

—Sí —respondió Pablo, entregándole el control.

Ana lo tumbó de espaldas y se sentó a horcajadas sobre su vientre. Lo masturbó con la mano que aún tenía restos del orgasmo de Nico. Pablo cerró los ojos y se corrió sobre su propio pecho, jadeando. Ana se inclinó y lo besó en la comisura de los labios.

Lola, que había estado observando, levantó la mano abierta.

—¿Alguien quiere que paremos aquí? —preguntó.

Todos respondieron que no.

—Entonces —continuó Lola—, me gustaría que Ana me hiciera correr con los dedos mientras os veis Pablo y Nico.

Pablo y Nico se miraron, sonrieron y se acercaron. Se besaron de pie, con las manos en las nalgas del otro. Ana se colocó entre las piernas de Lola otra vez. Introdujo dos dedos y curvó hacia arriba, buscando el punto que ya conocía. Lola arqueó la espalda y dejó escapar un gemido agudo.

—Así, no pares —pidió.

Ana mantuvo el ritmo, con el pulgar sobre el clítoris. Lola se corrió con un temblor que recorrió sus muslos y un grito que resonó en la nave vacía. Cuando se calmó, Ana retiró los dedos despacio y los limpió con una toalla que habían dejado preparada.

Los cuatro se tumbaron juntos sobre la manta, formando un rectángulo de cuerpos sudados. Pablo acariciaba el pelo de Nico; Lola tenía la cabeza apoyada en el hombro de Ana.

—¿Alguien quiere añadir algo que haya faltado? —preguntó Ana.

Nico levantó una mano.

—Echo de menos un vaso de agua y que alguien me cuente un chiste malo.

Lola rio y señaló la nevera portátil que habían traído.

—Agua hay. Chiste malo, después.

Se incorporaron despacio. Pablo repartió botellas; Ana repartió toallitas húmedas. Se limpiaron entre risas y algún que otro comentario sobre las rodillas magulladas.

Cuando estuvieron vestidos otra vez, Pablo recogió la libreta y la guardó.

—Hemos cumplido todo lo que escribimos —dijo.

—Incluso más —añadió Lola—. Me ha gustado que nadie se quedara mirando sin más.

Ana apagó las luces LED. La nave volvió a oler solo a barniz frío y metal. Antes de cerrar la puerta corredera, Lola miró atrás.

—¿El mes que viene otra vez?

—Con la misma libreta —respondió Nico.

Y los cuatro salieron a la calle, todavía con la piel caliente y la certeza de que, la próxima vez, volverían a negociar cada paso antes de darlo.

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