El olor a cedro en el estudio de Álvaro
Álvaro Mendoza tenía cuarenta y ocho años y las manos de quien ha trabajado la madera toda la vida: nudillos anchos, palmas ásperas, dedos precisos. Su estudio ocupaba la planta baja de un antiguo almacén en el barrio de Las Letras, un local con techos altos, ventanales altos y el olor constante a cedro, barniz y café. Era sábado por la tarde cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie.
Abrió la puerta y allí estaba Teresa Valdés. Cuarenta y tres años, abrigo de lana gris, el pelo castaño recogido sin pretensión y esa mirada que él recordaba de cuando ella le encargó, meses atrás, un escritorio de nogal para su despacho de arquitecta. Habían hablado entonces de medidas, de veteados, de luz natural. Habían hablado también, sin decirlo del todo, de otras cosas.
—Perdona que venga sin avisar —dijo ella, entrando un paso—. Estaba cerca. Pensé… que quizás el escritorio ya estuviera listo.
Álvaro sonrió apenas. El escritorio llevaba terminado dos semanas. Lo sabía ella también, o lo intuía.
—Está en la trastienda. Pasa. Hace fresco ahí fuera.
La lluvia empezaba a caer con esa insistencia suave de Madrid en octubre. Teresa se quitó el abrigo. Llevaba debajo un jersey fino y una falda que le llegaba a la rodilla. Álvaro se obligó a no mirar de más, y falló. Ella lo notó y no apartó la vista.
Mientras le mostraba la pieza —el tablero perfecto, los cajones que cerraban con un clic limpio—, estuvieron demasiado cerca. El hombro de ella rozó el pecho de él. El olor de Teresa era a piel limpia y un perfume seco, sin dulzura. Él olió a madera y a sí mismo después de un día de lija y aceite.
—Te quedó hermoso —murmuró ella, pasando los dedos por el canto del tablero—.
—Tú lo imaginaste primero —respondió él—.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Teresa levantó la cara.
—Álvaro… no he venido solo por el escritorio.
Él asintió despacio. Sentía el pulso en la garganta.
—Lo sé. Y yo no te he dejado entrar solo por el escritorio.
—Entonces dime qué quieres —pidió ella, sin coquetería barata, con la franqueza de quien ya no tiene tiempo para rodeos inútiles—.
—Quiero tocarte. Quiero que me dejes. Y quiero saber que tú también lo deseas, sin dudas.
Teresa respiró hondo. Dio un paso y apoyó la palma abierta sobre el pecho de él, encima de la camisa de franela gastada.
—Lo deseo. Desde hace meses. Contigo. Aquí. Ahora. Sí.
Ese sí le bastó. Álvaro la besó con la lentitud de quien ha esperado lo suficiente como para no precipitarse y, al mismo tiempo, con la urgencia de quien ya no quiere esperar más. La boca de Teresa se abrió con naturalidad. El sabor fue a café y a lluvia traída del exterior. Él la cercó contra el borde del escritorio recién terminado —irónico y perfecto— y ella se dejó, levantando una pierna apenas para acomodarse mejor a su cuerpo.
Las manos de Álvaro subieron por la falda con cuidado, palpando el calor de los muslos. Teresa no llevaba medias. La piel estaba templada. Él murmuró contra su cuello:
—Dime si algo no te gusta.
—Me gusta —contestó ella, ya con la voz más baja—. Sigue.
Se quitaron la ropa sin teatro. Él, la camisa y el cinturón; ella, el jersey y la falda, quedándose en braga negra y el sujetador que él desabrochó con dos dedos firmes. Los pechos de Teresa eran generosos, de mujer hecha, con pezones oscuros que se endurecieron en cuanto él los rozó con la yema. Álvaro los besó, los lamió sin prisa, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración. Ella le abrió el pantalón y lo tocó por encima del calzoncillo, luego dentro, envolviendo su erección gruesa y caliente con la mano.
—Joder… —susurró él, sincero—.
—Eso mismo —dijo ella, sonriendo contra su boca—.
La bajó al suelo solo el tiempo de extender una manta limpia que guardaba para los fríos del taller. Se arrodilló entre las piernas de Teresa y le bajó la braga. La miró a los ojos antes de bajar la cara. Ella asintió otra vez. Entonces la lamió con precisión adulta: despacio al principio, reconociendo el sabor, el calor, el temblor de los músculos del vientre. Los dedos de Teresa se enredaron en el pelo canoso de las sienes de él. Álvaro metió un dedo, luego dos, curvándolos mientras la lengua trabajaba el clítoris con una constancia paciente. No buscaba espectáculo; buscaba el gemido exacto, ese que le salió a ella ronco y contenido.
—Así… no pares.
No paró hasta sentirla apretarse alrededor de sus dedos, hasta oír su nombre dicho entre dientes. Teresa se corrió con el cuerpo tenso y las uñas en su hombro, y él la sostuvo sin dejar de tocarla hasta que el temblor bajó.
Cuando se incorporó, ella ya lo estaba atrayendo hacia arriba.
—Dentro. Quiero sentirte dentro.
—¿Segura?
—Completamente.
Se puso el preservativo que sacó del cajón del banco de trabajo —previsión de hombre que no finge inocencia— y se colocó entre sus muslos. Entró despacio, mirándola. Teresa era estrecha y mojada; el calor lo envolvió de golpe y le arrancó un jadeo grave. Empezó a moverse con embestidas largas, profundas, sin prisa de muchacho. Cada vez que empujaba hasta el fondo, ella levantaba la cadera para recibirlo mejor. El estudio olía ahora a sexo, a madera y a lluvia entrando por la rendija de la ventana.
—Más fuerte —pidió ella—.
Él obedeció. La tomó de la cadera con una mano y con la otra le acarició el pecho, el cuello, la boca. Teresa le chupó los dedos sin romper el ritmo. El sonido de los cuerpos, húmedo y rítmico, llenó el local. Álvaro sentía el orgasmo subir desde la base de la espalda, pesado, inevitable. Aguantó lo suficiente para llevarla otra vez al borde: le frotó el clítoris con el pulgar mientras empujaba hondo y ella se vino de nuevo, más callada, más honda, apretándolo por dentro con fuerza. Solo entonces se permitió soltarse, clavándose en ella con tres embestidas finales y un gemido bajo que le salió del pecho.
Se quedaron enlazados sobre la manta, sudando, escuchando la lluvia. Él se retiró con cuidado, se deshizo del preservativo y volvió a tumbarse a su lado. Teresa le apoyó la cabeza en el hombro.
—Esto no ha sido un desliz de tarde muerta —dijo ella al cabo de un rato—.
—No —contestó Álvaro, pasándole los dedos por el pelo—. No lo ha sido para mí.
—Ni para mí.
Sonrió él, cansado y contento de una forma que no recordaba desde hacía demasiado tiempo.
—El escritorio es tuyo cuando quieras llevártelo. Tú… puedes quedarte un rato más. O volver. Si quieres.
Teresa levantó la cara y lo besó, lento, sin urgencia ya.
—Voy a volver —dijo—. Y la próxima vez cierro yo la puerta con llave.
Álvaro rio quedo. Afuera seguía lloviendo. Dentro, el olor a cedro se había mezclado para siempre con el de ella. Y eso, a sus cuarenta y ocho años, le pareció exactamente el tipo de trabajo bien hecho que merecía la pena.

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