Llamada en la suite 47
La lluvia golpeaba contra los ventanales del hotel SoHo Grand con el mismo ritmo insistente con que el cursor parpadeaba en la pantalla en negro. Alejandro Herrero había llegado de Boston dos días antes para cubrir una cumbre tecnológica; su equipaje seguía sin deshacer en la silla y la corbata pendía de la lámpara como un estandarte rendido. A las 23:47 el teléfono vibró sobre la mesilla. Era una videollamada de Lucía Mendoza.
Lucía no aparecía aún. Solo se veía su habitación en Madrid: paredes de ladrillo visto, una butaca Luis XV tapizada en terciopelo berenjena y la luz baja de una lámpara de pie que dibujaba sombras generosas. Alejandro percibió el aroma imaginario del perfume que ella solía usar, una mezcla de vetiver y bergamota, antes siquiera de oír su voz.
—¿Sigues despierto? —preguntó Lucía al fin, encuadrando su rostro. Llevaba el pelo suelto, negro como la tinta, y una camisa blanca de hombre tan grande que la tela le rozaba los muslos desnudos.
—Acabo de salir de la ducha —respondió él, ajustando el encuadre para que ella pudiera ver la toalla anudada a la cadera—. Te esperaba a las doce, pero reconozco que me alegra que hayas adelantado.
Lucía sonrió; en su rostro se dibujaron pequeñas arrugas alrededor de los ojos, señal de que no temía la cámara ni la intimidad.
—He terminado el plano de la azotea y necesitaba… otra cosa —dijo, mientras se acomodaba en la butaca y cruzaba las piernas. La camisa se abrió un dedo más. La piel entre sus muslos apareció como una promesa.
Alejandro se sentó al borde de la cama. La toalla se tensó ligeramente.
—Cuéntame qué necesitas.
—Necesito que hables —respondió ella—. Que me digas qué harías si estuvieras aquí. Sin filtros, sin piedad. Quiero oírlo en tu voz antes de tocarme.
Alejandro tragó saliva. Durante seis semanas habían coqueteado por mensaje, primero con la disculpa de un artículo que Lucía estaba diseñando para la revista donde él publicaba, luego con excusas cada vez más delgadas. Esta era la primera vez que se veían sin ropa mediando entre ellos, aunque fuera a través de una conexión cifrada y miles de kilómetros.
—Estoy sentado en la cama —empezó él—. La habitación huele a jabón de sándalo y a la tormenta que hay fuera. Tú llevas puesta una camisa que imagino blanca y abierta. Si estuviera ahí, me arrodillaría frente a ti. Besaría primero el interior de tu muñeca izquierda, donde el pulso late más fuerte, y después bajaría por el brazo hasta el hueco del codo.
Lucía dejó escapar un suspiro que la cámara captó como un soplo metálico.
—Sigue.
—Desabrocharía los primeros botones con la boca, despacio. Querría que sintieras cómo el aliento se cuela por cada abertura nueva. Cuando llegara al último botón, te pediría que te inclinaras hacia delante. Me gusta ver cómo se abre la tela sin que yo tenga que hacer nada.
En Madrid, Lucía se incorporó un poco. La camisa se deslizó de un hombro. Alejandro pudo ver la curva superior del pecho, la sombra del pezón endurecido contra el algodón.
—¿Qué más? —preguntó ella, la voz más grave.
—Te sujetaría las manos contra los reposabrazos de la butaca. No para inmovilizarte, sino para que sepas que tienes que quedarte quieta mientras mi lengua recorre el contorno de tus pechos sin llegar al centro. Quiero oír cómo respiras cuando te niego lo que más deseas.
Lucía separó ligeramente las piernas. La luz de la lámpara acentuó el brillo que empezaba a humedecer su sexo. Alejandro notó que su propia respiración se había vuelto más profunda; la toalla ya no disimulaba la erección que presionaba contra la tela.
—Ahora me toca a mí —dijo ella—. Cierra los ojos un segundo y escúchame. Imagina que estoy de rodillas delante de ti en esa cama de hotel. Mis manos suben por tus pantorrillas, sienten la tensión de los músculos. Cuando llego a tus muslos, los abro con firmeza. No te pregunto. Solo te abro. Y después me quedo mirando tu polla, observo cómo palpita, cómo late la vena de debajo. No la toco. Aún no. Solo dejo que mi aliento caliente roce la punta.
