La terraza después de la tormenta
El cielo seguía tintado de gris cuando Mateo salió al rellano de la azotea. El edificio entero parecía dormir después del chaparrón de madrugada. Descendió dos tramos hasta la terraza comunitaria y encontró la puerta entreabierta, como siempre que la señora de la planta baja olvidaba cerrarla con llave. Una figura ya estaba allí: Javier, del 3.º B, con una toalla al hombro y el pecho desnudo goteando agua de la ducha reciente.
—No sabía que alguien más madrugara después de un temporal —dijo Mateo.
Javier se volvió. La luz naciente delineaba el relieve de sus hombros y la línea oscura que descendía hasta la cintura del pantalón de algodón.
—Quería ver si el sol había secado los muebles. No pensaba encontrar compañía.
Se quedaron callados un segundo, midiendo distancias. Luego Javier señaló la hamaca y sonrió.
—Puedes quedarte. Yo no muerdo.
Mateo se acercó. El aire conservaba algo de humedad; olía a tierra mojada y a la crema de afeitado de Javier. Se sentaron en la hamaca. El contacto inicial fue una rodilla rozando otra. Ninguno se apartó. La respiración de Javier se ralentizó; la de Mateo se aceleró ligeramente. Javier giró la cabeza.
—¿Te importa si te toco? —preguntó en voz baja.
—No —respondió Mateo—. Al contrario.
La mano de Javier subió por la parte interior del muslo ajeno, pausada pero firme, hasta rozar la erección que ya tiraba de la tela del pantalón corto. Mateo contuvo un sonido. En respuesta, se inclinó y rozó los labios contra la mandíbula de Javier. El beso llegó después, denso, con lengua y dientes que buscaban la comisura de la boca. Javier se apartó apenas.
—Dentro —dijo señalando el cuartito de mantenimiento al fondo de la terraza, donde guardaban las macetas y un viejo sofá de jardín cubierto con una lona.
Entraron. El lugar olía a madera vieja y a fertilizante seco. Javier cerró la puerta con el pestillo y se volvió. El espacio se estrechó. Se quitaron la ropa con silenciosa urgencia: camisetas que volaron hacia una maceta rota, pantalones que cayeron en un círculo alrededor de los tobillos. La piel de Mateo tenía un leve tono tostado; la de Javier, más pálida, mostraba el contraste de vello negro que nacía en el pecho y bajaba por el vientre.
Javier abrió el pequeño armario metálico donde guardaban las herramientas. Entre ellas, encontró un bote de aceite de masaje que alguien había dejado allí hacía meses. Lo examinó, leyó la etiqueta y sonrió.
—Aún está bueno.
Se sentaron en el sofá. Mateo se situó a horcajadas sobre las rodillas de Javier, ambos desnudos y duros. Las manos de Mateo recorrieron el torso ajeno, trazando cada músculo con las yemas. Javier abrió el bote y derramó una cantidad generosa en sus dedos. El aceite era tibio; resbalaba lento. Sin prisa, Javier extendió la mano entre las nalgas de Mateo, encontrando el anillo muscular. Dio dos círculos suaves antes de presionar la yema de un dedo.
—¿Sí? —preguntó.
—Despacio —contestó Mateo, y añadió—: Más.
El dedo entró. Mateo apretó los dientes, pero no por dolor, sino por la sensación completa de algo sólido abriéndole paso. Javier esperó hasta que los músculos cedieran y luego empezó un movimiento rítmico, superficial. Añadió otro dedo cuando sintió que el cuerpo de Mateo se ablandaba. El aceite goteaba hacia el interior del muslo. Mateo gimió suavemente, arqueándose. La frente de Javier descansaba contra su pecho.
—Tienes calor —susurró Javier.
Mateo se incorporó un poco y buscó entre los dos cuerpos el miembro de Javier, grueso, pesado. Lo lubricó con la misma mano aceitada y se elevó. Alineó la cabeza hinchada con su entrada y descendió con cuidado. La dilatación fue gradual; un centímetro, una pausa, otro centímetro. Javier sujetaba las caderas de Mateo, los pulgares dibujando círculos tranquilizadores. Cuando la penetración fue completa, ambos soltaron un suspiro largo. El sofá crujió. Mateo se quedó inmóvil, acostumbrándose a la sensación de estar lleno, estirado, pero sin tensión dolorosa.
—Muévete —pidió Javier en voz baja—. Cuando quieras.
Mateo empezó a balancearse. El ritmo creció poco a poco, de un vaivén suave a un vaivén más profundo. Cada vez que descendía, Javier empujaba hacia arriba en suave sincronía. El aceite facilitaba el deslizamiento; el sonido era húmedo, continuo, discreto. Mateo agarró el respaldo del sofá para ajustar el ángulo. Javier le mordió el pezón con suavidad, provocando un espasmo que apretó la carne interna alrededor del miembro que lo penetraba.
—Joder —dijo Mateo, más halago que queja.
Javier deslizó una mano entre ellos y cerró los dedos sobre el miembro de Mateo, sincronizando la presión con cada embestida. El orgasmo de Mateo llegó primero: un calor intenso que le bajó por la espalda y le hizo contraer los músculos internos en rápidas oleadas. Javier aguantó unos segundos más, sujetando las caderas con fuerza, antes de derramarse en el interior con una serie de impulsos cortos. Los dos se quedaron quietos, respirando sobre el hombro ajeno.
Pasados unos minutos, Mateo se levantó despacio. El miembro de Javier resbaló fuera con un sonido suave. El aceite y el semen empezaron a deslizarse por el interior de los muslos. Mateo rio entre dientes y buscó la toalla que Javier había traído. Se limpiaron sin prisa, compartiendo la tela y besos ligeros.
Cuando salieron a la terraza, el sol ya rompía las nubes y el suelo brillaba con agua residual. Javier recogió la ropa esparcida y se la entregó a Mateo.
—Quizá podríamos quedarnos un poco más —dijo Mateo, sin urgencia en la voz.
Javier asintió y señaló la hamaca.
—Después de la tormenta siempre hay calma. A veces también hay compañía.
Se quedaron allí, hombro contra hombro, mientras la ciudad despertaba. El aceite fragante aún perfumaba el aire cerrado del cuartito; la puerta entreabierta dejaba pasar un rayo de luz. Ninguno necesitaba decir nada más.

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