Las llaves de la buhardilla
Elena guarda las llaves del ático en el bolsillo de la chaqueta. El ascensor zumba y el reflejo de los tres rostros en el espejo se curva con la luz amarilla. Marcos aprieta la mano de su pareja, buscando confirmación; Clara sonríe con timidez y un brillo de curiosidad. Nadie ha obligado a nadie a subir. Lo han hablado durante semanas.
La buhardilla tiene ventanales que dan a los tejados mojados por la lluvia reciente. Marcos deja el abrigo en un perchero de hierro y enciende una lámpara de pie. La luz revela una mesa baja con tres copas y una botella de vino sin abrir. Elena descorcha; el corcho suena como una promesa. Antes de servir, señala a cada uno.
—Clara, si en algún momento quieres parar, basta con que digas stop o levantes la palma. Marcos y yo hacemos lo mismo. ¿De acuerdo?
Clara asiente despacio, pasa la lengua por el labio inferior y responde con voz firme:
—Stop o palma en alto. Y vosotros también.
Marcos añade, riendo bajo:
—Y si alguien necesita un descanso, lo pedimos. Sin explicaciones.
Sirven el vino. El primer sorbo calienta la garganta y afloja los hombros. Se sientan en el sofá de lino crudo. Elena, en medio, cruza una pierna sobre la otra; Marcos apoya su mano en su rodilla y Clara, frente a ellos, gira el pie descalzo en pequeños círculos. La conversación deriva hacia fantasías. Clara confiesa que le excita ser observada mientras besa a otra persona; Marcos admite que le gusta ver cómo Elena guía. Elena escucha y añade que ella disfruta dar indicaciones suaves cuando todos están de acuerdo.
Ponen una playlist de jazz suave en el móvil. La lluvia ha empezado otra vez; las gotas repiquetean en los cristales. Elena se inclina y roza la mejilla de Clara con los labios.
—¿Puedo?
Clara responde inclinándose hacia delante. El beso es lento, exploratorio. Marcos observa sin acercarse todavía. Cuando Elena se aparta, pregunta con la mirada a su pareja. Marcos extiende la mano y Clara entrelaza sus dedos. Otro beso, esta vez entre Clara y Marcos, también suave. Elena observa, respira hondo y siente un cosquilleo que recorre sus muslos.
—Vamos a la cama —sugiere ella—. Podemos parar cuando queramos.
La cama es ancha y baja; tres almohadas esperan. Se desvistieron poco a poco, sin prisas. Primero Elena se queda en camiseta y braga de encaje negro; Marcos queda en bóxers gris oscuro; Clara, tras quitarse la blusa y la falda, muestra un conjunto de encaje color crema que apenas cubre sus pechos redondos y la curva de sus caderas. Los tres se sientan en el borde del colchón.
Elena toma la iniciativa:
—Clara, tú en el centro. Marcos, tú detrás de ella. Yo quiero veros.
Clara obedece con una sonrisa nerviosa. Se tumba de espaldas; Marcos se arrodilla tras su cabeza y acaricia sus sienes con las yemas. Elena se coloca al lado, apoya una mano en el vientre de Clara y la otra en el hombro de Marcos. Pasa los dedos por la piel de la vecina, trazando líneas que suben hasta la parte baja de los pechos. Clara suelta un suspiro. Marcos inclina la cabeza y besa la frente de Clara; ella cierra los ojos.
Elena se inclina y chupa el pezón derecho de Clara con suavidad, luego el izquierdo. La lengua traza círculos lentos. Clara arquea la espalda. Marcos desliza las manos por los brazos de la mujer y entrelaza los dedos con los suyos, manteniéndolos abiertos. Elena baja la boca por el vientre hasta la línea de encaje. Con dos dedos aparta la tela y lame la piel húmeda que encuentra. Clara gime. Marcos observa y aprieta ligeramente los dedos de ella.
—¿Más? —pregunta Elena.
—Sí —responde Clara—. Con la lengua, por favor.
Elena lame con trazos amplios, luego introduce dos dedos dentro de Clara, curvándolos hacia arriba. El sonido es húmedo, acompasado. Marcos baja una mano y rodea uno de los pechos de Clara, pellizca el pezón con cuidado. Clara se estremece. Elena aumenta el ritmo de sus dedos y succiona el clítoris con delicadeza. El orgasmo llega suave al principio, luego se intensifica; Clara aprieta la mano de Marcos y murmura:
—Sigue, no pares.
Cuando las contracciones remiten, Elena retira los dedos y los lame despacio. Marcos besa la sien de Clara y le pregunta si está bien. Ella asiente, con las mejillas sonrosadas.
—Quiero veros a vosotros dos ahora —dice Clara, incorporándose sobre los codos.
Elena y Marcos se besan de pie al lado de la cama. Elena desabrocha los bóxers de su pareja y libera su erección. Marcos la acaricia a ella por encima de la tela hasta humedecerla. Clara se acerca por detrás de Marcos y presiona sus pechos contra la espalda de él. Sus manos rodean la cintura masculina y alcanzan el pene. Elena se arrodilla, toma la cabeza entre los labios y chupa con ritmo suave. Marcos gime. Clara muerde el lóbulo de su oreja y susurra:
—Dinos lo que sientes.
—Me gusta ver cómo Elena me chupa mientras tú me sujetas —responde Marcos con voz ronca.
Elena se detiene y se levanta. Se quita la camiseta y la braga. Marcos la coloca de espaldas contra la pared de ladrillo visto. Se arrodilla entre sus piernas y la lame con lengüetadas largas. Clara se acerca por un lado, besa a Elena en la boca y juega con sus pezones. Elena jadea. Cuando Marcos introduce dos dedos dentro de ella, Elena se corre con un grito ahogado contra la boca de Clara.
Se trasladan otra vez a la cama. Elena pide que Clara se ponga a cuatro patas; ella se tumba debajo, mirando hacia arriba. Marcos se coloca detrás de Clara y pregunta:
—¿Puedo entrar?
—Sí —responde Clara—. Despacio.
Marcos empuja centímetro a centímetro. Cuando está completamente dentro, Clara exhala y Elena estira el cuello para lamer el clítoris de la mujer mientras Marcos se mueve. Los tres cuerpos forman un ritmo compartido. Marcos aumenta la profundidad; Elena succiona con más intensidad. Clara se corre de nuevo, temblando. Marcos sale con cuidado y Elena lo invita a tumbarse de espaldas. Ella se sienta a horcajadas sobre él y lo recibe. Clara se arrodilla junto a la cabeza de Marcos y deja que él la lama mientras Elena cabalga. El segundo orgasmo de Marcos llega con un gemido largo; Elena lo sigue casi al mismo tiempo, contrayéndose alrededor de él. Clara acaricia el pelo de Marcos y besa a Elena en la frente.
Se quedan tumbados los tres, enredados, respirando al mismo ritmo. Elena pasa los dedos por la cicatriz que Marcos tiene en el hombro; Clara entrelaza las piernas con las de Elena. Nadie se precipita a vestirse. La lluvia ha parado. Marcos se incorpora y sirve el resto del vino en las tres copas. Brindan sin palabras, solo con la mirada. Elena sonríe y susurra:
—Podemos volver a hablar de esto cualquier día.
Clara asiente, Marcos aprieta la mano de su pareja. Las llaves de la buhardilla siguen sobre la mesa, al alcance de todos.

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