Marea en el despacho
Isabel Rivas llegó al estudio de arquitectura Soto & Peña un jueves de octubre con un encargo urgente: diseñar la nueva sede de un museo privado en el barrio de Retiro. Era alta, el cabello suelto castaño oscuro le caía por la espalda, y en la mirada guardaba esa mezcla de concentración y curiosidad que suele tener quien acaba de instalarse en una ciudad nueva. A las nueve y media en punto, el socio mayoritario, Daniel Peña, atravesó la sala de proyectos, repasó los planos sobre la mesa y, sin levantar la vista, dijo:
—Señora Rivas, quiero verlo terminado antes de Navidad. Si necesita algo, soy el despacho del fondo.
Ella asintió. Dos semanas después, las primeras maquetas ya estaban listas y, entre revisiones y cambios de escala, empezaron a quedarse solos más de la cuenta. Una lámpara que se encendía pasadas las once, un café compartido en vasos de cartón, un comentario sobre una línea que se desviaba tres milímetros. La oficina se quedaba vacía, pero el aire entre ellos permanecía cargado de algo que ninguno nombraba.
El primer toque fue el de sus manos al corregir un detalle sobre el papel milimetrado. Isabel sintió el roce breve de los dedos de Daniel en el dorso de la suya y, al retirar la mano, lo miró como si pidiera permiso. Él se detuvo también, el pulgar aún sobre el plano, y musitó:
—Perdón. No pretendía…
—Está bien —respondió ella en voz baja—. Solo ha sido un instante.
A partir de entonces el instante se repitió: al entregarse un lápiz, al acercarse a mirar una pantalla, al abrir juntos la puerta del ascensor cuando se marchaban casi a medianoche. Cada vez el contacto duraba un segundo más y la mirada un poco menos. Daniel tenía cuarenta y dos años, era viudo desde hacía tres, y el único reproche que Isabel se permitía era preguntarse cuántas veces él había tenido que aprender a no rozar a nadie. Ella, tres años menor, acababa de romper un largo compromiso y, por primera vez, se descubría eligiendo no excusar sus ganas.
La lluvia del viernes siguiente los sorprendió sin paraguas. Decidieron esperar bajo el toldo de la cafetería de la esquina. El agua golpeaba el cristal y, sin pedirlo, Daniel colocó su chaqueta sobre los hombros de ella. Isabel giró la cara hacia su cuello, olió la lana tibia y la piel debajo. Daniel tragó saliva, visiblemente.
—Isabel, esto no debería pasar.
—Lo sé —respondió ella—. Pero ya está pasando.
Él cerró los ojos un instante, después los abrió y preguntó:
—¿Quieres que paremos aquí?
—No. Quiero que sepas que soy consciente de que eres mi jefe, que el estudio es tu casa y que mañana tendremos que firmar un acta de entrega. Aun así, si tú sientes lo mismo, no quiero que lo disfracemos.
Daniel respiró hondo.
—Te deseo —dijo, sin adornos—. Pero no quiero que te sientas presionada por mi cargo.
Isabel deslizó los dedos por el borde de la chaqueta que le cubría los hombros.
—Entonces no lo uses. Esta noche, en tu despacho, no eres el socio. Soy yo quien te pide que me esperes.
Subieron juntos a la planta décima cuando el edificio se quedó desierto. Isabel dejó el bolso sobre la silla de reuniones, se quitó los zapatos y caminó descalza hasta el ventanal que daba al skyline iluminado. Daniel permaneció junto a la puerta, las manos en los bolsillos, observando el contorno de su espalda contra la luz de las farolas.
—Ven —dijo ella sin girarse.
Él cruzó la estancia. Se detuvo a un paso, pero Isabel retrocedió el medio metro restante y apoyó la espalda en su pecho. La respiración de Daniel rozó su nuca.
—Isabel…
—Escúchame —murmuró ella—. Si en cualquier momento quieres parar, di la palabra. Yo también puedo decirla. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
La besó entonces en el hueco entre cuello y hombro, despacio, sin apresurarse. Ella giró el rostro y sus labios se encontraron con la misma paciencia, probando el sabor del otro. Daniel pasó las manos por sus brazos, después por la cintura, y Isabel levantó los suyos para desabrocharle la camisa botón a botón. Cada prenda que caía lo hacía sin prisas, como si ambos necesitaran percibir la textura del tejido antes de abandonar el siguiente.
Cuando él la sentó en el borde de la gran mesa de roble, Isabel abrió las piernas para que Daniel se situara entre ellas. Los dedos de él subieron por el interior de sus muslos, acariciando la piel que empezaba a erizarse.
