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Suite con la avenida abajo

Tras un congreso en Madrid, Elena y Marcos reanudan a deshora una conversación a medias. Desde dos habitaciones de hotel distintas, la pantalla sostiene lo que la ciudad aún no les ha dejado tocar.

Nocturno8 min👁 3011 de septiembre de 2026

Suite con la avenida abajo

La lluvia no caía con fuerza; solo manchaba el cristal de la suite como si la avenida de abajo respirara despacio. Elena había apagado casi todas las luces. Quedaba la lámpara del escritorio, torcida hacia la pared, y el brillo frío del portátil abierto sobre la cama deshecha. Eran las dos y doce. El congreso había terminado hacía horas, los brindis también, y ella había vuelto a su hotel con la chaqueta aún oliendo a sala de prensa y a ese perfume que Marcos dejaba al pasar demasiado cerca.

El tono de la videollamada sonó dos veces. Él aceptó sin sonreír del todo.

—Pensé que no ibas a descolgar —dijo ella.

Marcos estaba en otra habitación, otro edificio, otra planta con la ciudad a sus espaldas. Corbata aflojada, camisa abierta hasta el pecho, luz de mesita en un solo lado. Treinta y siete años y esa voz baja que en los pasillos del pabellón había parecido solo profesional.

—Estaba esperando a que el pasillo se callara —respondió—. No quería que nadie oyera cómo te nombro.

Elena se acomodó contra el cabecero. Llevaba solo la camiseta larga del hotel y la braga negra que se había puesto por si acaso, por si el deseo de la tarde no se extinguía. Se lo había dicho casi sin decirlo, al borde del ascensor, cuando él le rozó la muñeca y preguntó si seguían hablando esa noche.

—Seguimos —había contestado ella—. Pero quiero oírte pedirlo.

Ahora, en la pantalla, Marcos inclinó un poco la cabeza.

—Lo pido. Quiero verte. Quiero que me dejes mirarte mientras te tocas y mientras yo hago lo mismo. Si en cualquier momento dices basta, corto. ¿Estás de acuerdo?

—Sí —dijo Elena, clara—. Estoy de acuerdo. Y quiero lo mismo de ti.

El silencio que vino después no fue vacío: fue el ruido leve de la lluvia y el de la calle filtrado por dos cristales distintos. Ella bajó un poco la cámara, lo bastante para que se viera el cuello, la clavícula, el borde de la camiseta.

—Cuéntame qué harías si no hubiera distancia —susurró.

Marcos se pasó la mano por la mandíbula.

—Entraría sin llamar. Te encontraría exactamente así, con esa luz de mierda tan bonita, y te pediría que te quitaras la camiseta despacio. No para mirarte como quien mira un cuerpo cualquiera. Para memorizarte. Te diría que te sientes en la cama con las piernas abiertas y que me dejes olerte antes de tocar. Y después te follaría con la boca hasta que te olvidaras del nombre del hotel.

Elena notó el calor subirle por el pecho. Apoyó dos dedos en el muslo, por encima de la tela, y respiró hondo.

—Sigue.

—Te haría decirme qué quieres oír. Si prefieres que te hable sucio o que te describa cómo se me pone dura solo de pensar en tu coño mojado contra mi lengua. Tú eliges el ritmo. Yo solo obedezco lo que me des.

Ella se mordió el labio inferior, no por coquetería, sino porque la frase le había golpeado justo donde debía.

—Habla sucio —pidió—. Y quítate la camisa. Quiero ver cómo te tocas cuando dices mi nombre.

Marcos obedeció. Los hombros anchos, el vello del pecho, la cicatriz pequeña bajo la costilla que ella no conocía y que de pronto le pareció un secreto prestado. Se desabrochó el pantalón sin prisa. La polla se le marcaba ya, gruesa, tensa, y cuando bajó la ropa interior ella exhaló un sonido bajo, casi un sí.

—Elena —dijo él, envuelto la mano alrededor—. Estoy duro desde que te vi en el café de la feria. Desde que te reíste y miraste hacia la puerta como si ya estuvieras calculando escaparte conmigo. ¿Me dejas verte también?

Ella se quitó la camiseta. Los pechos pesaron al aire fresco de la habitación; los pezones se le endurecieron de inmediato. Acercó el portátil, ajustó el ángulo, y se pasó las yemas por encima de la braga, donde la tela ya estaba oscura de humedad.

—Mírame —pidió—. No mires a otro sitio.

—No miro a otro sitio.

Deslizó la braga hacia un lado. Los dedos le temblaron un segundo al tocarse de verdad: estaba caliente, resbaladiza, y el primer roce le arrancó un gemido que no intentó esconder. Marcos apretó la mandíbula y empezó a bombearse con más decisión, el pulgar pasando por la cabeza brillante.

—Joder, qué preciosa estás —murmuró—. Métete un dedo. Despacio. Quiero oír cómo suenas.

Elena obedeció. El dedo medio entró con facilidad; el anular buscó el mismo camino un momento después. El sonido húmedo llenó el micrófono y a ella le dio vergüenza solo un instante, después placer puro. Movió la muñeca con un ritmo corto, el talón de la mano rozándole el clítoris.

—Así —dijo Marcos—. Más fuerte. Cuéntame qué sientes.