Alejandro soltó un gemido bajo. Su mano derecha se cerró alrededor de la base de su miembro por encima de la toalla, sin apretar del todo.
—Lucía…
—Ahora sí. Me inclino y dejo que la cabeza roce mis labios. Los abro apenas, los cierro de nuevo. Una y otra vez, sin cogerla del todo. Quiero que notes la diferencia entre la humedad de mi boca y el aire de la habitación. Cuando por fin la tomo, es solo un centímetro, dos como máximo. Mi lengua dibuja círculos lentos. Mis manos, mientras tanto, te sujetan las caderas para que no puedas empujar.
Alejandro se quitó la toalla. La erección se liberó, pesada, oscura bajo la luz de la pantalla. Lucía lo vio y su mano derecha desapareció entre sus muslos.
—Mastúrbate —ordenó ella, sin dejar de mirarlo—. Despacio. Quiero verte cómo te corres al mismo tiempo que yo.
Alejandro obedeció. Sus dedos se cerraron alrededor del falo, subiendo y bajando con la cadencia que Lucía marcaba con su propia mano fuera de plano. Ella se había incorporado más, la camisa completamente abierta ahora. Dos dedos de su mano izquierda jugaban con el pezón izquierdo mientras los de la derecha trazaban círculos sobre el clítoris hinchado.
—Dime qué ves —pidió Alejandro, la voz ronca.
—Veo tu polla brillando. Veo cómo se te escapa el primer hilo de semen por la punta. Veo que aprietas la mandíbula para no gemir demasiado alto. Me encanta que intentes contenerte.
—Y yo te veo abrirte —respondió él—. Veo cómo brillan tus dedos cuando los sacas un segundo. Me muero por chuparlos.
Lucía introdujo dos dedos dentro de sí misma. El sonido húmedo llegó nítido a través del micrófono. Alejandro aceleró el ritmo de su mano, el glande ya purpúreo, la respiración entrecortada.
—Quiero correrme contigo —dijo ella—. Quiero que me cuentes exactamente cuándo vas a hacerlo.
Alejandro tragó saliva. La habitación parecía más pequeña, como si las paredes se hubieran acercado para escuchar.
—Ahora mismo, Lucía. Estoy… muy cerca. La cabeza de mi polla está tan sensible que cualquier roce es casi doloroso. Si estuvieras aquí, te la metería hasta el fondo, sin piedad, y te llenaría mientras tú te corres alrededor de mí.
Lucía arqueó la espalda. Sus dedos entraban y salían con mayor urgencia. El sonido de su excitación llenaba la habitación madrileña y, por un instante, Alejandro creyó percibir el olor salobre de su sexo a través de la distancia.
—Ahora —jadeó ella—. Me corro ahora. Quiero que me mires.
El orgasmo la recorrió en oleadas visibles. Primero un temblor en los muslos, después un espasmo que la obligó a cerrar los ojos. Alejandro vio cómo su vientre se contraía rítmicamente, cómo sus dedos quedaban bañados de una humedad espesa que goteaba sobre la butaca. El gemido que soltó fue grave, largo, casi un rugido contenido.
Alejandro no aguantó más. Su propia liberación llegó con fuerza, el semen disparándose en arcos blancos que cayeron sobre su abdomen y sobre la sábana del hotel. Cada contracción le arrancó un gruñido gutural. Cuando por fin pudo abrir los ojos, Lucía lo observaba con una sonrisa cansada y satisfecha.
Durante unos segundos solo se oyeron sus respiraciones entrecortadas y el golpeteo de la lluvia contra ambos cristales, como si la tormenta quisiera confirmar que el mundo real seguía ahí fuera.
Lucía fue la primera en recuperar la voz.
—¿Sigues en la suite 47?
—Sí.
—Quédate ahí un rato más. No cuelgues todavía. Quiero verte dormido.
Alejandro se limpió con una toalla, apagó la luz principal y dejó solo la lámpara del escritorio. Se acostó de lado, la pantalla del portátil a la altura de su rostro. Lucía apagó su lámpara también. Ahora solo se veía el contorno de su silueta contra la ventana madrileña.
—Buenas noches, arquitecta —susurró él.
—Buenas noches, periodista. Mañana te mando los planos. Y por la noche… seguimos construyendo.
La conexión se mantuvo abierta hasta que ambos se durmieron. En la pantalla, dos puntos verdes de conexión parpadearon toda la noche, cruzando el Atlántico como dos luciérnagas pacientes que esperaran el siguiente anochecer.

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