—Dime qué quieres —pidió Daniel.
—Quiero que me toques como si no tuviéramos que rendir cuentas mañana.
—Entonces dime que sí con palabras claras.
—Te digo que sí —respondió ella—. Quiero sentir tus dedos dentro de mí. Quiero tu boca en mi piel. Y quiero que, cuando entre en mí, sea porque los dos hemos elegido no escondernos.
Daniel asintió. Deslizó los dedos bajo la tela de las bragas y comprobó, con un sonido grave, lo húmeda que estaba. Isabel soltó una respiración entrecortada, pero mantuvo la mirada fija en él. Él acarició el clítoris con lentitud, trazando círculos que iban abriéndole paso. Ella se arqueó ligeramente hacia atrás, apoyándose en las palmas sobre la mesa, y Daniel se inclinó para lamer el pezón que se endurecía bajo el sujetador entreabierto.
—Más —pidió Isabel—. Quiero más.
Él introdujo un dedo, después dos, manteniendo el pulgar en el clítoris. La otra mano sostuvo la nuca de ella para que no perdiera el equilibrio. El sonido húmedo de la caricia llenó el despacho. Isabel tembló, los muslos apretándose contra las caderas de Daniel, y dejó escapar un gemido que él recogió con un beso profundo.
—Ven aquí —susurró ella.
Daniel se incorporó. Isabel le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera y liberó su erección. Lo tomó con ambas manos, acariciando la longitud, sintiendo cómo latía contra su palma. Daniel cerró los ojos y apoyó la frente en la de ella.
—Isabel…
—Quiero que estés dentro —dijo ella con voz firme—. Con preservativo, sin prisas, y que me mires mientras entras.
Daniel sacó un preservativo del bolsillo interior de la chaqueta que había quedado sobre la silla. Se lo colocó con movimientos seguros, después volvió a situarse entre las piernas abiertas de Isabel. Ella lo guió con la mano, frotando la punta contra su entrada para impregnarla de lubricación. Cuando Daniel empujó, lo hizo centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que Isabel contenía el aliento, hasta que estuvo completamente envuelto por ella.
Durante un instante no se movieron. Solo respiraron. Luego Isabel rodeó la cintura de él con las piernas y Daniel comenzó a entrar y salir con un ritmo pausado, profundo, procurando rozar el punto que la hacía gemir más bajo. Ella le clavó los talones en los glúteos para pedir más intensidad y él obedeció, aumentando la fuerza sin perder control. La mesa crujió levemente bajo ellos. Los papeles se deslizaron al suelo, pero ninguno lo notó.
Isabel llegó primero. El orgasmo le recorrió la espalda, la hizo arquearse y soltar el nombre de él entre jadeos. Daniel la sostuvo, ralentizando las embestidas hasta que el temblor remitió. Ella, aún dentro de la niebla del placer, acarició el rostro de él y preguntó:
—¿Quieres seguir?
—Solo si tú lo deseas.
—Te deseo.
Daniel la levantó entonces, la llevó hasta el sofá de cuero del rincón y la colocó a cuatro patas, sujetándole la cadera con una mano mientras la penetraba de nuevo. Isabel sintió cómo la nueva posición le permitía llegar más hondo. Él se inclinó sobre su espalda, besándole la columna, mordisqueando la piel entre los omóplatos. Las embestidas se volvieron más intensas, más cortas, y Daniel gruñó el nombre de ella contra su nuca cuando se corrió, pulsando dentro del preservativo.
Se quedaron quietos, él aún dentro, ella apoyada en los antebrazos. Daniel salió con cuidado, se deshizo del preservativo y regresó con una manta que guardaba en el armario para las noches de trabajo. Cubrió a Isabel, se sentó a su lado y le ofreció un vaso de agua que había servido del dispensador.
—Gracias por ser clara —dijo él.
—Gracias por preguntar —respondió ella.
Al día siguiente, cuando el estudio se llenó de nuevo, nadie notó la diferencia. Solo ellos sabían que, al cruzarse en el pasillo, el roce de los hombros era deliberado y que, al firmar el acta de entrega del museo, el pulgar de Daniel se posó sobre el dorso de la mano de Isabel durante dos segundos más de lo estrictamente necesario. No hablaban de futuro. Habían acordado no prometer nada que no pudieran cumplir. Pero cada noche, cuando la última luz se apagaba, el despacho volvía a ser el lugar donde el deseo, sin renunciar a la prudencia, encontraba su cauce.

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