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Romance erótico

Los muros de la casa de huéspedes

Una escritora y el arquitecto que restaura una vieja casa de huéspedes entrevistan el silencio de las noches hasta que el deseo deja de ser solo mirada.

Luna Roja9 min👁 1601 de noviembre de 2026

Los muros de la casa de huéspedes

El recibo de llaves llegó en un sobre cerrado que olía a polvo y barniz viejo. Marta lo abrió en la mesa del estudio, y al primer clic de la cerradura supo que no regresaría al piso de siempre. El edificio de piedra dorada, erguido entre pinos y muros de pizarra, se llamaba La Casa del Ebro y hacía ochenta años que albergaba a viajeros cansados de pasar. Ahora, el ayuntamiento lo destinaba a residencia temporal de artistas en intercambio por su cuidado.

Marta llegó el primer lunes de octubre con dos maletas y una libreta negra. Las vigas olían a resina y a lana vieja; el silencio era tan espeso que se oía el roce de las botas contra los tablones. Ella se instaló en la habitación del primer piso, donde la luz entraba oblicua y trazaba rectángulos dorados sobre la colcha de lino. Encendió una lámpara de sobremesa y abrió la libreta. La primera frase quedó suspendida en el aire: «Nadie ha pisado este suelo desde marzo».

Esa tarde apareció Gabriel. Era el arquitecto encargado de la restauración. Traía casco bajo el brazo y una carpeta de planos que desbordaba esquinas. Se presentó en el umbral de la cocina mientras Marta revolvía una olla de lentejas. El olor a comino y pimentón llenó el pasillo; él inhaló como si olfateara un recuerdo de infancia.

—Discúlpe, señora… —dijo, y se corrigió—. Marta, ¿verdad? Soy Gabriel. Vine a ver el estado del tejado.

El apellido de ella era Herrera y él lo pronunció con la suavidad de quien evita romper una copa. Marta señaló la mesa.

—Hay pan en la tabla. Siéntese si quiere. El tejado no se va a caer en los próximos veinte minutos.

Gabriel sonrió, una sonrisa breve, apenas una inclinación de labios. Dejó los planos y se quitó las botas en el pasillo. El vapor de las lentejas empañó los cristales. Hablaron de grietas, de vigas que crujían, de la necesidad de calafatear ventanas. Las palabras fueron técnicas, pero las miradas se demoraron en el espacio que queda entre dos frases cuando ninguna de las dos está lista para terminar la conversación.

A partir de entonces coincidieron cada tarde. Gabriel llegaba cuando el sol se ponía tras los pinos y Marta, sin proponérselo, dejaba la puerta entreabierta. Él traía café en un termo y ella le ofrecía el cuenco de la merienda: nueces, membrillo, una loncha de queso curado. Se sentaban en el banco de la galería y miraban cómo el río trazaba una línea plateada bajo el puente. Gabriel le contó que su abuelo había construido casas de adobe en Teruel; Marta le leyó fragmentos de la novela que estaba escribiendo sobre mujeres que desaparecen sin dejar rastro. Ninguno mencionó la palabra soledad, aunque ella sintió que ambos la llevaban en la palma de la mano como una moneda que no se atreven a lanzar.

Una noche de viento el suministro eléctrico falló. Las lámparas parpadearon y se quedaron a oscuras. Gabriel apareció con una linterna y dos velas de sebo que olían a miel. Colocó una en la repisa del comedor y otra en el alféizar de la ventana que daba al valle. La llama ladeó el perfil de su mandíbula. Marta observaba el modo en que la luz se detenía sobre sus manos, anchas, marcadas por el yeso seco, y sintió que el cuerpo se le encendía desde el esternón hacia abajo, lento, como un rescoldo que tarda en prender.

—Las velas no duran toda la noche —dijo él en voz baja, como disculpándose por el abandono de la luz eléctrica.

—Podemos hablar hasta que se apaguen —respondió Marta, y su voz sonó más grave de lo habitual.

Se quedaron en la cocina. Gabriel acercó dos sillas al fogón. Encendió un hornillo de gas y preparó infusiones de canela. El vapor subió en volutas que se disiparon contra el techo. Hablaron del primer libro que cada uno había amado, de los pueblos que habían dejado atrás, de las cicatrices que las casas heredan de sus habitantes. Cuando la segunda vela empezó a inclinarse, Gabriel se inclinó hacia ella para ajustar la mecha. El roce de sus dedos en el dorso de la mano de Marta fue más largo de lo necesario. Ninguno retiró la mano.

La primera vez que se besaron fue de pie, junto a la mesa. Marta sintió el sabor de canela en la lengua de él y el roce de la chaqueta de lana contra sus pechos. Gabriel no apresuró el gesto; dejó que ella decidiera cuánto tiempo duraba el beso, cuánto se abrían los labios, cuánto se mezclaban las respiraciones. Cuando se separaron, Gabriel apoyó la frente contra la de ella.

—Dime si quieres que pare —susurró.

—No quiero que pares —contestó Marta, y deslizó las manos por debajo de la camisa de él hasta encontrar la piel caliente de la espalda.

Bajaron las velas al dormitorio. Gabriel cerró la puerta con cuidado, como quien sella un pacto. Desvistieron sus propias ropas en silencio, mirándose a los ojos, sin apartar la mirada ni siquiera cuando el último botón saltó al suelo. Marta contempló el pecho de Gabriel, la línea de vello que descendía hasta el ombligo, la erección que palpitaba contra la tela interior. Gabriel, por su parte, recorrió con los ojos las curvas de sus pechos, la sombra suave del vello entre las piernas, el temblor apenas perceptible de sus muslos.

—Ven aquí —pidió Marta, y extendió la mano.

