El espejo del vestidor
La tarde había quedado suspendida en el teatro vacío. Las lámparas de emergencia parpadeaban sobre las filas de butacas y, en el camerino número tres, el olor a maquillaje viejo y terciopelo se mezclaba con la lluvia que golpeaba la claraboya. Adrián se miró al espejo: camisa arremangada, corbata aflojada, reflejo cansado de una jornada de ensayos. A sus cuarenta y tres años seguía manteniendo la espalda recta y el físico que le había permitido interpretar héroes de espada hasta hace poco.
La puerta se abrió sin llamar. Irene entró con la llave que le habían prestado para recoger el último vestuario. El impermeable negro goteaba sobre el suelo. Ella tenía treinta y nueve, el cabello castaño recogido en un moño bajo, y la boca teñida de un rojo que el agua no había borrado del todo.
—No sabía que alguien estuviera aquí —dijo, con la voz baja, casi una excusa.
—Quería recoger el resto de cuadernos de dirección —contestó él, señalando la mesa atestada de papeles.
Se miraron. Fuera, la lluvia se hizo más intensa y el teatro pareció cerrarse sobre ellos. Irene se quitó el impermeable y lo dejó sobre una silla. La blusa de seda, algo mojada, se pegaba a la piel en los hombros. Adrián se acercó sin prisa y le ofreció una toalla seca. Cuando ella la tomó, los dedos rozaron.
—Hace frío —comentó ella—. ¿Quedan luces?
—Solo esta lámpara y la que viene del pasillo —respondió él.
El camerino era pequeño. Un sofá de terciopelo rojo, el perchero con capas de escena, y un espejo de cuerpo entero que devolvía sus dos siluetas. Irene se pasó la toalla por el cuello; la tela rozó la clavícula y dejó un rastro de calor visible en la piel. Adrián no apartó la vista, pero esperó. Cuando ella dejó la toalla, dio un paso más. La distancia ya no era profesional.
—¿Te molesta que me quede un momento? —preguntó Irene.
—No —dijo él, y acercó la mano para quitarle un hilo imaginario de la manga—. Me gusta cómo suena la lluvia aquí dentro.
Ella sonrió de lado, casi tímida. Los dedos de Adrián quedaron en su codo y bajaron despacio hasta la muñeca. Irene levantó la barbilla. El beso fue lento, exploratorio. Él probó el sabor del lápiz de labios, el leve cosquilleo de la respiración que se mezclaba con el suyo. Las manos de ella se posaron en las costillas de él, debajo de la camisa abierta. Los pulgares trazaron una línea caliente por la piel.
—No hay prisa —susurró Adrián contra su boca.
—Prefiero así —respondió Irene—. Me gusta notar cada cosa.
Se desvistieron sin apuro. La blusa de seda cayó sobre el respaldo del sofá. El sujetador de encaje negro se abrió con un clic suave. Los senos de Irene, pesados y pálidos, se liberaron; los pezones ya estaban duros por el contraste de aire. Adrián se arrodilló para besarlos despacio, lengua ancha y cálida, succionando sin apresurarse. Irene hundió los dedos en su cabello y tiró apenas, guiando la presión.
Cuando él se incorporó, Irene le desabrochó el cinturón. Los pantalones bajaron hasta los tobillos junto con el calzoncillo. El pene de Adrián se levantó grueso, la vena central marcada, la cabeza ya brillante. Irene lo tomó con la mano tibia y lo acarició de arriba abajo, midiendo el pulso que le devolvía. Él contuvo el aliento.
—Ven —dijo Irene, y lo condujo hasta el espejo.
Se colocaron de lado, ella de espaldas a la luna de cristal, él frente a su reflejo. Adrián abrió un cajón del tocador y sacó un frasco de aceite de almendras que una actriz usaba para desmaquillarse. Lo calentó entre las palmas y lo extendió por sus dedos. Irene se inclinó ligeramente, apoyando las manos en el borde del tocador. El espejo devolvía la imagen de sus nalgas redondas, separadas por la postura, la raja oscura y suave, y más abajo el brillo húmedo que ya empezaba a humedecer el vello.
—Dime si quieres que pare —pidió él en voz baja.
—No voy a querer que pares —contestó ella, mirándolo a través del espejo.