—Te siento a ti aunque no estés —respondió ella, la voz rota—. Siento tu boca donde tengo los dedos. Siento que me agarrarías del pelo y me harías mirarte mientras te corro dentro… o encima. No lo sé. Dime tú.

—Dentro —contestó sin dudar—. Te abriría de piernas contra ese cabecero y te la metería entera de una vez, hasta el fondo, para oírte gritar mi nombre contra la almohada. Te follaría lento al principio, muy hondo, y después te la sacaría casi del todo solo para volvérte a clavar. Y te pediría que te tocaras el clítoris mientras te la doy. Exactamente como lo estás haciendo ahora.

Elena arqueó la espalda. Añadió presión con la palma, circular, más rápida. La lluvia seguía dibujando líneas en el cristal; la avenida era un rumor lejano de taxis y neones mojados. En la otra habitación, Marcos gemía ya sin contención, la mano subiendo y bajando con un chasquido suave de piel y saliva que él se había puesto en la punta.

—Muéstrame más —pidió ella—. Quiero ver cómo se te pone cuando estás a punto.

Él acercó la cámara. La polla roja, tensa, venas marcadas, el glande húmedo. Cada embestida de su puño hacía saltar un poco el músculo del abdomen.

—Estoy cerca —advirtió—. Pero no me corro hasta que tú lo digas. Tú mandas esta noche.

La frase le encendió algo más hondo. Elena sacó los dedos, se los llevó a la boca un segundo —salados, propios— y volvió al clítoris con dos yemas firmes, sin piedad.

—Entonces fóllame con la voz —exigió—. No pares. No digas cosas bonitas. Dime cómo me usarías.

Marcos rio por lo bajo, un sonido oscuro.

—Te pondría a cuatro patas al borde de la cama. Te abriría el culo con las manos para verte todo: el coño hinchado, el agujero apretado, la espalda temblando. Te escupiría un poco y te la metería de golpe. Te daría tan fuerte que el cabecero golpearía la pared y tendrías que morder la sábana para no despertar a medio hotel. Y cuando estuvieras a punto de correrte te pararía, te daría la vuelta, te subiría a mi polla y te haría cabalgarme mirándome a los ojos hasta que te corrieras empapándome los muslos. Después te la sacaría y me correría en tus pechos, despacio, para pintarte y lamerte después. ¿Quieres eso?

—Sí —jadeó ella—. Quiero eso. Lo quiero todo. Estoy… joder, Marcos, estoy ahí.

—Entonces córrete. Ahora. Quiero verte correrte para mí.

El orgasmo le subió desde el vientre como una oleada cerrada. Elena se dobló hacia adelante, muslos temblando, un gemido largo que se quebró en varios. Los dedos no pararon; alargó la oleada hasta que le dolió de lo bueno que era, hasta que la respiración se le hizo un sollozo breve y feliz. En la pantalla, Marcos la miraba con la boca entreabierta, la mano frenética.

—Dime —pidió ella, aún convulsa—. Córrete. Quiero verlo.

Él no necesitó más. Dos, tres embestidas duras y el semen le saltó sobre el vientre y los dedos, espeso, en hilillos que brillaron bajo la lámpara. Gimió el nombre de ella como si fuera una confesión y se quedó quieto, pecho arriba y abajo, la mirada clavada en la cámara.

Pasaron unos segundos solo con la lluvia y el zumbido lejano de un ascensor en alguno de los dos edificios.

Elena se limpió los dedos en la sábana, se tapó un poco con la camiseta arrugada y sonrió, cansada, luminosa.

—Eso… no era solo para quitar tensión del congreso —dijo.

—No —admitió Marcos—. Yo tampoco lo usé como escape. Mañana cojo el AVE a las once. Tú has dicho que te quedas hasta el mediodía.

Ella miró la ventana, la avenida mojada, los semáforos en rojo lejano.

—Hay un café pegado a Atocha que abre temprano. Si quieres, desayunamos sin pantallas. Y si el cuerpo pide otra cosa… hablamos. En persona. Con el mismo sí de esta noche.

Marcos asintió, serio y suave a la vez.

—Con el mismo sí. Y si en cualquier momento es no, también vale.

—También vale —repitió ella.

Se quedaron un rato más sin apagar la llamada: él limpiándose con un paño del baño, ella bebiendo agua del minibar, los dos riéndose de lo ridículo y hermoso de dos suites iluminadas a deshora en la misma ciudad. Cuando por fin se despidieron, Elena cerró el portátil y apoyó la frente en las rodillas. La lluvia había amainado. Abajo, un taxi pitaró una sola vez.

Se duchó con agua tibia, se puso una camiseta limpia y dejó el móvil boca arriba en la mesilla, por si él escribía algo tonto y tierno antes de dormir. Lo hizo: una frase corta, sin emojis, solo «gracias por pedirlo en voz alta». Ella respondió «mañana el café; el resto, si queremos» y apagó la luz.

En la oscuridad, la ciudad seguía ahí, con sus secretos bajos y sus luces imperfectas. Elena se durmió con el eco de una voz en los auriculares y con la certeza limpia de haber tocado, a distancia, algo que aún tenía nombre propio y consentimiento entero. Mañana habría trenes, maletas y tal vez una mesa junto al cristal. Esta noche había bastado la pantalla, el ritmo y la piel que se busca aunque el mapa diga otra habitación.

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