Se acostaron sobre el edredón de lana. Gabriel besó la base del cuello de Marta, luego el hueco entre las clavículas, luego el pezón izquierdo, succionándolo con lentitud hasta que ella arqueó la espalda y soltó un gemido bajo. Ella enredó los dedos en su cabello y lo guió hacia el otro pecho, sin palabras, solo con la presión de la palma. Gabriel bajó la mano por el vientre de Marta, rozando el ombligo, hasta encontrar el calor entre sus piernas. Ella abrió los muslos sin pudor, invitándolo. Los dedos de él la acariciaron con delicadeza, trazando círculos alrededor del clítoris antes de deslizarse dentro, primero uno, luego dos, curvándose para rozar el punto que la hacía temblar.

Marta buscó la erección de Gabriel y la rodeó con la mano. Lo masturbó con lentitud, sintiendo el pulso bajo la piel, el glande que se humedecía. Él respiró con fuerza contra su cuello.

—Quiero sentirte dentro —dijo ella, y la frase fue un hilo de voz que terminó en un suspiro.

Gabriel colocó un preservativo que extrajo del bolsillo de la chaqueta, se colocó entre sus piernas y la penetró con un movimiento suave y profundo. Marta soltó un gemido largo, de alivio y de hambre. Gabriel esperó unos segundos, dejando que ella se adaptara a la presión, y comenzó a moverse con ritmo pausado, retirándose casi por completo antes de volver a hundirse. Cada embestida provocaba un roce húmedo que llenaba el silencio de la habitación. Marta levantó las piernas, rodeando la cintura de él, y lo atrajo más hondo. Gabriel apoyó las manos a ambos lados de su cabeza y la miró a los ojos mientras aumentaba la velocidad.

—Dime cómo te gusta —preguntó en voz ronca.

—Así —respondió Marta, y clavó las uñas en su espalda—. Más fuerte.

Gabriel obedeció. El sonido de sus cuerpos chocando se mezcló con los gemidos de ella y los resuellos de él. Marta sintió cómo el orgasmo crecía en oleadas, desde el bajo vientre hasta las puntas de los pies. Cuando llegó, soltó un grito ahogado contra el hombro de Gabriel y contrajo las paredes internas alrededor de su pene. Gabriel gruñó y se corrió dentro de ella con espasmos largos, enterrando la cara en su cuello.

Permanecieron abrazados, sudorosos, mientras el último trozo de vela se apagaba. La habitación quedó a oscuras, solo el resplandor del río a través de la ventana. Gabriel besó la sien de Marta y le apartó un mechón de pelo húmedo.

—¿Quieres que me quede? —preguntó.

—Quiero que te quedes todas las noches que quieras —contestó ella.

En los días siguientes, la casa fue testigo de más encuentros. Gabriel llegaba al atardecer con las manos sucias de obra y Marta lo esperaba en la galería con una copa de vino tinto. Se duchaban juntos bajo el chorro de agua caliente, enjabonándose mutuamente, riendo cuando el jabón picaba en los ojos. Luego, sobre la cama o contra la pared del pasillo, exploraban las posiciones que el deseo dictaba: ella a cuatro patas, recibiendo embestidas profundas; él de rodillas, lamiendo su sexo hasta que ella se corría contra su boca; ella montándolo, balanceándose con lentitud mientras él le sujetaba las caderas. Cada noche terminaba con un abrazo largo, con la promesa tácita de que la mañana siguiente seguiría igual.

Una tarde de lluvia, Gabriel le propuso un juego. Cerraron todas las ventanas y apagaron las luces. Caminaron desnudos por la casa, tocándose solo con la yema de los dedos, guiándose por el sonido de la respiración. En el desván, entre cajas de libros viejos y telarañas, Marta se arrodilló y tomó el sexo de Gabriel entre los labios. Lo chupó con devoción, hundiendo la nariz en la base, lamiendo el glande, tragando hasta que él la advirtió que estaba a punto de corrarse. Gabriel la levantó, la sentó sobre una mesa polvorienta y la penetró de pie, sujetándola por las nalgas mientras ella rodeaba su cuello con los brazos. El orgasmo de ambos fue simultáneo, silencioso, solo el eco de sus respiraciones contra las vigas.

El invierno avanzó. Las grietas del tejado quedaron reparadas, los cristales calafateados, la caldera revisada. El ayuntamiento comunicó a Marta que la residencia finalizaba en marzo. Gabriel recibió una oferta de trabajo en otra provincia. Ninguno de los dos pronunció la palabra adiós.

La última noche cenaron en la cocina, frente a la ventana empañada. Gabriel cortó un trozo de membrillo y lo ofreció a Marta entre los dedos. Ella lo mordió y besó el pulgar de él, dejando el sabor dulce en los labios.

—Podríamos escribirnos —dijo Gabriel.

—Podríamos encontrarnos cada vez que el río se seque —respondió Marta, y sonrió con tristeza.

Se acostaron una vez más, lento, como si quisieran alargar el tiempo. Marta se subió encima de Gabriel y lo guio dentro de ella. Se movieron con la cadencia de quien sabe que el placer es también una forma de memoria. Cuando Gabriel se corrió, Marta se quedó quieta, sintiendo las pulsaciones dentro, y después se derrumbó sobre su pecho. Gabriel le acarició la espalda hasta que el sueño los venció.

Al amanecer, Marta despertó sola. Sobre la almohada había un trozo de papel con la firma de Gabriel y una sola frase: «La casa sigue abierta». Ella guardó el papel en la libreta negra y bajó a la cocina. El sol entraba oblicuo, como el primer día. Encendió la cafetera y abrió la ventana. El viento traía olor a pino y a río. Marta respiró hondo y escribió la primera frase del nuevo capítulo: «Nadie se marcha del todo mientras los muros sigan en pie».

Fin.

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