Adrián extendió el aceite con cuidado. Primero trazó círculos alrededor del ano, aplicando solo presión superficial. Luego deslizó un dedo índice, despacio, hasta el primer nudillo. Irene soltó un suspiro largo; el músculo se relajó alrededor del dedo. Él esperó, girando con suavidad, añadiendo más aceite. Cuando sintió que el anillo cedía, introdujo un segundo dedo, curvándolos hacia delante para rozar la pared interna. Irene empujó las caderas hacia atrás, aceptando la caricia.
—Más —pidió ella.
Él retiró los dedos, los enjabonó de nuevo y los volvió a meter, esta vez con tres. El aceite goteó un poco por el interior de los muslos. Irene gimió bajo, un sonido grave y contenido. Adrián curvó los dedos, buscando el punto que hacía que ella arqueara la espalda y se mordiera el labio.
Cuando consideró que el músculo estaba blando y receptivo, untó su propio sexo con abundante aceite. La cabeza del pene quedó resbaladiza, brillante. Se colocó detrás de Irene, tomó sus caderas con las manos y colocó la punta contra el ano dilatado. Empujó solo lo necesario para que la cabeza entrara. Irene soltó un jadeo agudo; el calor envolvió la corona y el anillo se cerró alrededor del glande. Adrián se detuvo, dejando que el pulso de ella marcara el ritmo.
—Respira —susurró contra su hombro.
Ella obedeció. Inspiró despacio; el ano se abrió un poco más. Adrián avanzó un centímetro, luego otro. El lubricante facilitaba el deslizamiento; cada milímetro era una fricción caliente y apretada. Cuando llegó a la mitad del pene, Irene se enderezó un poco y le alcanzó la mano por detrás para que siguiera. El espejo reflejaba su rostro contraído de placer, la boca entreabierta, las pupilas dilatadas.
Adrián empezó a moverse. Entradas y salidas cortas al principio, permitiendo que el ano se acostumbre a la anchura. Cada vez que salía, el músculo se cerraba alrededor de la cabeza y volvía a tragarlo con más facilidad. El sonido húmedo del aceite llenaba el camerino. Las nalgas de Irene golpeaban suavemente contra la pelvis de él, piel contra piel. Él aceleró el ritmo, clavando los dedos en las caderas para mantener el control. Irene gemía sin palabras, un sonido largo que terminaba en cada embestida.
—Más profundo —pidió ella.
Adrián empujó hasta el fondo. El pene desapareció por completo entre las nalgas. Irene tembló; el ano se contrajo alrededor de la base, apretando todo el grosor. Él se quedó quieto unos segundos, sintiendo el pulso interno. Luego retomó el movimiento, largo y profundo, entrando hasta que los testículos chocaban contra la piel húmeda. Cada embestida provocaba un sonido resbaladizo y un gemido contenido.
Irene llevó una mano entre sus piernas y se tocó el clítoris con dos dedos rápidos. El orgasmo la recorrió de golpe: el ano se contrajo con fuerza alrededor del pene, una serie de pulsos calientes que obligaron a Adrián a detenerse para no acabar demasiado pronto. Ella soltó un grito ahogado contra el espejo y tembló de pies a cabeza.
Cuando las contracciones disminuyeron, Adrián retomó el ritmo. El lubricante ya estaba caliente y espeso; el ano de Irene aceptaba cada embestida con un suave sonido de succión. Él sintió el clímax acercarse, una tensión que subía por los muslos y se concentraba en la base del pene. Se retiró casi por completo y volvió a entrar de un solo movimiento. El placer lo atravesó; se quedó clavado hasta el fondo mientras eyaculaba, chorros calientes que llenaron el interior de Irene. Ella lo sintió y gimió de nuevo, una vibración interna que prolongó el orgasmo de él.
Adrián permaneció unos segundos apoyado en su espalda, respirando contra la nuca. Luego se retiró con cuidado. El ano de Irene quedó entreabierto, brillante de aceite y semen, palpitando levemente. Él recogió un poco de líquido con los dedos y lo extendió con suavidad, calmando la piel sensible.
Se miraron en el espejo. Las mejillas de Irene estaban encendidas; la boca, hinchada. Adrián sonrió con ternura y le besó la nuca.
—Ha dejado de llover —dijo ella, casi en voz baja.
—Podemos quedarnos un rato más —respondió él.
Irene se volvió y lo besó de nuevo, esta vez despacio, sin urgencia. Fuera, el teatro permanecía en silencio. El espejo del vestidor conservaba el reflejo de dos cuerpos que seguían cerca, sin prisa por separarse.

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